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Ceguera crónica frente a muros alternos en México

03/02/2017
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Durante los últimos meses, la posible construcción de un muro en la frontera entre México y Estados Unidos ha sido un tema constantemente presente en medios de comunicación, redes sociales y charlas de café. Uno de los principales efectos que ha tenido dicha coyuntura en la sociedad mexicana es que ha hecho emerger un nacionalismo con matices críticos, de indignación y un tanto románticos frente a los argumentos pronunciados por Donald Trump. No obstante, no se repara en que desde hace años existen 1.050 kilómetros de muros o vallas y que en los restantes hay una serie de accidentes geográficos, que han ocasionado que no solo subyazcan sueños truncados sino vidas apagadas de quienes han tratado de cruzar hacia Estados Unidos por una vida mejor.

Justamente, frente a ese tipo de “saldo” cristalizado en la frontera, y que ha sido resultado de las políticas implementadas en nuestro país, la mayoría de la población ha optado por cerrar los ojos y continuar andando como si nada sucediera. Sin embargo, en cuanto se osa agrupar a los mexicanos y clasificarlos como una “amenaza” para la seguridad de un país y se genera la noción de victimización a consecuencia de la posible construcción de un muro que nos aísle; se comienzan a recordar vagamente a los miles de migrantes. Desde esta perspectiva, podríamos afirmar que el nacionalismo emergente se desprende de la concepción de nación que plantea Benedict Anderson (1993) en Comunidades imaginadas entendiendo esta como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”.

Ante dicho escenario valdría la pena cuestionar cómo es la nación mexicana que ha sido imaginada frente al contexto actual. Quizás una de las respuestas podría ser que nuestra nación siempre se ha encontrado más que unida frente a la distintas problemáticas que han acontecido, que conjuntamente hemos encontrado la manera de sortear los obstáculos y que hemos generado las soluciones necesarias.

Lamentablemente, esta imagen de nación se encuentra lejos de la realidad, al menos en la última década. Ello se debe a que se ha instaurado una especie de ceguera crónica en torno a aquellos muros que —aunque no sean tangibles ni circunden territorios específicos— han aislado profundamente a quienes han experimentado directamente la delincuencia o la violencia en sus comunidades. En este sentido, simplemente habría que recordar aquellos muros de indiferencia que han sido erigidos alrededor de las personas desaparecidas y sus familias; de aquellos hogares rotos a consecuencia del homicidio o feminicidio de uno de sus integrantes; de los migrantes que suelen ser vejados, violados, extorsionados y/o secuestrados; de quienes se vieron forzados a desplazarse debido a las condiciones de inseguridad; de los periodistas amenazados; de los jóvenes que se han acostumbrado al ejercicio de las violencias; de los soldados, marinos y policías que tanto física como psicológicamente se han visto afectados por el combate frente a la delincuencia organizada.

¿En dónde está la comunidad que actualmente nos estamos imaginando? Personalmente, considero que ante tantos muros internos e intangibles existentes en México es muy arriesgado afirmar que efectivamente existe esa nación que narrativamente estamos pregonando; sobre todo, si realizamos un cálculo superficial sobre cuántas personas se está aislando a partir de dichos constructos.  

Esta postura puede profundizarse si se recurre nuevamente al planteamiento de Benedict Anderson (1993) respecto a la razones por las cuales la nación se imagina como comunidad, entre las cuales se encuentra que: “la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal […] es esta fraternidad la que ha permitido, durante los últimos dos siglos, que tantos millones de personas maten y, sobre todo, estén dispuestas a morir por imaginaciones tan limitadas”. Si consideramos este marco interpretativo, tristemente ese compañerismo profundo languidece y exige: el acceso y la administración de la justicia para las miles de víctimas; una ley en materia de desapariciones; que se actúe eficientemente frente a la crisis de seguridad y que se atienda desde el sector de salud pública sus implicaciones psicológicas; entre tantos otros pendientes. Desgraciadamente, la posibilidad de que exista esa fraternidad que se requiere para tener la nación que nos imaginamos pareciera encontrarse muy lejana pues primero debe dejar tras de sí, la ceguera crónica en torno a los muros construidos.

 

Doria Vélez

Directora de Investigación

Observatorio Nacional Ciudadano

@Dorsvel @ObsNalCiudadano

El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.
 

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