Pornucopia

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La intención es lo de menos

No toda la discriminación —no toda la exclusión, la marginación y la opresión— que viven las personas es resultado de una intención, basada en una creencia de inferioridad (o algo similar).
10/02/2017
14:15
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Una de las ideas más persistentes que se tienen sobre la discriminación es que se reduce a un acto intencional: una persona racista, o machista, o clasista, o xenófoba, u homófoba, o transfóbica –según sea el caso– excluye a otra, intencionalmente, del goce de un derecho. Una persona, por sus creencias, se asegura activamente de que otra persona no tenga un trabajo, o no pueda entrar a algún lugar al que tiene derecho, o no pueda formar una familia o… El punto, bajo esta concepción, es que la discriminación se materializa en actos concretos, intencionales, basados en creencias específicas que las personas tienen: que las mujeres, o las personas LGBT, o las personas indígenas, o las personas negras o… son “inferiores”, “malas”, “estúpidas”, “ladronas”, “perversas”, etc. Y precisamente por eso es que hay que “detenerlas” (o violentarlas o encerrarlas o excluirlas…).

 

Esta “teoría” sobre la discriminación, sin embargo, está incompleta. No toda la discriminación —no toda la exclusión, la marginación y la opresión— que viven las personas es resultado de una intención, basada en una creencia de inferioridad (o algo similar). Por supuesto que existen esas personas discriminadoras. Y hacen muchas cosas con el propósito de que sus creencias se vean reflejadas en las leyes o en las políticas de sus escuelas, empresas o comunidades. Pero son solo una parte de todo lo que nos lleva a los resultados que hoy tenemos, a las desigualdades que persisten en el goce de derechos.

 

¿Cómo es que la discriminación puede no ser intencional? Valga un ejemplo cotidiano.

 

En sociedades como la nuestra, en muchos espacios sigue arraigada la idea de que “los niños” y “las niñas” se deben ver de manera diferente. El pelo que les corresponde, la ropa que les corresponde, la imagen que les toca, debe ser distinta. A las niñas, se dice, les toca el pelo largo; a los niños, el pelo corto. A las niñas, les toca ropa de colores claros o rosas, mientras que a los niños les toca ropa más oscura o azul. Los niños no pueden usar falda; eso es de niñas… La lista puede seguir. Esta idea —la de la diferencia en imagen entre niños y niñas— no se queda como una idea, sino que se materializa en la realidad: la mayoría de los niños y niñas así se ven. ¿Cómo es que esto ocurre? ¿A través de qué medios es que esta idea se transforma en una realidad?

 

De muchos. Uno es, como el caso de #AxanDecide demostró, a través de las mismas escuelas que, en sus reglamentos, adoptan a esta idea como regla. Con ello, la idea se vuelve una norma para muchas personas. Una norma cuyo incumplimiento puede ameritar una sanción (como ocurrió en el caso de Axan, en donde fue suspendido de la escuela porque tenía el pelo “largo”). ¿Por qué cumple la gente con este mandato? ¿Porque creen en él? Quizá algunas personas realmente crean que eso es lo debido, lo natural. Pero existen otras que no. Existen otras que simplemente creen que hay que seguir las reglas. ¿Por qué? Quizá porque calculan que cuestionarlas puede traer consecuencias negativas (algo que, el caso de Axan, en donde la madre acabó siendo amenazada de violación y de muerte, también demostró). Quizá temen que si mandan a sus niños con las uñas pintadas o con una mochila rosa —por ejemplo—, van a sufrir violencia a manos de sus mismos compañeros (y no de la escuela). Su intención al reproducir un mandato de género no es que sus hijos resulten excluidos; todo lo contrario: quieren su inclusión, quieren que no vivan violencia.

 

Lo que resulta, sin embargo —lo quieran o no; lo busquen o no—, es que la norma —el status quo— se reproduce. La exclusión de niñxs que no se conforman al mandato de género se garantiza, incluso por quienes ni siquiera se compran esa ideología. Si queremos genuinamente que ya no haya discriminación en las escuelas a quienes no se conforman a estos mandatos, no basta simplemente con “castigar” a los que son abiertamente sexistas, sino tal cual cambiar el sistema.

 

¿A qué me refiero? Primero, quizá lo más obvio: la regla de la escuela. Como se demostró, también en el caso de #AxanDecide, esa regla es inconstitucional. A pesar de ello, sin embargo, pocas escuelas han hecho algo para que sus reglamentos se conformen a la Constitución y respeten los derechos de las personas. ¿Qué se necesita para que las escuelas cambien su normativa interior? La Constitución ya prohíbe la discriminación por género; la Ley General de educación también (así que el cambio probablemente no tenga que venir de ahí). ¿Qué mecanismos hacen falta reforzar para que las escuelas las cumplan? Lo importante a notar aquí es que estas preguntas no tienen solo que ver con la “intención” de las personas, sino con el entramado institucional en el que se mueven. Ese que permite que las personas que tienen ciertas intenciones, actúen con base en ellas; y que las personas que incluso ni siquiera quieren discriminar, lo acaben haciendo.

 

Con la discriminación ocurre algo similar a lo que pasa con la corrupción: si queremos combatirla, no basta solo castigar a “los corruptos”, sino modificar el entramado que les facilita la corrupción. Hace meses, Sergio López Ayllón escribió sobre el caso de Javier Duarte algo que fácilmente aplica al tema de la discriminación: “nos equivocamos”, dijo entonces, “si seguimos creyendo que la corrupción es un problema de personas. Para combatirla con rigor tendríamos que empezar por preguntarnos cuáles son las causas que la permiten e incentivan.” Lo relevante de Duarte no es (solo) por qué es corrupto, sino qué le permite serlo: qué permite que materialice sus intenciones, de la manera en la que lo hizo. Qué le dio el poder de obtener tantos recursos; qué le permitió apropiarse de ese dinero sin que nadie, ni nada objetara; qué facilitó que se diera a la fuga. Si queremos combatir la corrupción, tenemos que hacernos esas preguntas y modificar lo que sea que facilita la corrupción. Lo mismo hay que hacer si queremos combatir la discriminación. La intención es lo de menos. Tenemos que ver el sistema.

 

Estefanía Vela estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los...

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