Nostálgicos de verdades históricas

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La prioridad es la búsqueda de la verdad, no la tranquilidad de algunos.
OTRAS
11/09/2015
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De vuelta a las andadas en la era de WhatsApp, Tinder y Snapchat. Escritora y periodista. Promotora de abrir la mente y liberar la palabra… y el cuerpo. Divorciada y mamá de dos adolescentes. Autora...
OTRAS

He visto a las mejores mentes de mi generación hacerse de palabras, declaraciones, posts y tweets a propósito de lo que, a fines de enero de este año, fue calificado como verdad histórica por el entonces Procurador de la República, Jesús Murillo Karam.

Esa verdad histórica, que, en su momento Denise Dresser  entrecomilló y dijo que no se había sostenido ni siquiera por 24 horas (dado el historial de corrupción y la falta de credibilidad de la PGR, entre otras razones), se estableció a partir de las declaraciones “coincidentes” de testigos consignados y un posterior “análisis lógico-causal” que llevó a concluir que los normalistas habían sido “privados de la libertad, privados de la vida, incinerados y arrojados al río San Juan, en ese orden. Esta es la verdad histórica”.

Desde su misma enunciación, dicha verdad fue puesta en duda por buena parte de la opinión pública, nacional e internacional. Salvo en la retórica oficial de una de las partes, nunca fue un caso cerrado. Continuaron surgiendo cuestionamientos e hipótesis alternas y todo ello es válido en una situación en la que son varias las partes involucradas e interesadas.

Ayer en Milenio, Jorge Castañeda lanzó otra teoría: que el modus operandi de los narcos, que él llama “castigos ejemplares”, pudiera estar detrás de la desaparición y la muerte de los estudiantes, así como pudo estarlo en la matanza de San Fernando y en el multihomicidio en la Colonia Narvarte: una suerte de “así se las gastan los criminales de las drogas”, agarran parejo, esté quién esté, momento equivocado, lugar equivocado.

Pero, ¿y dónde está el piloto? ¿Omiso, coludido, cómplice? Las células del narcotráfico no están aisladas: son parte, lo sabemos, de un tejido de corrupción e impunidad, de una red en la que, tal parece, nadie está dispuesto a escudriñar a profundidad y atacar verdaderamente (el que esté libre de pecado) y de ahí que sea más fácil fabricar y apresurar verdades e intentar cerrar casos desesperadamente y con las evidencias que se tengan a la mano.

Lo que en su momento alguien consideró caso cerrado, aun con testimonios, análisis y evidencias, no descarta que la investigación pueda continuar por parte de otros actores y en seguimiento de otras líneas. ¿En qué y a quién perjudica que la versión oficial de entonces no sea avalada en su totalidad? ¿Por qué habría de beneficiarnos aceptarla cuando contiene lagunas e indeterminaciones que el reporte del Grupo de Expertos de la Comisión ha sacado a la luz? La prioridad es la búsqueda de la verdad no la tranquilidad de algunos, pues, aunque la “verdad histórica” no aceptara refutaciones, ¿cómo habría de atenuarse el descontento social? ¿Con represión, con censura, con compra de voces y repetición de mentiras históricas?

Defiendan su caso, señores, y déjennos a nosotros defender el nuestro. Ustedes tienen sus evidencias: permitan que otros trabajen y encuentren las suyas. Ah, y otra cosa: cuestionar la versión oficial no necesariamente nos hace partidarios de alguna fuerza política: en todo caso, lo que abrazamos es la verdad, una verdad que comprende lo científico, pero no se agota ahí: la verdad desde sus causas y hasta sus últimas consecuencias que exhiba la red y la cadena de violencia, impunidad y corrupción, y no se quede en solamente salir de la bronca.

En su libro más reciente, Los 43 de Iguala, México: verdad y reto de los estudiantes desaparecidos, Sergio González Rodríguez habla sobre cuán importante es para el gobierno “la gestión o control de daños (realizado mediante operaciones comunicativas en la prensa, la radio, las televisoras o las redes sociales)” por encima de “la procuración de la justicia, la defensa de la ley y el respeto institucional”.

Mentes brillantes: sigan discutiendo, defendiendo y objetando. Que la parte más protegida no silencie a las voces disidentes. Más nos vale confiar en que la verdad habrá de imponerse al ruido.

 

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