De corazón a corazón

OTRAS
23/06/2017
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
OTRAS
Siglos antes de que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se popularizara, a partir de santa Margarita María Alacoque, una notable autora medieval, santa Gertrudis, había encontrado su propio lugar de reposo en el pecho del Señor, a imitación de Juan el Evangelista. Recostar la cabeza sobre el pecho es ocasión, entre quienes se aman, de sentir el ritmo del corazón amado, entrando en sintonía con su vitalidad personal.

Aunque hoy suele pasar desapercibida, la presencia de esta santa fue muy destacada en el México virreinal. Da testimonio de ello el hermoso cuadro de Miguel Cabrera sobre ella. Ahí, un niño Jesús, colocado sobre el pecho de la mística, emite una frase que la gran amiga de Gertrudis, santa Mechtilde, unos quince años mayor, habría escuchado del mismo Señor, a propósito de dónde podría encontrarlo, además de en la Eucaristía: “Me encontrarás en el corazón de Gertrudis”.

De corazón a corazón, la piedad pone en juego a las personas en relación. Es, en efecto, un vínculo afectuoso y de conocimiento, de intimidad y confianza, de familiaridad. Por algo la jaculatoria más célebre al Sagrado Corazón de Jesús invoca, después de la mención del nombre, “en vos confío”. En la expresión vibra una genuina reciprocidad cariñosa, que, en medio de la situación que se pueda estar viviendo, confirma una certeza de compañía grata y amable.

Mucho tiempo después, ya en pleno siglo XX, otro autor, el filósofo cristiano Dietrich von Hidlebrand, profundizó en el misterio del corazón humano para, después de una contemplación bíblica del corazón de Jesús, proponer también una transformación del corazón creyente en referencia al corazón del Señor. Se basa, para ello, en la oración que pide: “Danos un corazón como el tuyo”. Lejos de una religiosidad entendida como la renuncia a todo afecto, o, por el contrario, de una exageración de las emociones en la vida de fe, un corazón sano es el que sabe amar en orden. “El orden del amor, ordo amoris, requiere que el deseo, el anhelo y la búsqueda sea conforme con la jerarquía objetiva de los bienes” (El corazón, Palabra, Madrid 2009, 217).

Toda realidad terrena puede ser amada, al ser valorada objetivamente e incorporada al auténtico bien. Son siempre un reflejo de la belleza divina. El prójimo, en particular, mantiene un estatuto singular en la relación humana, como imagen y semejanza divina. La pulsión más alta, sin embargo, se encuentra en Dios. Amar en orden es poder amar la naturaleza, y a una mascota, pero no ponerlos en el nivel de un ser humano. Amar en orden es incluso valorar la riqueza, pero ponerla en referencia a la vida buena y al servicio que desde ella podemos ofrecer. El mismo amor propio, lejos de ser la afirmación caprichosa de uno mismo, está llamado a ser la certeza gozosa y humilde del propio valor. La adoración a Dios, como tensión extrema del corazón, se convierte en la muestra más noble del dinamismo humano.

La celebración litúrgica del Sagrado Corazón es, ciertamente, un ejercicio de contemplación y alabanza, de reconocimiento y expiación. Pero también es una escuela de humanismo y de sabiduría existencial. Despertando la calidez con la que circula nuestra sangre, podemos hacer nuestra la secuencia de los sentimientos naturales y sobrenaturales que reconocemos en Jesús, maestro de humanidad y camino de trascendencia. Amar, y amar bien. Amar, y amar en orden. Amar, con el gozo y el sufrimiento que conllevan los pasos de la historia. Amar, con la certeza de que es bueno estar vivo, y que es un privilegio poder consagrar el corazón a las mejores causas del universo.
 


Foto: Miguel Cabrera, Santa Gertrudis

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