“Soy muy afortunado”

OTRAS
08/07/2016
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
OTRAS

 

 

El adolescente recorría la Ciudad de México con incansable asombro. No parecía mirarla atentamente, pero los detalles se le grababan y los comentaba con perspicacia. Parece ser característico de las generaciones que han crecido entre audífonos y pantallas. “Soy muy afortunado”, dijo. Nacido en Estados Unidos, hereda una lucha migratoria que no experimentó en primera persona, pero que seguramente habrá incorporado a su propia identidad después de escuchar innumerables veces las aventuras de sus progenitores, y que incluso misteriosamente marcarán ya su propia carga genética y espiritual. Habla un español correcto, con el típico acento de los latinos del norte, pero aquí pasaba por un paisano. Su afirmación se debía a lo que estaba viendo. Él puede viajar y conocer. Sus papeles están en orden, allá y acá. Entre sus propios familiares aquello está vedado para muchos. Él puede servir de lazo entrañable entre quienes recorrieron el desierto y quienes permanecen aquí. Su expresión es serena, sencilla, sin pretensión alguna. Pero se me clavó en el corazón. Él mismo tal vez no imaginaría su alcance. Muchos jóvenes de su misma edad recorren la vida sintiéndose desgraciados, y encontrando mil pretextos para estacionarse en la penuria. A él, la fatiga de otros lo ha hecho consciente y valeroso. Sí, es muy afortunado.

Atravesó las marchas que ahorcaban la ciudad. También eso lo veía con ojos de aprendiz. Entendía de golpe las tensiones sociales de un país que era suyo sin serlo, y con el que se identificó rápidamente. Intuyó las dificultades de una sociedad que busca equilibrar vitalidad e institución, honestidad y creatividad, trabajo y calidad de vida, enfrentando inercias de corrupción, caudillismo, corporativismo y autoritarismo. “La gente debe participar más”, sentenció. “Y debe educarse mejor y ser más responsable”, añadí. “Eso”, me dijo.

De pronto lo absorbió el partido entre Portugal y Gales. Conocí a un entusiasta de Cristiano Ronaldo que me explicó el tiempo que a otro jugador le había tardado en crecer el cabello y el heroísmo de otro más que a sus dieciocho años está en el nacional. Con orgullo me comentó que él mismo participa en siete ligas, y que tiene mirada de mediocampista. No se le escapa ningún detalle, y percibe con precisión las distancias y los movimientos en el campo. De hecho, lo había demostrado también antes, al referirse a la estructura de los edificios, y más adelante hablando de los grupos humanos. Tiene amigos de diversas razas. Todos tienen algo que aportar. Como llegamos a comer justo a la hora del juego, convinimos en que era muy afortunado, en efecto.

El mismo día, por la tarde, llamé a la frontera, a felicitar a un amigo de infancia por su cumpleaños. Compartimos una vez más las tensiones de nuestras propias luchas, en las que tantas veces se asoma la tentación del desgano y de percibirlo todo como una derrota. Objetivamente no es así, pero las exigencias interiores a veces son muy fuertes. Verlo desde otro ángulo siempre ayuda para adquirir una perspectiva adecuada. De mediocampista. En el mismo instante, la queja se transformó en la expresión llena de vida del joven. “Soy muy afortunado”. Si en un momento al escucharlo me pareció ingenuo, como corresponde a la edad, de pronto me resultó que los ingenuos éramos nosotros, los adultos, al dejarnos ahogar por situaciones superables.

Dios suele hablar a través de los pequeños. Yo también había sido muy afortunado ese día, recibiendo la cátedra de un joven mediocampista, y al compartir de nuevo las batallas con remotos hermanos de vida y esperanza. No se han solucionado los problemas, pero se pueden afrontar de otro modo. En comunión y con optimismo. Con vitalidad latina.

Foto: Leonardo da Vinci, La Virgen y el Niño con Santa Ana (detalle)

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