Fuerzas de humanismo

OTRAS
21/07/2017
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
OTRAS
El hombre expresaba un malestar continuo, que lo había vuelto huraño y violento. Me comentaba que él nunca había sido así, que regularmente había sido amigable y sereno, y que de pronto, sin entender cómo, su actitud se había transformado radicalmente. Comenzó con breves episodios de ansiedad y molestia, pasó a momentos explosivos aunque pasajeros, pero al final se volvió un estado permanente e incontrolable. Lo comentaba con sincera lucidez, buscando ayuda. En Dios, por supuesto, podría tener un aliado. Y rastreando en su corazón las semillas de la inquietud, fuimos encontrando que no había logrado sobreponerse al bombardeo de información agresiva y desesperanzadora que circulaba sobre nuestro entorno. Era como respirar diariamente aire contaminado: tarde o temprano, el equilibrio corporal se descompone. Tratándose de la mente, no podía ser distinto.

 

Propusimos un camino que lo volviera a poner en contacto con las mejores fuerzas de lo humano. No podemos, en efecto, permanecer indiferentes ante el ambiente nocivo, pero tampoco hemos de permitir que nos arrolle y nos degluta. Ante el mal, la gran tentación es ceder a males mayores, porque entonces ya hemos quedado incorporados al ambiente de violencia. Conservar la calma es importante, pero no se logra fácilmente si no sabemos pararnos bien en medio de la tormenta. ¿Qué hacer, entonces? El ejercicio fue sencillo, pero eficaz.

En primer lugar, el hombre empezó a dedicarle más tiempo a sus seres queridos. Simplemente a estar con ellos, comentando detalles divertidos y procurando sonreír. Se propuso mirarlos con atención, reconociendo la bendición para su vida que cada uno de ellos significaba. Para las malas noticias que se repetían en los medios, él tenía delante miles de buenas nuevas. Y no se trataba de simples informaciones, sino de seres humanos, de carne y hueso, con quienes él se encontraba plenamente involucrado.

En segundo lugar, se dispuso a entrar en contacto con la belleza de su entorno, especialmente con la naturaleza. Un árbol, un cielo azul, aún una lluvia repentina, todo era un pretexto para sentir el ciclo vital en torno suyo y a reconocerse parte de un universo en movimiento. Reconoció que muchas de sus relaciones con la realidad se estaban dando a través de mediaciones artificiales, como pantallas e instrumentos de comunicación, y que ellos de alguna manera enfrascaban su pensamiento y sus sentimientos. Muchos detalles en su entorno le ofrecían permanentemente información, y sin querer había terminado por ceder a que fueran las noticias de los medios quienes definieran el curso de su mente.

En tercer lugar –y esto fue, tal vez, lo más inesperado, a pesar de que lo tenía a la mano porque su propia hijo estaba ahí–, escuchó música. En vivo. Un coro de niños cantando. La voz de los niños limpia el alma. Como el aire  más sano, como el agua más adecuada, la caricia de su melodía ejercía sobre su corazón la más tierna influencia. No era necesario reflexionarlo. Bastaba que dejara circular su flujo, que se entregara a aquella primorosa oleada de trinos elevados al cielo. Con razón dijo Jesús que son los puros de corazón los que verán a Dios. Y ahí estaba la fuente que aclaraba la mirada y la volvía capaz de la hazaña.

“Vi a Dios. De manera sencilla. Los escuché cantar. Y, con ellos, me di cuenta de que la vida se me estaba yendo sin disfrutar su mejor parte. Que podía estar tranquilo, sin angustiarme, porque todo valía la pena simplemente por haber escuchado su melodía. ¿Dónde estaba yo, cuando todo lo demás me distraía? Bastaron esos cantos para recuperarme interiormente. Y, a partir de entonces, todo empezó a ser distinto. Recuperé la fuerza interior. Nada aparentemente era distinto. Para mí, sin embargo, todo había cambiado”.
 

Foto: Filippino Lippi, Alegoría de la música

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