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Espiritualidad matrimonial

OTRAS
01/07/2016
00:36
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
OTRAS

Inspirado en la Lumen gentium, que enseña la vocación universal a la santidad en la Iglesia, el Papa Francisco propone como cierre a su exhortación Amoris Laetitia una serie de pistas de espiritualidad matrimonial y familiar (cf. nn. 313-325). No se pretende encontrar en su capítulo noveno una visión completa de todos los aspectos implicados en el tema, sino derivar de su desarrollo previo algunos puntos que le parecen más relevantes, teniendo siempre en mente plantearlos con el mayor realismo posible, desde la clave primaria de la “caridad”.
Ante todo, se describe la espiritualidad bajo la perspectiva de la comunión sobrenatural, es decir, la relación personal con Dios, buscándola en este caso “en el templo de la comunión matrimonial” (n.314). “La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos sus sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Cuando se vive en familia, allí es difícil fingir y mentir, no podemos mostrar una máscara. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz. La espiritualidad del amor está hecha de miles de gestos reales y concretos. En esa variedad de dones y de encuentros que maduran la comunión, Dios tiene su morada” (n. 315).
Por ello mismo es “camino de santificación en la vida ordinaria” (n.316).
Para esto, no se olvida el necesario acento cristológico, especialmente en su sentido pascual. “Si la familia logra concentrarse en Cristo, él unifica e ilumina toda la vida familiar. Los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con él permite sobrellevar los peores momentos... Por otra parte, los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección (n. 317). Medio privilegiado para vivir esta fe
pascual será la oración en familia (cf. n. 318).
Siguen, entonces, dos pistas que decantan todo el documento. Una “espiritualidad del amor exclusivo y libre”, derivado de la naturaleza del matrimonio, y una del “cuidado, del consuelo y del estímulo” que se desprende de la consideración más extensa de la familia. En primer lugar, si se recuerda que el desafío de pertenecer a una sola persona refleja la fidelidad de Dios, en última instancia esto lleva incluso arelativizar a la pareja de cara a Dios, “cuando cada uno descubre que el otro no es suyo, sino que tiene un dueño mucho más importante, su único Señor”, de modo que “nadie más puede pretender tomar posesión de la intimidad más personal y secreta del ser amado y sólo él puede ocupar el centro de su vida” (n. 320).

En segundo, la familia en sentido más amplio se convierte en un espacio de mutuo cuidado y estímulo, que llega a ser descrito como un “pastoreo”. “Cada uno es un
‘pescador de hombres’ que, en el nombre de Jesús, ‘echa las redes’ en los demás, o un labrador que trabaja en esta tierra fresca que son sus seres amados, estimulando lo mejor de ellos” (n. 322).

La dignidad de cada uno despierta la atención y el servicio en la vida cotidiana, abriendo a un horizonte de amor social siempre más amplio. De este modo, “la familia vive su espiritualidad propia siendo al mismo tiempo una iglesia doméstica y una célula vital para transformar el mundo” (n. 324).
La exhortación concluye con una oración a la Sagrada Familia de Nazaret.
Amoris Laetitia es un documento extenso y polifacético. Contiene numerosas pistas de la sabiduría ancestral de la Iglesia sobre los procesos humanos, aportándolas a la vez a las muy novedosas situaciones que caracterizan nuestro cambio de época cultural. Rico en la mayor parte de sus propuestas, no deja de tener dificultades en su trabazón interna y en  algunos de los puntos más delicados cuya discusión abrió. Leído con atención y obsequio religioso, reclama al mismo tiempo ubicarlo en el marco más amplio de la tradición que lo ha acuñado: el de una Iglesia que vive en su tiempo, en él evangeliza, y de él goza las posibilidades y sufre también las ambigüedades y peligros.

Foto: Adriaen Jansz van Ostade, Oración antes de la comida

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