Manolita
Historias de sabor

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¡Ya basta!

09/01/2017
13:04
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El asunto la mera verdad hasta pena me daba, no podía creer que fuera la única mujer en el mundo que tuviera diario una pérdida, más aún que la perdida afectara a mis dos hijos y  muy frecuentemente a mi marido.

Aquel quebranto sistemática me llevaba de la angustia al enojo en fracción de segundos, cuando recorría la casa  en busca de los perdidos lo hacía en total misterio, sin querer ser vista, temía a los reproches  que seguramente surgirían en los próximos días por no haber sido cuidadosa.

 

La tensión disminuyó cuando Chencha decidió ayudarme en la casa para poder salir a trabajar; ya no tendría que lidiar con aquel problema del que nunca nadie me había hablado, de aquel misterio que según yo y mi mala cabeza, sólo me aquejaba a mí.

Como les comento las labores del hogar las empezó a realizar mi querida Chencha, quien lejos de angustiarse amanecía diario cantando y contando historias del pueblo y de mi madre, historias de cuando éramos niños y que según yo habían ocurrido de manera diferente, pero las historias contadas por Chencha siempre tenían más sabor, ella dice que les pone sal y pimienta para que todos nos podamos reír al final.

Recuerdo que un día llegue más temprano de lo normal, pero tenía la advertencia que la cocina y la terraza eran territorio de ella, así es que procuraba entrar lo menos posible para no importunarla, sabía que ella nos procuraba siempre lo mejor y que era ordenada y muy amorosa, así es que como dice mi madre hice concha y me olvide las pérdidas.

Todo parecía haber regresado a la normalidad hasta que un buen día tuve un reproche  ¡mamá tú no te das cuenta de las cosas! Mi hermana y yo no tenemos calcetines para la escuela y si no vamos perfectamente uniformados nos van a regresar, ya nos lo advirtió la directora, hoy es domingo y no podrás resolver este asunto.

El reclamo me sorprendió, yo había dejado de estar a cargo de la ropa desde hacía meses. Rompí la regla y entré a la terraza de Chencha, había una bolsa grande llena de calcetines la revolví clandestinamente con la esperanza de encontrar algún par para cada uno de los niños, así sucedió e imaginé que aquel asunto había sido un pequeño descuido.

Sin embargo los temores regresaron, había más perdidas de las esperadas, la respuesta estaba en los duendes que según decía mi suegra aprecian en esa casa de cuando en cuando para hacer travesuras y la travesura era desaparecer algunos objetos o moverlos de lugar.

Un buen día Chencha llegó con un costal de tamaño considerable, y me pregunto sí quería hacer unos cojines por que el relleno estaba preparado. De qué relleno hablas Chencha, le pregunte, de los calcetines perdidos, contestó, tu madre y yo siempre hacemos cojines con ellos.

No quise abundar en el tema que me provocaba una serie de preguntas, todas sin respuesta. Había que hacer los cojines y ya, de algo servirían.

Aquella inquietud siempre quedo por ahí guardada en lo más recóndito de los recuerdos, justo donde están aquellos que uno prefiere no hurgar porque incomodan.

Pero el otro día verdaderamente fui muy feliz por algunas horas; resulta que transitábamos mi amiga Miriam y yo sobre el eje vial 1 Norte de la Ciudad de México, es el que cruza por la Lagunilla; mira me dijo, aún venden cientos de calcetines blancos aquí, y ahora hay muchos de colores.

Pero los más prácticos son los blancos, continuó, aquí compraba por cientos cuando mis hijos eran chicos, así me los llevaba a Mérida para no estar angustiada al no poder resolver el gran misterio de los calcetines huérfanos.

No pude contener la risa y voltear con alegría a verla, me vio fijamente y como es su costumbre me dijo ¿De que te ríes? No podía contenerme, balbuceando y con lágrimas en los ojos, me atreví a contarle que a mí me pasaba lo mismo, que los calcetines perdidos siempre me habían hecho sentir impotente e ineficiente. Nombre, agregó, a todas nos pasa lo mismo, tenemos cientos de calcetines huérfanos, por eso hay que comprar sólo calcetines de un color y ponerles un “Ya Basta” para que siempre tengan par. Los calcetines son así les gusta ser huérfanos, pero si tu compras todos blancos puedes hacer pares aunque a ellos no les guste.

Aquel día con el tráfico y todo Miriam me regreso parte de la confianza, aquella que vas perdiendo sin darte cuenta y por tonterías, finalmente entendí que no soy única, todas tenemos perdidos y huérfanos, es más me acabo de enterar que a los hombres que viven solos también tiene sus huérfanos, la diferencia es que nosotros hacemos cojines con el relleno.

FELIZ AÑO

 

 

 

Apasionada de México y su cultura, estudió Sociología en la UNAM, se ha dedicado por más de 15 años a difundir y promover los atractivos turísticos, culturales e históricos de nuestro país a través...

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