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México, un país con voces inaudibles de víctimas

21/07/2017
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¿Quiénes son las víctimas en México? ¿Cómo han sido sus voces y silencios derivado del incremento de la delincuencia, del ejercicio de la violencia, de la reproducción sistemática y crónica de la impunidad desde 2006? Tras una lectura superficial, las respuestas a estos cuestionamientos pueden parecer un tanto obvias y se podría creer que basta con hacer un simple listado de todas aquellas personas afectadas directamente por conductas delictivas diversas. Quizás hasta quien no ha reparado en los efectos que ha conllevado la crisis de seguridad ciudadana en nuestro país podría considerarlas como preguntas sin sentido. No obstante, si se analiza y reflexiona con más detenimiento es fácil percatarse que no hay una respuesta sencilla que permita aprehender lo que ha sucedido a partir de que la categoría de víctima se ha expandido y hecho más compleja.

La evolución de la categoría de víctima ha dado pie a que la ciudadanía se incluya dentro de la misma partiendo de que se pueden convertir en víctimas directas en cualquier instante, así como de la sensación de afectación o miedo. Sin embargo, esta interpretación es un tanto simplista pues no se puede afirmar que existe solo un arquetipo de víctima en México, sino que existe una multiplicidad de rostros en función del tipo de violencia ejercida y del grado de impunidad que priva sobre los hechos. Es importante destacar que la existencia de esta variedad de víctimas ha tenido considerables implicaciones durante la última década, en particular; en relación con el tipo de apropiación del diálogo y del espacio público para exigir acciones efectivas frente a la violencia, el respeto a los derechos humanos y el acceso a la justicia.

Sobresale que en México desde que fue imposible que permanecieran silenciadas las voces de las víctimas de la crisis de seguridad ciudadana, las autoridades comenzaron a apropiarse de dicha categoría y a hacer uso narrativo de la misma. Al respecto, podría plantearse que el uso de este término en los discursos oficiales desde la administración del ex presidente Calderón, ha tenido como efecto la extinción de la polifonía de voces de las víctimas. Esto ha alcanzado tal grado que cuando tratamos de acercarnos a esos rostros desestructurados por la delincuencia, la violencia y la impunidad solo observamos cómo se desdibujan paulatinamente hasta desaparecer por completo. Cabe mencionar que, el espacio que ocupaban los rostros en el imaginario colectivo ha sido sustituido únicamente por la enunciación simplista del concepto víctima. Ello ha constituido un sutil instrumento o mecanismo oficial para desplazar las voces de las víctimas y hacerlas inaudibles.

La muestra más clara puede apreciarse en la respuesta de nuestras autoridades frente a los múltiples casos de homicidios y desapariciones de periodistas. Esto se debe a que su voz suele ser silenciada oficialmente, pues solo se hace referencia específica a esta cuando consideran que ha ocurrido un caso emblemático y solo de manera inicial. Esto significa que en la mayoría de los casos se les encasilla dentro del concepto general de víctima, lo cual hace que se torne inaudible su voz y que la afectación social en términos de libertad de expresión sea invisible. 

En este sentido, vale la pena recordar las palabras de algunas de nuestras autoridades después del homicidio de Javier Valdez Cárdenas ocurrido el 15 de mayo de 2017 en Culiacán, Sinaloa. Este es uno de los escasos casos de homicidios de periodistas que ha condenado Peña Nieto mediante redes sociales e inclusive, dos días después, el mandatario convocó a gobernadores e integrantes del gabinete de seguridad para discutir este tema prescindiendo por completo de la participación de los periodistas. En el marco de dicha reunión, el mandatario se apropió discursivamente de una consigna que suele ser utilizada por quienes estamos comprometidos en hacer visible con este grave problema, que es: “no se mata la verdad, matando periodistas”.

Aunado a ello, el presidente dio a conocer tres medidas “extraordinarias” para atender la problemática que son: fortalecer la estructura y presupuesto del mecanismo de protección de periodistas y defensores de derechos humanos; un esquema nacional de coordinación con los estados y un protocolo de operación; y, por último, fortalecer la Fiscalía para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) a través de más personal, mejor capacitación, mecanismos de contacto y diálogo, previsión e impulso de las investigaciones en proceso, coordinación entre autoridades locales y federales.

Semanas después escuchamos algunas declaraciones del titular de la Secretaría de Gobernación (SEGOB), Miguel Ángel Osorio Chong, así como de quien encabeza la Subsecretaría de Derechos Humanos, Roberto Campa Cifrián; mediante las cuales se informaba que se estaba dando seguimiento a la investigación del homicidio de Javier Valdez. Sin embargo, conforme fue transcurriendo el tiempo, dichas referencias discursivas fueron desapareciendo al grado que ahora son casi inexistentes. Únicamente se escucha en el espacio público las voces de sus familiares y colegas exigiendo memoria, verdad y justicia.

Si se analiza superficialmente esta reacción oficial quizás podría considerarse que esta es una muestra de que la voz de los periodistas como víctimas de la violencia e impunidad es al menos audible para nuestras autoridades. Quizás la justificación que tendría dicha aseveración sería incluso la apropiación de la frase “no se mata la verdad, matando periodistas” por parte del presidente. En otras palabras, podría creerse que hay un compromiso por atender paulatinamente la polifonía de voces de víctimas en México. No obstante, una mirada más pormenorizada apunta a la dirección contraria, quizás solo si damos el beneficio de la duda podríamos decir que la voz de los periodistas como víctimas, fue audible únicamente en los primeros instantes debido a que fue contemplada como una respuesta política inmediata al dolor que nos invadió tras perder a una voz crítica.

No es extraño que las autoridades en un contexto claramente marcado por una crisis de seguridad traten de hacer inaudibles las voces de las víctimas. El ejemplo más claro del uso de dicha estrategia puede encontrarse en distintos países de América Latina. Sin embargo, depende de nosotros como sociedad que la polifonía de las voces de las víctimas no se extinga pues no solo son voces dolientes de sobrevivientes de la violencia, sino que son voces de exigencia ciudadana para que se cumpla con la esencia misma de cualquier Estado. Han transcurrido más de dos meses del homicidio de Javier Valdez, hay que hacer lo necesario para que su voz y la de tantos periodistas continúen ocupando tanto el diálogo como el espacio público en México.

 

DORIA VÉLEZ

Directora de Investigación

@Dorsvel @ObsNalCiudadano

El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.
 

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