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La violencia de etiquetas: romper el círculo perverso

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Los “soldados del califato”, como ISIS los denominó, se llevaron la vida de varias mujeres y hombres
15/12/2015
00:31
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Hace unos días, una pareja de individuos mató a catorce personas en San Bernardino, California. Los “soldados del califato”, como ISIS los denominó, se llevaron la vida de varias mujeres y hombres, ciudadanas/os de a pie, cuyo pecado fue haber acudido a una fiesta en un centro regional de servicios sociales. No tan lejos de ahí, en el Bronx, Hebh Jamal, una niña estadounidense, dice que ha vivido los dos peores meses de su vida (NYT, 2015). Su pecado es profesar la religión musulmana como su familia y sus ancestros. Ella tenía un año cuando ocurrieron los atentados del 9/11. Hoy, a sus 15, tiene que dedicarse a defenderse de la islamofobia, y a convencer a sus compañeros en la escuela de que ni ella ni su familia forman parte de ISIS. En Israel, un maestro llamado Richard Larkin, era descrito como un pacifista y una gran persona. En su página de Facebook tenía como foto de portada el símbolo de Coexist, una campaña que busca promover la coexistencia religiosa y el respeto a la diversidad. Larkin, el pacifista, fue acuchillado en la cara y el pecho por atacantes palestinos en un atentado en un autobús que le mató a él y otras ocho personas quienes tuvieron la mala fortuna de tomar esa ruta aquella mañana. De su parte, los líderes musulmanes en Estados Unidos indican que, en estos meses, han experimentado una nueva ola de violencia y crímenes por odio, ola que se ha intensificado tras los atentados de París y tras las declaraciones de políticos como Donald Trump. Ese es el círculo. Los extremos lo echan a andar porque ese es su alimento; el extremismo produce extremismo. Continuamente nos preguntamos cómo es posible que se cometan ataques terroristas o se asesine a inocentes en el nombre de una ideología, una religión, o algún dios. No todas las respuestas, pero sí algunas, comienzan con el etiquetado del “otro”, el pensamiento categórico. La etiqueta no solo me permite atacar o matar a un “inocente” –quien, para mí, ha dejado de serlo-, sino que me dice que el hacerlo es mi deber moral. Ni Richard Larkin ni Hebh Jamal son ya para mí individuos con historias y formas de pensar propias. En mi pensamiento categórico, ellos son el mismo mal con el que yo quiero terminar. La exclusión económica, política y social existen y forman parte de los motores estructurales de la violencia y el terrorismo. Pero son solo unas pocas personas las que deciden dar el paso y cometer ese tipo de actos. Ese paso -el punto de inflexión- inicia con la etiqueta.

Pensamiento categórico

  1. El pensamiento categórico clasifica dentro de un mismo conjunto a toda una serie de elementos que pueden o pueden no tener algunas o varias características idénticas o similares. Mediante generalizaciones que a veces se esconden bajo un discurso racionalista o a veces son llanamente irracionales, se identifica rasgos o perfiles que tipifican y/o estereotipifican seres humanos. “Los musulmanes se comportan así”, “los judíos son comerciantes”, “los gringos”, “los alemanes”, “los ricos”, “los pobres”, “todo es por petróleo”, “todo es por dinero”, “la derecha”, “la izquierda”. Es el pensamiento que reduce, hasta un punto de radicalización y deshumanización en el que se piensa que, debido a un hecho o un acto, “todos los árabes (o cualquier árabe)” o bien “todos los judíos (o cualquier judío)”, merecen recibir la venganza.
  2. Por contraste, existe el pensamiento complejo (Morin, 1999). Esta forma de razonar analiza, divide, corta, distingue múltiples factores operando en múltiples direcciones y múltiples redes entretejidas al mismo tiempo, y luego las sintetiza en el todo complejo del que forman parte. Este discurso no identifica a todos los musulmanes como un “peligro” a la humanidad, sino que ubica y distingue de entre 1,500 millones de personas, a doscientas, quinientas, mil o cuarenta mil militantes quienes demuestran peligrosos signos de radicalización que deben ser contenidos. Esta forma de razonamiento detecta y ubica los extremos, les pone nombre, y comprende su capacidad de dañar.

