La acosadora facultad

La facultad de sociales, de distribuidores de droga, de grafitis y de otras bondades que uno ve mientras cursa los cuatro años
OTRAS
27/02/2017
11:06
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Emprendimiento, amor, trámites útiles. Historias sencillas para situaciones difíciles
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Un café en la Cuauhtémoc. Una tarde con una profesora de la facultad. Primero, una conversación de gatos, luego, una de problemas en la academia. Y una temática fuerte: un profesor acusado de abuso sexual.

— Profa, estoy consciente del asunto de tomar partido— le digo— de defender a un docente por el simple hecho de defenderlo, por su prestigio. ¿Y la víctima?

— Según dicen, sobre ella cae todo el peso de la culpa— me responde.

La facultad de sociales, de distribuidores de droga, de grafitis y de otras bondades que uno ve mientras cursa los cuatro años. Y el acoso, claro, un crimen tipificado desde los años noventa en México: 3200 pesos de multa de ser atrapado, 40 salarios mínimos.

Mi profesora había conocido a una chica con la misma historia contada en una denuncia anónima en facebook y que encendió la mecha del asunto. El profesor que lleva a una chica a comer, luego a un paseo por auto, luego a un toqueteo invasivo y por último a la escena de la chica desnuda frente a una cama de hotel, asustada y bombardeada con el argumento: “Estás aquí porque quieres”.

Eso y lo que pasó en la conferencia, relaté tras sorber el café. Hay un congreso de feminismo en la facultad. “Formas de violencia machista y construcciones del patriarcado para perpetuar dominios”. Los docentes hablan y hablan, hasta que de entre la multitud se alza una voz, Renata escoltada por alumnos con pancartas. Todos quedan en silencio y ella dice: “Y esto que ustedes me dicen, ¿cómo evitará que me vuelvan a agredir en los baños?”. En el estrado nadie pronuncia nada, y la chica pregunta de nuevo.

La profesora siente cómo su gata juega con su cabello, la alza y me dice que a los profesores les llegaron insinuaciones para unirse a un bando, e interpretar algunas denuncias como agresiones políticas de otros grupos de poder de la facultad. Grupos que, le explico, no tenían nada que ver con lo de una amiga. Le cuento: Daniela sube por las escaleras a su salón a la una de la tarde. Alguien le llega por atrás, la encañona, le quita la laptop y le alza la falda.

— Obvio, pero diles eso a los compañeros que le echan la culpa a la política y no a la educación cívica — me dice la docente después de que su gata maulla fuerte.

Me dice ¿oíste lo de las cámaras? Contesto negativamente, así que me cuenta otro caso más: un chico entra al baño de chicas sin que nadie lo vea. Se mete a uno de los sanitarios y espera. Una joven llega al cubo de al lado. Él saca el celular discretamente, activa la cámara y graba por debajo. La chica se da cuenta, él sale corriendo y se pierde entre una multitud que brota de los salones. Ella sale gritando. Según el artículo 197 del código penal, el crimen puede ameritar de uno a cuatro años de cárcel, igualmente para cualquier material íntimo distribuido sin permiso.

— ¿Y qué se va a hacer? — pregunto.

— Supongo que...esperar a que las autoridades decidan actuar, en vez de pelear entre ellos.

Le cuento entonces la historia que me callé toda la tarde, sin nombres, sin apellidos.

Una chica llega a la cafetería de la facultad, avanza entre las mesas, se sienta en silencio sin mirar a nadie. Es mi amiga. Me acerco, me siento. Le pregunto qué le pasa. Ella respira unos segundos. Me dice algo entre un bullicio donde risas y debates aíslan sus palabras.

La cólera me invade. Le digo que actúe, que es tiempo, que sin consideraciones. Pero me dice  “no, no, no”, mientras aprieta su cuerpo hacia el calor de su chamarra.

La profesora me mira, piensa un momento y termina su café. “Entiendo”, me aclara. Salimos a la calle y caminamos al metro sin decirnos mucho.

A punto de separarnos le digo que “eso” terminará. Ella me da un sí desanimado, pero igual sonríe y baja por una escalera hasta el andén donde ya no la puedo ver.

Yo tomo otro rumbo y medito. Siento miedo de “eso” que pasará y que no nos llegaremos a enterar. El tren llega, abordo sin prisa y me voy.

 

 

Miguel Ángel Teposteco Rodríguez. FCPyS, UNAM.

Colaborador del suplemento cultural Confabulario

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