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Los genitales de Donald Trump

07/03/2016
08:19
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Algo tiene que andar muy mal en la política de Estados Unidos para que Donald Trump tenga que aclarar que su pene no es pequeño durante un debate en busca de la nominación presidencial.

En medio del desconcierto y la decepción de millones ciudadanos, el senador demócrata por Vermont, Bernie Sanders, ha sido el que quizá ha descrito mejor este espectáculo de bochorno y vulgaridad entre quienes aspiran a ocupar la oficina oval de la Casa Blanca:

“Cuando uno observa estos debates republicanos, entiendes mejor porqué tenemos que invertir más en salud mental”, aseguró Sanders durante el último debate con Hillary Clinton, una candidata que hoy observa con preocupación la forma en que este veterano político de 74 años, que arrolla con su discurso y su carisma entre los más jóvenes, se ha convertido en su piedra en el zapato.

La alusión de Sanders, a la forma en que Donald Trump y el senador por Florida, Marco Rubio, han rebajado el listón del debate político, lanzándose puyas racistas —como cuando Trump dice que Rubio suda mucho, un comentario de componente racial que hace alusión a la comunidad latina—, o llegando al extremo de insinuar que el magnate tiene los genitales pequeños porque tiene manos cortas, ha conseguido poner en duda el buen juicio de los candidatos republicanos en su apurada lucha por la nominación presidencial.

Si bien es cierto que en la historia de un proceso electoral nunca se había hecho una alusión directa a los genitales de un candidato, la lucha por la presidencia de Estados Unidos siempre ha estado llena de actos de pronunciamientos racistas, de desvaríos extremistas y de actos a la desesperada.

¿Quién no se acuerda del extremismo de Barry Goldwater, el senador por Arizona, que perdió las elecciones presidenciales a manos del demócrata Lyndon B. Johnson en 1964 después de haber arrollado en las primarias del partido republicano?

Goldwater, un político que consideraba justificado el extremismo cuando se defendía una ideología y que aborrecía la moderación, recabó el apoyo de organizaciones como el Ku Klux Klan, de la misma forma en que ahora Donald Trump coquetea con esos sectores que buscan en él la mejor oportunidad para recuperar trascendencia en el seno de una sociedad que hace mucho les dio la espalda.

Al igual que hoy ocurre con Donald Trump, Goldwater desató un cisma al interior del partido republicano. Republicanos como Nelson Rockefeller, gobernador de Nueva York, denunciaron el extremismo de Goldwater, de la misma forma en que hoy líderes del partido como Mitt Romney, ex gobernador de Massachussetts, advierten sobre la peligrosidad de Donald Trump, “un tipo capaz de arrastrarnos a todos hacia el abismo”.

En 1964, al fragor de una intensa lucha por la nominación presidencial, la revista Fact publicó un artículo con la opinión de 1,189 psiquiatras advirtiendo sobre la personalidad inestable de Barry Goldwater. En su opinión, Goldwater no estaba preparado para asumir la presidencia de Estados Unidos.

“Es un desequilibrado, un inmaduro, esquizofrénico y paranoico”, resumieron los psiquiatras para cuestionar el buen juicio de un político que llegó al extremo de amenazar con una guerra nuclear a la hoy extinta Unión Soviética en caso de llegar a la Casa Blanca.

Robert Klitzman, psiquiatra y profesor en la Universidad de Columbia, recordaba esta semana en las páginas de The New York Times la forma en que Goldwater decidió vengarse de la revista Fact y de los siquiatras que lo descalificaron. Tras un fallo a su favor de una corte federal, que obligó a la revista a pagar 75 mil dólares, la Asociación de Psiquiatría de Estados Unidos decidió emitir la, hasta hoy, conocida como “ley Godwater”:

“Un psiquiatra puede compartir con el público su experiencia acerca de los problemas psiquiátricos en general. Sin embargo, no es ético que un psiquiatra ofrezca una opinión profesional del sujeto en cuestión a menos que él o ella hayan practicado una entrevista personal y se le haya concedido la autorización necesaria para emitir tal declaración”.

Por esta razón, recuerda Klitzman, muchos psiquiatras se han abstenido de formular una valoración sobre el estado mental de Donald Trump. Nadie de su ramo puede hablar de forma específica sobre el carácter explosivo de Trump, sobre su propensión a insultar, a lanzar comentarios derogatorios o a hablar incluso del tamaño de su pene en un debate televisado que es seguido por millones.

A pesar de ello sospecho que, para un considerable sector de la sociedad, no es necesario tener la opinión experta de un psiquiatra para ver desde cinco pueblos a la distancia la egolatría de un personaje que ha demostrado que es capaz de todo con tal de aniquilar al adversario. De atacar a periodistas que le formulan preguntas incómodas o de mentir como un bellaco cuando se le pregunta sobre el origen de su fortuna, sobre la legalidad de muchos negocios (como la fallida Universidad Trump), sobre su propensión a declararse en bancarrota y sobre la poca claridad de sus declaraciones de impuestos.

En vista de esta mala calaña de Trump, no me resulta extraño comprobar que hoy son muchos los que consideran que el adversario ideal del magnate —en caso de que se haga con la nominación presidencial—, sea Bernie Sanders y no Hillary Clinton, quien se vería arrastrada por su propio pasado y por Trump, un experto en ensañarse con la presa fácil y uno de los que mejor conocen el pasado de los Clinton.

En este sentido, Sanders podría ser mejor antídoto que Hillary Clinton contra el magnate:

“La familia de mi padre fue aniquilada por Hitler en el Holocausto (durante la Segunda Guerra Mundial). Por eso, yo sé muy bien a donde pueden conducir los discursos y la política de los radicales y extremistas”, aseguró Sanders durante el último debate demócrata en la ciudad de Flint, Michigan, para mostrar así el blindaje moral que podría enfrentar Donald Trump.

Una posibilidad lejana, aunque no imposible en caso de que Clinton sobreviva a la investigación del FBI sobre el uso de un servidor personal de correo para gestionar información considerada como “Top Secret” o altamente clasificada por el gobierno.

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