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Agonía olímpica

OTRAS
19/08/2016
00:35
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
OTRAS

¿Lenguaje olímpico en la Biblia? El joven no lo podía creer. Acostumbrado a pensar en el texto sagrado desde otra perspectiva, manifestaba dificultades en creerlo. Está bien que hable de Dios, e incluso de la salvación del hombre. Pero ¿del deporte? Mejor aún, le dije. Usa el lenguaje deportivo para exponer la vida cristiana y el ministerio apostólico.
El primer ejemplo no lo convenció. Me referí al evangelio de san Lucas, en el momento crucial de la oración de Jesús en el huerto de Gestemaní (cf. Lc 22,39-44). Ese episodio, del que hablan los autores sagrados con diversidad de acentos, en el tercer evangelio adquiere un lenguaje singular. Jesús es el atleta por excelencia, que está a punto de entrar a su combate decisivo. Es ahí donde a este acontecimiento se le llama “agonía”. Nosotros le damos hoy un significado diverso. Originalmente indicaba una lucha. Y es precisamente este autor sagrado el que nos menciona ahí la presencia de un ángel, que conforta a Jesús. Se insinúa en él al entrenador que motiva al atleta. Más aún, el cuadro se completa con el sudor intenso que se combina con sangre. No lo saqué de la impresión de que estaba manipulando el pasaje.
Está bien. Vámonos con san Pablo. ¿San Pablo? No, menos. A él lo representamos con una espada, pero no como un deportista. Usted quiere acomodar las cosas. Pero ahora la evidencia le resultó poco a poco incontestable.
Empiezo por el más célebre. “¿No saben que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corran de manera que lo consigan! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como ando colpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado” (1Co 9,24-27).
Se refiere inequívocamente al estadio, al correr, al luchar, al recibir un premio, al ser descalificado, a la disciplina propia del deportista. No hay duda. Está expresando con esos términos su propio esfuerzo de predicación y de animación de la comunidad cristiana.
Pues bien, no es el único caso. En otros momentos también habla de su ministerio como de una carrera, cuestionándose sobre si la ha realizado con fruto o en vano (cf. Ga 2,2; Flp 2,16) y animando a sus interlocutores a perseverar en su propia carrera (cf. Ga 5,7).
Toda la vida le resulta un ejercicio de continuo desarrollo, con una meta clara. “No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Flp 3,12-14).
El mismo apóstol, en sus textos más tardíos aparece como quien ha competido “en la noble competición” y ha “llegado a la meta” en cuanto ha “conservado la fe” y puede esperar “la corona de la justicia” que habrá de recibir del Señor (cf. 2Tm 4,7-8). Ahí mismo, instruyendo a su colaborador a quien ha encomendado la conducción de la comunidad, le recuerda que el atleta “no recibe la corona si no ha competido según el reglamento” (2Tm 2,5).
El último ejemplo que consideramos lo terminó por entusiasmar. No es directamente paulino, aunque con el marco anterior le resultó su consecuencia natural. “Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia... Fíjense en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcan faltos de ánimo. No han resistido todavía hasta llegar a la sangre en su lucha contra el pecado” (Hb 12,1-4).

Foto: Adriaen van de Velde, Agonía en el Jardín

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