Ponte Yolo

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El blues del desempleo

06/05/2017
00:11
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Pensé, al final de las llamadas, que cada caso era otra raya más al tigre.

César escucha del otro lado del teléfono cómo le cuento las señales sutiles de que el 80% de nuestra generación está en crisis. “Te cuento, hombre, de esas novelas cincuenteras donde te hacías rico por hacer algo sencillo: estamos tan alejados de eso” Hoy, más allá de todas las fronteras, en los perfiles de Facebook se acumulan viajes por el mundo, idiomas y fotos con personajes famosos, máscaras de los compañeros de la generación: “lo que significa muchas veces una larga fila afuera de una oficina de reclutamiento para un trabajo de mierda”, le comento.

Me licuo la cabeza en el intento de desentrañar qué es lo que pasa. Nacidos en los 90 ¿qué pasó con los empleos? Cuelgo el teléfono, pasan unos minutos y por curiosidad vuelvo a marcar, a Ramiro. Está en su casa en pijama, son las cinco de la tarde, en su televisión está Jokac Hourseman y su mamá prepara la comida. Le pregunto qué pasó con el departamento, me dice que en una noche cansada regresó de buscar trabajo. Sus camisas, libros y despertador habían sido arrojados por el barandal del primer piso. Regresó a casa de sus padres y ya iba para el tercer mes sin hacer nada. Me dice despacio por la bocina: “No me quiero levantar”. Las últimas horas las pasó hundido en la almohada, pensando en cuando recibió su pase para entrar a la UNAM, los años estudiando en CU y las felicitaciones de sus maestros por sus trabajos. Según el INEGI, se unió a los cerca de 1 millón 911 mil desempleados del país (2016), la tercera tasa más alta por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico).

Se queja: “Es una cosa que nos envuelve a todos”, y me dice que lo deje pensar, que no está enojado, “sólo siento las uniones de mi cuerpo separarse”. “Necesito pensar, a la verga”. Me cuelga.

Hago la tercera llamada. Me responde Adriana, una chica que trabaja duro en un proyecto, una página de Internet para freelances que te paga en euros por artículo. Me dice ilusionada la dinámica y el esfuerzo que le está metiendo. Intento callarme la respuesta pero ella detecta: ¿Miguel Ángel, por qué el silencio? Le digo que ya me tocó pasar por ahí. Tener una noticia viral con miles de visitas. Y la experiencia cruda, certera. Al final, al entrar al contador de dinero, encontré 200 pesos por todo mi historial de noticias. Le conté lo de mis esfuerzos de mandar notas todos los días, y luego las quejas por los pagos atrasados, las noticias rechazadas sin explicación y las decenas de freelances inconformes.

Ella me cree, pero dice que porque unos no alcanzaron el triunfo no le teniene que pasar a ella. Admiro su entereza, cambiamos de conversación y pregunta por Kamila, una chica a la que todos admiramos: publicada a los 18, codeada con los famosos a los 20, y que acompañé a comer unas semanas atrás. No menciono que en ese paseo Kamila me dijo triste “las cosas no van bien”. Su padre le gritaba, “el trabajo, el trabajo, el trabajo”, y ella gastaba sus ahorros en periódicos y anuncios clasificados: las páginas de Internet ya estaban saturadas, 500 candidatos para una vacante y ella, con su currículum, como todos, abrazada a un folder y caminando entre el ejército de desempleados.

Kamila me dijo cómo se le figuraba: una mano gigante apunta a uno de los candidatos, como deseo divino, y llega ese trabajo con prestaciones, derechos y un sueldo normal, sin las 12 horas de empleo. Me hizo meditar sobre los que tienen trabajo y pasan las horas sin tocar sus sueños. Por ejemplo, una amiga me dijo, “quiero ser escritora”, y lleva meses y meses apenas tocando los libros, con apenas unos momentos obligatorios para narrar y una técnica que se oxida cada vez más.

Entonces dejo un rato el teléfono, porque sale caro, y entro a Internet. Ahí encuentro una página, Periodistas en Busca, y me entra una frialdad en el cuerpo. Veo el anuncio de la vacante que supuestamente me acabo de ganar la semana pasada. Pregunto a un amigo cercano al asunto y me dice “así son ellos”. Le digo con un triste “sí” lo feo que es ser aceptado con bajo sueldo, que te presenten, te entrenen y después te boten sin llamarte. Es un periódico de abogados, me dice, “pueden darse el lujo de ser hijos de puta, le meten miedo a la gente”. 

Al final, bajo en el chat y encuentro más comentarios: otros chicos que fueron estafados por el mismo empleo. Quedó dinero pendiente e ilusiones de veinteañeros esperando una llamada que nunca llegó. César me telefonea de nuevo, le platico la cosa y me dice que es gracioso, que él ya había postulado para ese trabajo. El descubrimiento de la trampa le llegó y lo dejó antes de salir herido. Me da una palmada por teléfono diciéndome “no pasó a mayores”. Yo le digo “gracias”, que lo quiero, y pienso en los siguientes días, los de levantarse, como desde hace unos meses, a las 2 de la tarde, y andar en pijama, hasta que vuelva a caer la noche.

Cuelgo y me voy a dormir.

 

 

 

Miguel Ángel Teposteco Rodríguez. (FCPyS, UNAM). Apóstol friki. Colaborador del suplemento cultural Confabulario y Vice México. 

Emprendimiento, amor, trámites útiles. Historias sencillas para situaciones difíciles

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