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Post ardidísimo de Día del Padre

Va esta breve carta imaginaria para mi malvado papá falso:
OTRAS
23/06/2015
12:22
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Como la escuela de diseño le quedaba muy lejos, Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) estudió Comunicación en la UNAM.
OTRAS

Vi este post de Piolo Juvera el otro día y decidí fusilármelo con total descaro. Pero como los papás y las historias son diferentes, creo que me puedo dar el lujo. Así que va esta breve carta imaginaria para mi malvado papá falso:

Gracias “papá” por ser un clasista, por tratar de la chingada a tus trabajadores, con una arrogancia que sólo había visto en los villanos de las películas. Por humillar a la señora de la limpieza enfrente de tus visitas; por hacer mierda a su hijo chiquito por comerse unos dulces “que no eran para él”. Por ser un pinche #LadyChiles décadas antes de que se acuñara el término. Me causaba tanta repulsión tu comportamiento que, ya como adulta, siempre me alejé de él. Tuve tropezones en mis tiempos neuróticos, pero intento ser una clasemediera decente, justa, que no se anda con pendejísimos delirios de grandeza por su color de piel ni por tener un poquito más varo que otros. Hago todo lo posible por no parecerme a ti. Me enseñaste cómo no ser.

Gracias “papá” por decirme que estaba gorda desde que era una niña pequeña. Por hacerme creer que estar flaca era la única manera de que los hombres me quisieran y que la gente me respetara. Porque, después de años de sentirme impresentable y horrible, te hice caso y dejé de comer, adelgacé hasta que los huesitos se me marcaron a través de la piel y me salieron moretones. Pero me seguí sintiendo miserable, qué raro, ¿no? El día que alcancé el peso más bajo de mi vida, 47 kilos; el día que estaba a punto de que me dejara de bajar y de que me saliera lanugo, ese día me mandó a la verga mi primer amor. Ese día, crash, me rompieron el corazón. Y así, a la mala, aprendí que no, que estar flaquísima no servía de nada. Si no hubiera caído en ese abismo de flacura, quizá hoy seguiría de esclava de las dietas, como mi mamá y mi tía, a las que siempre chingaste por el mismo tema. Qué buen amigo, ¿eh? Adorable.

(Oye, pero en serio: veo fotos de mi infancia y pubertad y no estaba NADA gorda, ni siquiera “rellenita”. Era una niña perfectamente normal, simplemente no era esquelética como tú hubieras querido, pinche enfermo.)

Gracias “papá” por compararme constantemente con mis “primas”: ellas, que sí eran perfectas, que eran flaquitas, tenían pelo lacio, asistían a escuela de “gente nice”, hablaban idiomas extranjeros, visitaban Plaza Loreto con sus novios guapos, no faltaban a misa, iban a antros de moda y se prepraban para biencasarse antes de los 30. Desde chica supe que no podría ser como ellas, así que busqué alternativas y encontré caminos mucho más interesantes que el de la “niña bien” de molde.

Gracias “papá” por no dar un peso para mi educación. Fui a escuelas públicas, crecí con compañeritos que tenían vidas realmente jodidas y aprendí a valorar que mi mamá se las arreglara para que no faltara comida ni luz eléctrica. Me di cuenta de lo afortunada que era por crecer en una casa llena de libros (esos objetos que tú sólo tenías como adorno para tu centro de mesa, para apantallar a las visitas), porque allá afuera eran un recurso exótico. Porque así entendí lo injusto que es este pinche país. Por supuesto, lo único que tú percibiste de esta etapa fue el acento de “naquita” que me pegaron mis compañeros, del que tanto te avergonzabas cuando te decían que tu “hija” hablaba “como Coralia, la de Anabel”. Y te querías morir. Qué bueno.

Gracias “papá”  por no creer en mí. Tan no creías en mí que lograste que yo tampoco creyera en mí. Siempre pensé que estaba condenada a ser la mediocre que tú veías con tus ojitos de socialité de provincia. Por eso, cada logro me ha sabido a gloria, porque me ha tomado por sorpresa. Y quizá si me hubieras dicho que estabas orgulloso, que admirabas lo que hacía, que iba por buen camino, me hubiera confiado y me hubiera tirado a la hueva de los niños cuyos papás les juraron que eran “muy especiales”. A lo mejor hoy seguiría “haciendo mi tesis” (o sea, fumando mota y viendo la tele) en casa de mi mamá.

Gracias “papá”, porque la única vez que me llevaste a Reino Aventura me abandonaste por horas en un cuartito, mientras tú ibas a los juegos chidos a los que no me dejaban subir por ser muy chiquita. Tuve muchísimo miedo y creí que nunca me ibas a volver por mí. Maduré como cinco años de putazo.

Gracias “papá” por nunca enseñarme a bailar. Siempre me quedé esperando esa clase que me prometiste cuando tenía siete años. Hoy soy pésima en la pista y es parte de mi personalidad. Tuve que encontrar otras técnicas de ligue basadas en esas características que nunca pelaste: mi inteligencia mi sentido del humor. Tampoco me enseñaste a andar en bici y así tuve la satisfacción de aprender a los 30. Y mucho menos a manejar, eso estuvo excelente, porque hoy amo odiar los coches.

Gracias “papá” por avergonzarte de que no estuviera bautizada (jajaja). Fue una gran historia para contarle a mis amigos metaleros en la prepa.

Gracias “papá” por no ser mi papá. Por haber dicho que lo eras y luego sentir asco. Sé que te arrepentiste, que te hubiera encantado abandonarme o regalarme como los perritos que comprabas y luego botabas a la chingada porque empezaban a darte problemas. Pero de ese barco era más difícil saltar y mejor te quedaste a joderme la vida. Lo hiciste de maravilla: crecí acomplejada, temerosa, depresiva, autodestructiva. Y eso me dio la oportunidad de sentir una felicidad escandalosa al escuchar las palabras “Él no es tu papá”. Sentí un alivio y una euforia que no puedo comparar con absolutamente nada. Fue el mejor día de mi vida (bueno, el primer mejor día de mi vida; el segundo viene en el epílogo).

Gracias “papá”, por ser el peor papá del mundo. Porque eso provocó, aunque fuera de forma completamente accidental, que hoy sea una chingona.

 

**

Epílogo

Esto va para mi papá de verdad:

 

Gracias por venir a sanar todo lo que estaba podrido. Por pegar los pedacitos de mi corazón que el otro pendejo había roto tantas veces. Por llegar a completar lo que ese pinche mamerto había dejado en obra negra. Porque tú, sin conocerme realmente, me aceptaste como era y hasta estuviste orgulloso de mí. Porque siempre respetaste mis ideas aunque fueran completamente distintas a las tuyas. Porque sé que legítimamente te da gusto cada vez que nos vemos. Porque nunca me juzgaste. Porque nunca has ninguneado a mis novios (¡y eso que te tocó conocer al más malvado de todos!) ni a mis amigos. Porque, por mí, eres el único gringo que usa Whatsapp. Porque el día que te conocí desbancó al día en que me enteré de que existías como el mejor de mi vida. Porque esa tarde, en el aeropuerto, me diste el abrazo cálido y sincero que tanto había necesitado por 22 años.

 

A ti sí, Tim: gracias, de todo corazón. 

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