¿México en paz?

You are here

Cuando los protagonistas son los pobres

07/06/2017
00:00
-A +A

Nunca he entendido por qué algunas vidas valen más que otras. Esto no es nuevo. Si usted escribe: “Las muertes que no importan” —como iba a titular este texto inicialmente— en su motor de búsqueda preferido, aparecerán docenas de textos con ejemplos y posibles respuestas.

Es una realidad que no sólo hemos aceptado, sino también reproducido, una jerarquía sobre el valor de las vidas. Aunque quiero evitar caer en el discurso de por qué se crean hashtags para mostrar empatía sólo con ciertas víctimas, es bien sabido y aceptado, que no es lo mismo una mujer de Ecatepec violada en Ecatepec —o donde sea— que una mujer americana violada en un ghetto de Estados Unidos, a una mujer americana violada en una universidad prestigiosa. Y podría seguir. Lo mismo se aplica en diferentes categorías de personas —ricos, pobres, blancos, negros, cristianos, indígenas— y de actos contra esas personas —asesinatos, secuestros, desapariciones, ataque terrorista, guerra-.

 

Es cierto que hay muertes que duelen más, dependiendo el grado de empatía y conexión que logremos con el afectado, basado en nuestra historia de vida, lugar de nacimiento, posición social, profesión, y demás. También es cierto que algunas muertes nos impactan más debido a la cobertura mediática que recibe.

Interrumpo. Debo advertir que no sé hacia dónde voy y que este texto no tendrá resolución alguna. Inclusive sería mejor no escribirlo porque su probabilidad de aportar algo a usted, mi estimado lector, es casi nula. Asimismo, sería más sencillo simplemente compartir mi cuestionamiento usando las palabras de alguien más respetada que yo, como lo es la filósofa Judith Butler quien con unas cuantas palabras dijo todo: “¿quién cuenta como humano? ¿Las vidas de quién cuentan como vidas? y finalmente, ¿qué hace que una vida sea digna de llorarse?”

Mientras escribo, una parte dentro de mi cerebro está neceando con que incluya datos, cifras, estadísticas, números que demuestren a usted, mi estimado lector, que la vida del mexicano y la mexicana está siendo acabada a plomazos, desaparecida en el silencio de lo que callamos. Pero una gran parte de mi cerebro también me dice que no necesitamos esos números, esas cifras que aglomeran miles de vida y hacen que Chuchito o Juanita se vuelvan un cuadrito más dentro de una guirnalda de papel picado. No las necesitamos porque somos parte de ellas.

Uno ya no tiene que recorrer tantos kilómetros para ver el estado en el que nos encontramos, a menos que realmente quiera vivir sesgado pero créame, mi estimado lector, aunque no lo vea ahí está.

Adolfo[1] maneja un transporte para turistas en algún punto de la Riviera Maya, después de haber abandonado su Tamaulipas querido debido a amenazas. Decidió no seguir pasando más droga al otro lado y ahora, sólo ahí se puede esconder.

Beatriz tuvo que cerrar su salón de belleza en alguna ciudad del sureste mexicano porque los federales —o gente que se vestía de federal— le pedía cuota. Ahora vive en algún puerto lejos de ese Chihuahua que abandonó hace años —cuando se puso feo— por la inseguridad y que posteriormente se convirtió en el “lugar de los hechos” donde secuestraron y asesinaron a su hermano.

Junior está borracho en un evento social, y a sus 16 años, solo quiere impresionar a las jóvenes que lo rodean. Como cualquier adolescente podría mentir, pero su padre y su tío le han enseñado bien la estrategia del negocio familiar: ¿cómo hacer rendir la cocaína?

Mario vive en algún lugar del caribe mexicano y desde hace unos años ha escuchado sobre varias mujeres de su colonia que han desaparecido. Algunos creen que se fueron con sus novios, pero él cree que algo más pasó.

Lizeth se bajó del transporte escolar cuando dos hombres en un carro empezaron a perseguirla. Corrió lo más fuerte que pudo, y como pocas, se escapó de terminar en un cartel de ¿Ha visto a?

Y esto son sólo vidas ordinarias, sin detalles, sin potencial de alcanzar una primera plana, un hashtag, o un retweet. Una lágrima; un abrazo. Lo aceptamos. Algunos somos más desechables que otros, sin la esperanza que todo un país nos llore porque fuimos presa de su sistema, de su ideología, de su poder.

Ahora, antes de caer en una protesta escrita, creo que tengo la obligación, y por respeto a su valioso tiempo, de preguntar —algunos lectores exigentes de seguro hasta me demandarán que proponga, que actúe, ¡que haga algo!— ¿y qué carajos podemos hacer?

Manden a la ONU y sus relatores, dirán algunos. Que la comunidad internacional nos apoye, que los otros gobiernos —o sea solo los que han realizado suficientes atrocidades hacia otros pueblos  para adquirir el prestigio de decir qué país es bueno o malo— exijan un respeto a los derechos humanos, que hagan bloqueos económicos, que lancen castigos los de más poder a los nuestros, que también tienen poder, pero por ser mexicanos tienen un poco menos. Que todos los mexicanos salgamos a las calles y exijamos. Que alguien nos salve.

Todo suena bonito y tentador. Pero bien sabemos, que pues sí, así son las cosas. Y sí, sufro del pesimismo y la apatía, así que mejor nos callamos, porque como usted bien sabe, sino terminamos donde iniciamos. Y como dicen en las calles de nuestro país, esto no se acaba hasta que se acaba, señores y señoras. Ay me dirán ustedes cuándo es que esto se va a acabar.

Antes de cerrar sin conclusión o resolución alguna, le demando, por la simple naturaleza de este texto, mi estimado lector, que evite comentar o compartir estas palabras. Ni siquiera se indigne. Será en vano. Mejor le propongo que proponga, que actué, ¡qué haga algo!

 

Chantal Flores

Periodista independiente

@chantal_f @ObsNalCiudadano

[1] Cambie nombres. 

Observatorio Nacional Ciudadano
El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.

Comentarios

Comentarios