James Carter, un presidente con una relación especial con Dios

James Carter ha demostrado hasta qué punto este hombre de frágil presencia ha impartido una magistral lección de autenticidad y grandeza.
OTRAS
24/08/2015
09:18
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Desde los años en que Jimmy Carter era presidente de EU, los miembros del servicio secreto se refrían a él como el “diácono”. Pero, también, como el “clérigo”, por su conocida devoción hacia la Biblia y su relación especial con Dios.

Quizá, por ello, la serenidad de la que hizo alarde esta semana, al anunciar que tenía un melanoma de cáncer que se le había extendido del hígado al cerebro, no resultó nada sorprendente.

El hecho de que Carter haya comparecido ante los medios, para asegurar que su destino estaba “en manos de Dios”, una forma piadosa de decir que a sus 90 años está prácticamente con un pie en la tumba, demuestra hasta qué punto el ex presidente que más ha crecido en estatura moral desde que salió de la Casa Blanca, ha querido que la nación entera lo recuerde con lucidez, con la serenidad de un hombre que está en paz consigo mismo y con Dios.

Antes de que el cáncer que lo devora por dentro le convierta en una piltrafa humana y le arrebate el control de sí mismo y su circunstancia.

Que Carter haya elegido dar este paso, sin importarle el qué dirán, ventilando un asunto íntimo que muchos preferirían mantener en secreto para rehuir de la lástima y la compasión. Que en un acto sin precedentes haya decidido desnudar su alma, para asegurar que la gravedad del diagnóstico no le ha paralizado de miedo, sino que, al contrario, lo ha hecho reflexionar sobre su afortunada existencia, demuestra hasta qué punto James Carter es un hombre que se encuentra más allá del bien y el mal.

Es un hombre en estado de gracia que ha dado ejemplo de dignidad y pundonor en una nación acostumbrada a salvaguardar las apariencias y a rendirle culto al rico y poderoso mientras barre bajo la alfombra los defectos o los momentos de dureza y debilidad de sus gobernantes.

En este sentido, podría decirse que la comparecencia de James Carter ha demostrado hasta qué punto este hombre de frágil presencia ha impartido una magistral lección de autenticidad y grandeza.

Su acto consiguió además, establecer una realidad de alto contraste en el mundo de la política en momentos en que, dos de los clanes más ricos y poderosos de EU, los Clinton y los Bush, se disponen a pelear de nueva cuenta por la presidencia en medio de embustes y medias verdades para tratar de reivindicar los supuestos logros de guerras fallidas en Afganistán e Irak, mientras ocultan el tupido trasfondo de los intereses creados.

O mientras personajes como Donald Trump, un magnate reconvertido en político, vocifera contra los inmigrantes y atiza el sentimiento de odio contra quienes se han convertido en víctimas de la persecución o de linchamientos desde que EU sucumbió, desde el momento mismo de su fundación, a los recurrentes arrebatos  de ese diablo supremacista que suele sacar lo peor de esta nación.

Cuando el ex presidente Ronald Reagan reconoció públicamente que padecía Alzheimer, mediante una carta dirigida a los medios en 1994, estableció por primera vez una nueva frontera imaginaria. Hasta ese entonces, ningún ex presidente había permitido que la opinión pública y los medios husmearan en sus flaquezas y desventuras.

En 1944, Frank Lahey, uno de los médicos que atendían al entonces presidente, Franklin D Roosevelt, redactó un memorándum confidencial en el que transmitía sus temores de que el mandatario no terminara con vida su cuarto y último mandato. Aunque el personal médico que atendía a Roosevelt sabía de los achaques del presidente, quien sufría del corazón, presión arterial y parálisis de la cintura para abajo, su salud era un asunto de Estado en momentos en que EU participaba en una fase crucial de la Segunda Guerra Mundial.

De hecho, Roosevelt acudió a la Conferencia de Yalta en 1945, donde se negociaría el nuevo orden tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, acompañado por un grupo de médicos que se encargaron de mantenerlo alejado de la tumba.

Antes que él, el presidente Woodrow Wilson, quien se mantuvo en el poder de 1913 a 1921, sufrió de varios infartos que le dejaron semiparalizado del lado izquierdo y parcialmente ciego. Su precario estado de salud, se convirtió en un rumor nunca confirmado que la Casa Blanca se empeñó en mantener secreto.

Otro presidente que sufrió en secreto los padecimientos de enfermedades que lo postraron en la cama y lo obligaron a someterse a rigurosos tratamientos médicos, fue John F. Kennedy. Durante muchos años, sólo sus más cercanos y el personal médico que lo atendía, estaban al tanto de su tratamiento a base de cortisona e inyecciones de anfetaminas para combatir la denominada enfermedad de Adisson.

El hecho de que el ex presidente, James Carter, haya hecho acto de presencia esta misma semana para reconocer ante el mundo que recortará dramáticamente su jornada de actividades, para someterse a un tratamiento duro y complicado contra el cáncer, parece haber marcado así un antes y un después en la historia de quienes nunca se atrevieron a confesar públicamente que ejercieron el poder a tumba abierta, o a declarar que estarían dispuestos a dejar su destino en manos de Dios.

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