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Bellas de noche... y a todas horas

06/12/2016
10:34
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Ya no es novedad, ya todo mundo escribió de ella, ya chole con su choro chido, pero no me importa: quiero hablar de Bellas de Noche porque se quedó días y días dándome vueltas en la cabeza. Está bien bonita y creo que tenemos mucho que aprender de sus protagonistas.

Por si no la han visto ni han leído el millón de textos que pululan por Facebook al respecto (o a lo mejor su algoritmo de Facebook les escupe puros videos de gatitos... como a mí), Bellas de Noche es un documental de María José Cuevas sobre cinco vedettes que fueron superfamosas en los años setenta y ochenta en México: Olga Breeskin, Lyn May, la Princesa Yamal, Wanda Seux y Rossy Mendoza.

Algo encomiable es que no es una mirada onda Plastilina Mosh en los noventa, con el video de "Mr. P. Mosh", así de "Mira qué kitsch y que curioso eso de las vedettes de los tiempos de los papás, hay que contratar a Lyn May para que salga con nosotros gooooei". La película superrespetuosa sin ser zalamera ni cursi.

Pero lo más chingón es cómo las protagonistas, a sus sesentaytantos, portan orgullosamente su belleza. El MALVADO SISTEMA PATRIARCAAAAAL, en alianza con el catolicismo y los anunciantes de productos de "cuidado personal" fabricados con parabenos cancerígenos y sangre de foquitas bebé, nos ha machado hasta el cansancio mil ideas pendejas sobre cómo debemos vernos. Estar chula es característica absolutamente imprescindible para "ser alguien en la vida", para no ser invisibilizada y ninguneada; ah, pero jamás debes reconocer que lo eres ni regodearte de ello porque entonces eres una frívola, una puta, una engreída. La belleza debe ser discreta y contenida, porque cuando es deschongada y extravagante es "de mal gusto". (Me pregunto dónde está el estudio científico de la UNAM que respalda esta idea, una de las más arraigadas en nuestras tontas cabezas). Y, obveeeeo, la belleza tiene fecha de caducidad: debes renunciar a ella a cierta edad y repetir como mantras ciertas frases, como "Estoy vieja y horrible", "Ya no tengo edad para esas cosas", "Acepto el cargo de mil ocho mil pesos por este paquete de cremas La Mer" y "Cuando era joven y bella...".

Díganme por favor a qué edad dice la Constitución que "debemos" dejar de ponernos escote, manga corta, shorts, minifalda (ah no, de esas nunca tuvimos permiso porque todo México es Guanajuato) y animal print. (Mi propósito de año nuevo es usar más animal print y lentejuelas no-jotas-sino-nacas de Juan Gabriel. Si Pedro Friedeberg puede, ¿por qué nosotras no?). 

Bueno, pues a estas mujeres les vale tres kilos de verga esas estúpidas reglas no escritas y siguen no sólo siendo sino SINTIÉNDOSE bellas. ¡Y ejerciendo su sexualidad! Amoooo cuando Lyn May cuenta cómo le gusta coger en la copa de los árboles <3

Sobre su profesión, en el Feministlán internacional hay un eterno debate que nunca llega a ningún lado: algunes dicen que el burlesque es una forma más de objetificar a las mujeres, mientras otres sostienen que es una herramienta de empoderamiento.

Aunque tenga sus detractores, el neoburlesque ya trae una agenda feminista y un discurso más claro: esto es erotismo y no porno bugagenéricocentrista, es una celebración del cuerpo, es una declaración de principios, es una manera de volvernos a sentir chenchoaleeeees en un mundo que nos dice que eso es de deeeaaaabloooo. El público es mixto porque la onda es el espectáculo, no las chichis. En cambio, el burlesque vedettero mexicano de antaño sí estaba diseñado para los machos. (Hay una parte bien triste donde Olga Breeskin dice que nadie la pelaba como violinista así nomás, y que por eso tuvo que inventar a su personaje). Aun así, como que ellas hacían por accidente algunas cosas del burlesque cooooool de hoy en día: eran las dueñas y diosas del show, estaban arriba y los mirones abajo, tenían el poder y la sartén por el mango (AHAHAHA). Y en una época donde la sexualidad femenina era el peor de los tabúes, aún más que hoy, decir "Esto soy y no me avergüenza" era muy importante.

Me acuerdo que cuando estaba en la primaria y en la secundaria, mis compañerites decían como insulto "Eres una cabaretera" o "Seguro quieres trabajar en Las Fabulosas". Después de ver la película —y la exposición fotográfica que se desprendió de ella y que está en el Museo Cuatro Caminos—, la respuesta adecuada sería: "Ya quisiera".
 

Como la escuela de diseño le quedaba muy lejos, Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) estudió Comunicación en la UNAM.

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