Amélie, quince años después

Volví a ver la película de Jean Pierre Jeunet y envejeció mejor de lo que creí. Como yo.
OTRAS
29/11/2016
09:34
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Como la escuela de diseño le quedaba muy lejos, Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) estudió Comunicación en la UNAM.
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El otro día —justo después de las catastróficas elecciones gringas— mi amiga Nelly (cuyo blog de moda recomiendo mil ocho mil: clic) me invitó a una función de Le Fabuleux Destin d’Amélie Poulain, musicalizada en vivo. Yo por supuesto que dije que sí, porque una película así era justo lo que necesitaba en esos días sombríos.

Antes de que empezara, Nelly me preguntó cuándo había visto Amélie por primera vez. No había pensado en eso en siglos, pero el recuerdo volvió clarísimo. Me transporté al otoño de 2001, cuando colaboraba en un programa metalero de Órbita 105.7 (uuuuuuh) junto con un chavo con el que medio andaba, un guitarroquero lindo pero extremadamente simple con quien yo no tenía nada en común —salía con él como reacción alérgica a la intoxicación intelectooooal de mis amigos de la prepa—. El show de radio era los martes a la medianoche, y un día decidimos ir al cine antes, ahí juntito, a la Cineteca. Nelson Carro había reseñado muy bien Amélie en la Tiempo Libre (jaja), así que no me la podía perder.

Fueron los 123 minutos más dulces que había vivido hasta ese momento. Tenía 18 años. Mi corazón era bebé, pachoncito e impresionable. Todo me enloqueció: el humor, la bondad, la historia, los colores, la música, el París sin turistas que en ese entonces ni siquiera soñaba con conocer. Salí flotando de la Cineteca, con ganas de amar y cambiar al mundo y disfrutar de los pequeños detalles ocultos en cada rincón... pero la realidad me abofeteó. “Óraleeeeeeeeeeeestá chida”, comentó mi ligue del momento, y yo pensé: “Ay. Él no es mi Nino Quincanpoix”. De los coloridos escenarios parisinos pasé al IMER y sus micrófonos pegados con yúrex (ha mejorado, debo decir). De los personajes entrañables de la película pasé a convivir con el locutor del programa, que era un güey asqueroso, corrupto, misógino y acosador. De las ingeniosas conversaciones en el Deux Moulins pasé a fumarme las pláticas entre el conductor y los metaleros invitados, que eran como de Donald Trump con Billy Bush. De Yann Tiersen pasé a escuchar Mägo de Oz y a Calvaria.

Esa noche fuimos a casa del güey con el que salía, que no estaba en Montmartre sino en la Del Valle, y en la que en vez de cuadros de animalitos había estatuas de mármol y bronce. Ay. Me deprimí tanto. Qué feíta era mi vida. Qué ganas de ser como Amélie.

:(

***

Desde que se estrenó en “los albores del siglo XXI” y pegó durísimo en México y el mundo, esa masa juzgona conocida como “la gente” se ha mofado de las chicas que “se creen Amélie”. Alguna vez yo también torcí los ojos ante ellas, porque gooeeei, qué oso, ya sólo falta que te creas Violetta de Diablo Guardián, goooooeeei.

PERO.

Pues CLARO que nos creíamos Amélie. Era un personaje femenino inteligente, independiente, con agencia, encantador, sensible y buena onda. No veíamos muy seguido a mujeres así en la pantalla. Fuimos educadas por las películas de Disney, donde las morras hacían toda clase de sacrificios pendejos en nombre de un mirrey (te estoy viendo a ti, Ariel).

Quizá está medio chafa que Amélie se obsesione de un güey del que ni conoce, pero la neta los primeros amores son así: te crusheas con alguien por dos tres cositas y luego todo es una bola de nieve que te va llevando a la perdición. Y lo chido es que a ella le gusta Nino no porque sea un galán con varo y poder, sino por sus empleos raros, sus gustos fuera de lo común y sus colecciones excéntricas.

El final feliz tiene que ver con que Amélie encuentra el amor, que en teoría nos haría enojar a las feministas. Pero qué creen, QUE NOSOTRAS TAMBIÉN NOS ENAMORAMOS Y SOMOS CURSIS. Y sentimos bonito. No es necesariamente un tema prohibido, porque además el güey llega cuando Amélie ya encontró el sentido de su vida y las cosas que la hacen feliz. Él nomás es la cereza en el pastel. Y todo el ligue lo orquesta ella, lo cual en la sociedad clasemediera mexicana le haría ganarse el adjetivo de “arrastrada”.

Si la película se hiciera hoy, refunfuñaríamos de que todes son blanques (#AmélieTropBlanche, #LeConapred), de que todo es muy heterosexual, del stalker celoso de la cafetería. Y claro, la banda que prefiere formas intrincadas de contar historias y que se guacarea sobre todo lo que no sea realismo sórdido se pondría loca... como lo hizo en su momento.

Yo ya tengo 33 y me importa un pepino lo que digan: me parece una obra genial.

***

Quince años después de su estreno, el mundo es horrible: hay PRI, muerte, Trump y destrucción. Y esta película sigue siendo un bálsamo para el alma.

Viéndome así muy egoísta e individualista y malvada y neoliberal, mi vida mejoró. Ya sólo queda el recuerdo de la dieciochoañera sin ilusiones que aquella noche se fue a dormir con un novio que ni al caso. Ya no necesito creerme Amélie porque soy Plaqueta, pero meto la mano en el costal de frijoles si quiero, aunque los cínicos se infarten.

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