El otro día apareció en mi timeline un cartón de  que me ultramegafascinó. Se titula GORDIMALA y es lo mejor del universo.

Me reí de a montones, pero algo en específico “me invitó a la reflexión”.

En este mundo flacocentrista, los delgados-pero-no-en-huesos tenemos una compulsión muy desagradable: decir que estamos “gordísimos”, “hechos una vaca” o “supercerdos” a la menor provocación, ya sea que estemos comiendo algo que no sean lechugas con vinagre, que salgamos en público con un atuendo que no sea una bata, o que confesemos que no hacemos mínimo dos horas de ejercicio al día. Sobre todo las mujeres, la neta. (Por eso el resto de este post está en femenino). No porque lo traigamos en el ADN ni porque esté codificado en nuestro “cerebro diferente al de los hombres”, sino porque los juicios sobre nuestro cuerpo son tan pinches constantes que pues ya nos amaestraron para ser las primeras en descalificar y odiar nuestros tejidos adiposo, muscular, catilaginoso, epitelial y otros que no conozco porque estudié área 4 y no 2 en la prepa. Nos han enseñado que sólo valemos por nuestra apariencia, y que si no nos vemos como una fotocopia de Cara Delevigne (o quienquiera que esté de moda ahorita), es nuestra obligación señalar con vergüenza y a la vez intentar dar una explicación sobre cualquier asomo de materia orgánica que no sea músculo pegado al hueso.

Basta de esto. Sí, nos juzgan, y es arbitrario, infundado y culero. Si eres más de talla 6, habrá borregos del sistema –trolls de Twitter, novios bugas patanes, “amigues” proyectando sus inseguridades– que te tachen de “gorda”, así, sin más. No hay forma de escapar. Pero no mames, qué gacho que tú misma les hagas el juego. Me revienta pensar en los millones de chicas delgadas, tan espantosamente parecidas a las del cartón, que todo el tiempo están hablando de su “sobrepeso”. Empezando por mí en el pasado, que todos los días tuiteaba que estaba cerda o que debía morir por desayunar algo “indebido”. Quiero regresar en el tiempo y darme zapes. Qué descaro y qué irresponsabilidad.

Una como no-flaca-pero-tampoco-gorda es la primera que sabe que no tiene un sobrepeso real. Si encuentras ropa en la sección “normal” de las tiendas de grupo Inditex o de H&M, deja de decir que estás obesa, neta. No porque sea una mala palabra, ni un insulto, sino porque estás contribuyendo a alterar la imagen que el mundo tiene sobre sus propios cuerpos y los de los demás. Una talla 8 no es gorda. Ni una 10 ni una 12 ni una 14. Mucho menos una 6 o una 4. Pero que no nos sorprenda ver a una chica de talla 2 agarrándose el pellejo después de comer un pancito, exclamando que es una ballena, que “ya se tiene que poner a dieta” y recriminándose por “pecar”.

(Pinche catolicismo, qué daño nos ha hecho, incluso a los ateos: vemos al diablo hasta en el arroz con huevo de la fonda de la esquina y nos espantamos.)

Si eres un ser humano mínimamente sensible y crees que a nadie se le debería de discriminar por su cuerpo, tienes que dejar de decir que “estás gorda” cuando no lo estás, con ese tono de “esto es lo peor que podría pasarme en la vida”. Al escuchar eso, ¿sabes cómo se sienten las personas que realmente lidian con problemas de obesidad y que han sido discriminadas y bulleadas a lo largo de sus vidas por su peso? #NotAllGordos, pero qué incómodo cuando los flacos (#NotAllFlacos) hablan del hipotético suplicio que sería parecerse a ti... y lloriquean al respecto EN TUS NARICES.

¿Le dirías a una amiga talla 12 que está gorda? No, ¿verdad? (A menos que seas uno de los especímenes de mente retorcida anteriormente mencionados.) Entonces cállate con respecto a tu supuesta “gordura”. Ni siquiera cuando te estás comiendo algo bien atascado tienes derecho a decir que “eres una puerca”.Porque tú no tienes al gobierno de la república machacándote constantemente que eres un problema de salud pública. Porque no tienes a los fumadores borrachos diciéndote que no puedes pedir respeto sobre tu cuerpo porque estás promoviendo una enfermedad. Porque no te van a dejar de dar una chamba por tu cuerpo. Sé un poquito empática. Reconoce tu privilegio.

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“Pero es que las gordas me discriminan por ser flaca y me siento ofendida por las campañas de ‘las mujeres reales tienen curvas’ porque yo soy una mujer de a deveritas y en serio que las gordas ya se están pasando con lobby gordo y su dictadura gorda”.

En efecto, cuando eres menos de talla 4 (a diferencia de la 6 pa’ arriba), serás tachada de “anoréxica”, “comelechugas”, “obsesionada con el ejercicio”, “correosa que parece hombre”, etcétera. Pero eso no quiere decir que te la pases “igual de mal” que quienes tienen sobrepeso.

Aquí hay un artículo muy bueno que explica por qué las muy-muy flacas también gozan del #ThinPrivilege: .

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A veces cuando platico con choferes de taxi o gente que acabo de conocer me preguntan a qué me dedico, y les digo que a escribir. Si abundo en el tema, comento que, entre otras cosas, hago reportajes de sobre comida. Y entonces sueltan una frase del tipo: “Ay, pero si te la pasas en la tragadera, ¿cómo le haces para estar delgada?”.

(Porque en México aún tenemos esta idea pendeja de que la única forma de estar flacos es no comiendo... corte a: país número uno en obesidad.)

Aunque sé que no lo hacen de mala fe y que incluso buscan adular, se me hace tan metiche e innecesario el comentario que me dan ganas de contestar: “Estoy flaca porque tengo cáncer”. A ver si así se callan y no vuelvan a decir nada del peso de alguien nunca más.

Sin embargo, la gente ama tanto meter sus narizotas en los temas de grosor corporal que, seguramente, responderían: “Ay, pero estás muy gordita para tener cáncer”. Y pues toing.

Somos lo peor.

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