Laicos y presbíteros

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Foto: Giotto, El diácono Francisco de Asís y el pesebre
OTRAS
27/11/2015
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Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.
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Aún en noviembre de su último año, el Concilio Vaticano II proclamó otro documento: el Decreto Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los laicos. Sobre la identidad de los laicos ya había abundado la Constitución Lumen Gentium, dedicándoles todo el Capítulo IV. Pero el decreto amplía su análisis en el tema específico del “apostolado”, que no se entiende, por lo mismo, como una acción restrictiva del ministerio ordenado, sino que cuenta con ellos como agentes responsables, con una función específica. Su horizonte es doble: hacia dentro de la Iglesia, la participación activa en las obras eclesiales y la colaboración en determinadas tareas de la jerarquía, y hacia fuera, animando con el espíritu del Evangelio las realidades terrenas.

Tras una breve introducción, el documento expone en un primer capítulo los elementos generales de la vocación de los laicos al apostolado, para detenerse después en los fines que se esperan con él, un panorama general de los diversos campos en los que debe realizarse, las varias formas que puede asumir, el orden que hay que conservar en él –en especial su relación con la jerarquía eclesiástica–, y finalmente la necesaria formación para el mismo.

Un punto da el acento más propio sobre el tipo de apostolado que compete particularmente a los fieles laicos. Si es plan de Dios sobre el mundo “que los hombres restauren concordemente el orden de las cosas temporales y lo perfeccionen sin cesar”, entendiendo con ello “los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales y otras cosas semejantes”, es tarea peculiar de los laicos tomar “como obligación suya la restauración del orden temporal”, obrando “directamente y en forma concreta en dicho orden” (n. 7).

La reflexión de un posterior Sínodo de los Obispos y la exhortación con la que el Papa Juan Pablo II iluminó a la Iglesia después del mismo, Christifideles laici, ha de considerarse como la profundización de esta temática conciliar.

La última votación de documentos conciliares tuvo lugar en diciembre del mismo año. El decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis fue promulgado, como el resto, el 7 de diciembre, un día antes de la solemne clausura del Concilio. Sobre los presbíteros también se había pronunciado Lumen Gentium, pero brevemente, dado que su atención se había concentrado sobre el episcopado. Como una prolongación de lo ahí enseñado, el documento extiende su reflexión sobre la naturaleza del sacerdocio ministerial en su segundo grado. Destaca una aproximación teológica, no meramente funcional, que fundamenta la fraternidad sacerdotal e identifica como principio integrador del ministerio la caridad pastoral, mirando ante todo al presbítero como un hombre en relación. El documento cuenta con tres capítulos: el primero, breve, describe la naturaleza del presbiterado dentro de la misión de la Iglesia; el segundo, más amplio, trata sobre el ministerio de los presbíteros, analizando sus funciones como ministros de la palabra de Dios, de los sacramentos  y de la conducción de la Iglesia, y también del presbítero en sus relaciones con otras personas: los obispos, los otros presbíteros y los laicos; el tercer capítulo se detiene en la vida y espiritualidad sacerdotal.

Otro texto fuertemente vinculado con este, aunque promulgado un poco antes, es el Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius. En él se confirma la validez de la institución establecida por el Concilio de Trento para la formación sacerdotal, los seminarios, pero planteando un programa de actualización que entonces apenas se esbozó. La crisis de vocaciones sacerdotales del postconcilio sirvió también para una profundización de las auténticas inquietudes del Concilio, que se pudo reflexionar con detenimiento en otro Sínodo de los Obispos y que dio pie a lo que hoy sigue constituyendo el punto de referencia fundamental de estas cartas de formación: la Exhortación Pastores dabo vobis de Juan Pablo II.

Si el Concilio  Vaticano II logró presentar en una rica eclesiología los distintos estados de vida cristianos, la asimilación de estos contenidos no fue algo sencillo. Paradójicamente, en varios momentos se ha tenido la doble tentación de una clericalización del laicado y de una secularización de los presbíteros. En realidad, los documentos conciliares proponen una tarea fecunda en la que cada uno de los miembros del cuerpo místico de Cristo asume su propio lugar, viviendo su proceso de santificación en la realización de su propia vocación. También en este punto, los desafíos siguen latentes.

 

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