Octavo día
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Cien años de Rulfo

07/06/2017
19:31
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Cien años de Rulfo, y su palabra, con sabor a tierra quemada, aún duele. Con una sobriedad coloquial que desarma la esperanza, aunque no deja de sonar a canto. A canto lastimero. A derrumbe incontrolable, que igual destruye los muros que las morales. “¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad”. Pero ya no hay más caridad que la de un incontrolable deseo de venganza. Seca, también, aunque apasionada, arrastrando cadáveres con parca indolencia.

Aun cuando el río se desborda, o es escenario de carnicerías, el tono es seco. “Es que somos muy pobres”. Es que seguimos siendo muy pobres, y aquí todo sigue de mal en peor. “Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella”. Pero el río, como las lágrimas, siguen perteneciendo a un horizonte ardiente, que sólo descorazona. La fiesta se esfuma, con la velocidad de una serpentina. ¡Serpentina, como se llamaba la vaca!

La sequedad de muerte del río está también en el paso del norte, con una vigencia fantasmal, mil años antes de los muros. “–Padre, nos mataron. –¿A quiénes? –A todos. Al pasar el río. Nos zumbaron las balas hasta que nos mataron a todos”. La sentencia del padre no conoce redención. “–Eso te ganaste por creído y por tarugo. Y ya verás cuando te asomes por tu casa, ya verás la ganancia que sacaste con irte… Se te fue la Tránsito con un arriero. Dizque era re buena, ¿verdá? Tus muchachos están acá atrás dormidos. Y tú vete buscando onde pasar la noche, porque tu casa la vendí pa pagarme lo de los gastos. Y todavía me sales debiendo treinta pesos del valor de las escrituras”. El mismo padre al que el hijo sentenció que no tenía problemas económicos, porque se dedicaba a la pirotecnia. De nuevo, la crueldad de la fiesta, garantizada. “–Pos que hay hambre. Usté no la siente Usté vende sus cuetes y sus saltapericos y la pólvora y con eso la va pasando. Mientras haiga funciones, le lloverá el dinero; pero uno no, padre. Ya nadie cría puercos en este tiempo”.

En el tejido de la tragedia profunda, los lazos familiares y populares siguen ahí, angustiosamente irreales. En una soledad insuperable, de sangre y de guerra, de miseria y de olvido. En un memento ritual, desangelado. “Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabo en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban ‘hosannas’ y ‘glorias’ y la canción esa de ‘ahí te mando, Señor, otro angelito’”.

Y, claro, desde entonces desnudando con crudo sarcasmo la parodia política de los sueños sociales. “–No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos. –Es que el llano, señor delegado… –Son miles y miles de yuntas. –Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche de agua”. A la promesa, a la eterna promesa incumplida, la realidad vuelve a ser sequedad cruel, una burla del cielo. “Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve”.

Los perros siguen ladrando, ¿no los oyes? Han dejado el campo y se han convertido en pieza literaria de escenarios urbanos. Pero el dolor desgarrador, seco y desesperanzado ahí sigue. Cuando, púber, me enseñó Rulfo en su Llano en llamas ese México, me fascinó su descripción, sus sentencias palmarias, su realismo lacerante. Pero, ingenuo, creí que la narrativa exageraba. Después entendí, con la vida y el ministerio, que son solo fotografías en blanco y negro, ecos del tío Celestino que no ha dejado de narrar la aridez de nuestra tierra.

 

Foto: Francisco Goitia, Paisaje de Zacatecas con Colgado

Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.

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