Vocación de la familia

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OTRAS
13/05/2016
00:31
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
OTRAS

El tercer capítulo de la Exhortación Amoris laetitia, con la mirada fija en Cristo como anuncio primordial de la fe, quiere ofrecer “una síntesis de la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia” (n. 60). Resulta por demás significativo plantear esto hoy, cuando se cumplen 35 años del atentado contra Juan Pablo II, el día que daría a conocer una serie de iniciativas a favor del matrimonio y la familia.

Y es que la doctrina católica se ha desarrollado notablemente, anclada en la enseñanza de Cristo. El Papa Francisco abreva de esta misma fuente, apelando a los principales referentes bíblicos y retomando los principales documentos del Magisterio emanados en los últimos cincuenta años. Así, puede recordar:

“Jesús, que reconcilió cada cosa en sí mismo, volvió a llevar el matrimonio y la familia a su forma original… La familia y el matrimonio fueron redimidos por Cristo..., restaurados a imagen de la Santísima Trinidad, misterio del que brota todo amor verdadero. La alianza esponsal, inaugurada en la creación y revelada en la historia de la salvación, recibe la plena revelación de su significado en Cristo y en su Iglesia” (n. 63). Además de señalar la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, el Papa muestra la actitud de Jesús respecto a cuestiones familiares, empleándolas paradigmáticamente para su propio ministerio. Privilegia, para ello, bajo la inspiración de Paulo VI, considerar a la Sagrada Familia de Nazaret.

Respecto al Magisterio, hay la mención de Gaudium et spes del Vaticano II, de Humanae vitae de Paulo VI, de Familiaris consortio de Juan Pablo II y de Deus Caritas est y Caritas in veritate de Benedicto XVI, reconociendo las líneas doctrinales de cada documento (cf. nn. 67-70).

La parte medular del capítulo se dedica a desarrollar la doctrina sacramental del Matrimonio (nn. 71-75), desde donde se observan los desafíos particulares de la unión conyugal (nn. 76-79) y de la transmisión de la vida y la educación de los hijos (nn. 80-85), para concluir en una bella reflexión sobre la dimensión eclesial de la familia y familiar de la Iglesia (nn. 86-88).

La naturaleza del sacramento se describe en clave cristológica: “El don recíproco constitutivo del matrimonio sacramental arraiga en la gracia del bautismo, que establece la alianza fundamental de toda persona con Cristo en la Iglesia. En la acogida mutual, y con la gracia de Cristo, los novios se prometen entrega total, fidelidad y apertura a la vida, y además reconocen como elementos constitutivos del matrimonio los dones que Dios les ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso, en su nombre y frente a la Iglesia” (n. 73). Toda su vida, así, quedará marcada por la mutua referencia, de la que una expresión privilegiada será la entrega marital.

Al mencionar la doctrina tradicional sobre los bienes matrimoniales, el Papa considera tanto el bien de los cónyuges como el bien de la prole. Se introduce en ello una mirada realista, que no ignora las dificultades que los esposos encuentran en el camino. En tal contexto se aduce la existencia de “situaciones imperfectas”, en las que propone, sin embargo, reconocer aspectos en los que se encuentran, a pesar de todo, elementos correspondientes a la voluntad de Dios o “semillas del Verbo”.

Con esto el Papa aborda una cuestión que habrá de detener nuestra atención en otro momento. Es claro que su opción ha sido propiciar un lenguaje positivo, que no se perciba como condenación, y que abra espacios de esperanza para iniciar procesos de conversión. Aunque en general el documento evade, por lo mismo, el vocabulario condenatorio, no está ausente la conciencia de que las heridas familiares no son sólo consecuencias de las que las personas no sean en parte responsables. La misericordia se entiende en referencia al pecado (cf. n. 64). Sería una lectura superficial la que pretendiera obtener de aquí la renuncia al orden objetivo de la moralidad. De hecho, se pronuncia una fuerte invitación a las familias a defender la vida, conforme a la doctrina tradicional (cf. n. 83), y se denuncian los atentados contra ella.

La perspectiva, sin embargo, es fundamentalmente optimista. “El fin unitivo del matrimonio es una llamada constante a acrecentar y profundizar este amor. En su unión de amor los esposos experimentan la belleza de la paternidad y la maternidad; comparten proyectos y fatigas, deseos y aficiones; aprenden a cuidarse el uno al otro y a perdonarse mutuamente. En este amor celebran sus momentos felices y se apoyan en los episodios difíciles de su historia de vida… La belleza del don recíproco y gratuito, la alegría por la vida que nace y el cuidado amoroso de todos sus miembros, desde los pequeños a los ancianos, son sólo algunos de los frutos que hacen única e insustituible la respuesta a la vocación de la familia, tanto para la Iglesia como para la sociedad entera” (n. 88).

Foto: Rutilio Manetti, Bodas de Caná

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