Procesos psicológicos

  1. Es importante mencionar que, independientemente de las condiciones materiales o las posturas políticas individuales, independientemente de cuán conectada esta una persona a las redes sociales o escuche la instigación a la violencia, solo un número muy reducido de individuos toma la decisión de dar el paso de cometer actos violentos de esta naturaleza.  
  2. Esa persona, según la investigación, tiene que haber pasado por un complejo proceso individual que contiene elementos de frustración y radicalización (Moghaddam, 2007).
  3. En este proceso hay tres elementos centrales: (a) La persona se convence de que no hay alternativa alguna para cambiar su realidad (una realidad que percibe injusta, inadecuada y que es causada por un enemigo definido), salvo el uso de la violencia, (b) La vía violenta contra ese enemigo, percibido como gigante o poderoso- lo que caracteriza a un conflicto asimétrico- es mucho más eficaz cuando se golpea a dicho gigante en donde más se le puede afectar, en lo psicológico y lo simbólico; por lo tanto, un acto en contra de ese enemigo da sentido a la vida del atacante, (c) Ese enemigo es uno solo, no hay diferencia entre quienes componen su sociedad, lo mismo soldados, policías, que transeúntes, hombres, mujeres o niños, cuyos antecedentes, posturas o rasgos personales son irrelevantes. Todos son parte del mismo problema. Por ende, atacar a cualquiera de ellos, es atacar al enemigo mismo, lo que lo convierte en un acto moral. 
  4. Esta clase de pensamiento categórico no solo opera en quien perpetra el acto, sino también en la sociedad objetivo del mismo.

Alimentando el círculo

Se trata de un círculo que se alimenta a sí mismo, y ese es el riesgo. Por ejemplo, los ataques terroristas ocasionan una serie de efectos psicosociales. Entre otros, un miedo exacerbado que, de acuerdo con la investigación (Bongar et al., 2007), orilla a las sociedades a buscar respuestas menos tolerantes, más autoritarias, en aras de lo que ellos conciben como el resguardo a su seguridad. Esto alimenta las posiciones más duras, favorece a partidos de ultraderecha en lo político, y en casos extremos, favorece la comisión de crímenes por odio en contra de ciudadanos pertenecientes al grupo percibido como “terrorista” o “culpable”. Lamentablemente son justo esas posiciones y conductas las que refuerzan el sentimiento de marginación y exclusión (política, social y a veces también económica) percibida por determinados sectores sociales, lo que a su vez alimenta el caldo de cultivo del que grupos los extremistas se nutren.

Ahora mismo, tras los ataques de París o San Bernardino, se benefician las posturas de las extremas derechas, emergen las olas islamofóbicas, el sentimiento en contra de los refugiados. Surgen figuras como Trump que piden que se prohíba la entrada a EU de musulmanes “hasta no entender el peligro que representan”. El tema no es Trump o lo que diga en su campaña política. El tema es que sus palabras tienen el respaldo de un sector de la sociedad, lo que termina por producir en algunas de las comunidades de migrantes y/o su descendencia, la sensación de que nunca en el fondo podrán integrarse a su sociedad huésped. Este sentimiento de marginación y exclusión, según el último reporte del Índice Global de Terrorismo (IEP, 2015) es el motor fundamental de ataques terroristas en Occidente en los últimos años.

Así, grupos como ISIS ganan por partida doble. Por un lado, mediante sus estrategias, consiguen activar una sensación de miedo colectivo en las sociedades atacadas, proyectando ante ellas poder y amenaza permanente. Por el otro lado, al conseguir que esas sociedades reaccionen cerrándose más y se vuelvan más intolerantes, logran activar el proceso de radicalización arriba descrito en cada vez más cantidad de personas.   

Romper el círculo

Una vez que el proceso psicológico de radicalización ha sido detonado en una persona, es muy difícil de revertir. La cuestión es entender que ese proceso tiene un inicio, un punto de inflexión que comienza con el pensamiento categórico, el pensamiento de las etiquetas. Eso no significa que toda persona que piensa así se va a convertir en un criminal o un terrorista. Pero sí significa que el pensamiento categórico es un rasgo común detectado en la gran mayoría de quienes sí brincan de las ideas a la comisión de actos violentos en contra de inocentes.  

De modo que, aunque no siempre entendamos la importancia del tema, el círculo en realidad se inicia o se rompe en la familia, en la escuela, en la Iglesia, Sinagoga, Mezquita o en el club, entre las amistades, colegas, vecinas y vecinos. En los medios de comunicación, en los libros de texto, las películas, los anuncios. En nuestras bromas. En las representaciones del otro. Quebrar la espiral de la radicalización supone impulsar más el pensamiento complejo, y hacer todo lo posible por erradicar las etiquetas. No en Siria o en París. Sino en la propia casa, ante el espejo.

Twitter: @maurimm   

Arenas Movedizas es un espacio para conversar sobre temas internacionales relacionados con el conflicto, intentando aportar siempre la perspectiva de construcción de paz que a veces tanto nos hace...

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