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Los Trumps y los Billy Bushes de este mundo

Trump puede ser un espejo a lo que tantas mujeres se enfrentan en su día a día: en la casa, en la calle, en el trabajo. En el mundo. Trump y Billy Bush, por supuesto.
14/10/2016
11:47
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Hace una semana, el Washington Post liberó un video en el que Donald Trump aparece jactándose de violentar sexualmente a las mujeres en una conversación que tuvo en el 2005 con Billy Bush, entonces anfitrión del programa Access Hollywood (y primo de George W. Bush). El video, de aproximadamente tres minutos, ha logrado indignar incluso a muchos Republicanos, quienes horas después de su liberación comenzaron a condenar públicamente al candidato. Y es que el video muestra un comportamiento problemático desde la perspectiva que se le mire.

En la primera parte, Trump y Bush platican sobre una mujer que ambos conocen, comentando sobre su físico. Trump no resiste y le cuenta a Bush cómo le “tiró la onda”. Los términos que utiliza, por supuesto, son mucho más agresivos: I moved on her. Me le eché encima. “Traté de chingármela”, pero estaba casada. “Fallé”, dice, como si se trata de una misión. Describe sus intentos: ella quería comprar muebles y él se ofreció llevarla. Bush ríe. Porque, claro, un hombre así solo ofrece ayuda cuando espera algo sexual a cambio. Solo se interesa por lo que a la mujer, en concreto, le interesa si es una manera de “llegarle”. Al final, no lo logró, “admite” Trump. Estaba casada. Pero parece que ya no le importa tanto: ahora que la vio, cuenta, “pues ya tiene las tetas falsas y todo. Cambió su look.” No hay nada que lamentar. La mujer perdió su belleza, lo que quiere decir que perdió lo único que podría importarle a Trump.

En eso, Bush lo interrumpe y exclama: “Ufff, tu chica está buenísima”. Se refiere a Arianne Zucker, la actriz con la que Trump va a aparecer en el programa que están grabando. Desde el camión en el que se encuentran, la pueden ver acercándose, vestida de morado. “Whoa”, exclama Trump. Bush lo alienta: “A huevo. El Donald ya chingó”. “Mejor uso Tic Tacs”, dice Trump, “en caso de que la empiece a besar.” Se justifica: “Sabes que automáticamente me atrae la belleza. Solo empiezo a besarlas. Es como un imán. Solo beso. Ni me espero. Y cuando eres una estrella, te dejan hacerlo. Puedes hacer lo que sea.” “Lo que quieras”, le secunda Bush, entre risas. “Cogerlas del coño”, remata Trump. Bush suelta una carcajada mayor. “Lo que quieras”, reafirma Trump. Continúa el agasajo: “Lo único que puedo ver son piernas”, dice Bush. “Sí, se ve bien”, dice Trump. (En inglés dice: “It looks good”, dice. La cosa se ve bien.) Continúan así hasta que toca que salgan del camión y la saluden.

Ella llega, amable, a saludarlos. “Hola, ¿cómo estás?”, le dice Trump. “¿Conoces a Billy Bush?” Lo saluda también. “¿Estás listo para ser una estrella?”, le dice ella a Trump. “Vamos. Hazme una estrella.” En eso, Billy Bush: “¿Qué tal un abracito para El Donald? Se acaba de bajar del camión.” “¿Te gustaría un abrazo, cariño?”, responde ella. “Por supuesto. Melania [su esposa] dijo que esto estaba bien.” “¿Qué tal ahora un abracito para el Bushy? Me acabo de bajar también del camión.” Ella, sorprendida, riendo incómodamente, lo abraza. “Aquí vamos. Excelente,” dice Bush, “tienes una gran co-estrella”, le dice a Trump. De ahí corta la cámara a otro momento en el que van caminando por el estudio. Bush: “En cuanto una mujer hermosa aparece, él despega. Siempre ocurre.” Lo dice con ella ahí, por supuesto. Prosigue Bush: “A ver, si tuvieras que escoger a uno de los dos, a quién escogerías: ¿A mí o a El Donald?” Dos hombres, en un contexto laboral, comentando sobre la belleza de una mujer, con ella enfrente y con una cámara encendida. Así de normalizado está todo. Así de legítimo creen que es su comportamiento que se atreven a hacerlo frente a una cámara. (Justo hace un año vimos algo idéntico en el caso de Enrique Tovar y Tania Reza, ¿recuerdan? Él acosándola frente a la cámara y ella tratando de ignorarlo, tratando de hacer su trabajo, sin éxito.)

Esta última parte no ha sido tan comentada como las primeras dos, aunque a mí me parece tan preocupante como lo que ocurre a lo largo de todo el segmento. Muestra cómo las palabras de Trump no son solo “palabras”, sino que se traduce en cómo trata a las mujeres. No es capaz de estar con ellas sin hacerles saber que para él valen por cómo se ven. La única diferencia está en cómo se expresa: en el camión, con un hombre que lo incita y se lo aplaude, habla de ellas de forma absolutamente despectiva, como “coños” y “cosas” que simplemente coge si le place. Ya con ellas enfrente trata de ser encantador, pero sabemos bien que es solo porque se las quiere “chingar”, como ocurrió con la mujer a la que llevó de compras para ver si así “sucumbía” a él. Todo es parte de lo mismo: la división que tanto se ha querido hacer entre lo que él dice en privado y lo que hace en público no existe. Lo que Trump dice en privado es como Trump actúa en público. Lo único que cambia es el tono que utiliza por una cuestión convenenciera: si quiere “conquistar” a una mujer no puede ser tan burdo.

Desde entonces, por supuesto, lo que han comenzado a surgir son más historias similares de mujeres que acosó en el trabajo. Es otro Bill Cosby, con la diferencia de que Trump pretende ser Presidente de Estados Unidos. Lo increíble, para mí, es que sorprenda. Este es un hombre que se ha referido a las mujeres como “cerdas” y “cara de perro”; este es un hombre que halaga a su hija diciendo que es tan bella, que si no tuvieran una relación filial con ella, andaría con ella. Y lo que es necesario señalar es que todo es parte de lo mismo: Trump solo parece saberse relacionar con la mujeres desde lo sexual. Las que le parecen atractivas, tienen que lidiar con sus “avances” sexuales; las que no, con sus insultos. Por eso ambos casos pueden ser clasificados como acoso de género: porque sea sexual o no, siempre viene mediado por la visión que Trump tiene de las mujeres. “La cerda” y “la guapa”, tenemos que entenderlo ya, son dos caras de la misma moneda: ser valorada primero y antes que nada a partir del físico. Las mujeres, para Trump, no son sus iguales, sus pares. Son bellezas o cerdas que aparecen y desaparecen en su vida conforme a sus caprichos. Y esto, de nuevo, se ve reflejado también en la conformación de sus empresas y de su misma campaña, que tienen un número de mujeres por mucho inferior al de los hombres. Y es que, claro: las mujeres con las que puede genuinamente trabajar sin que lo sexual termine por joder la relación deben ser mínimas. ¿Cómo, siendo mujer, se puede trabajar con un hombre así? No puedes, especialmente porque ese hombre –como tantos otros– es el jefe. O te sometes al acoso o te vas. No hay más. Y es que es obvio: si ni siquiera su hija escapa de su visión sobre las mujeres, si ni siquiera ella se salva de su trato misógino, ¿qué pueden esperar el resto?

El día de ayer, Michelle Obama refirió a Trump en un discurso imperdible que dio en New Hampshire, haciendo campaña para Hillary Clinton. “La semana pasada”, dijo, “vimos a este candidato presumiendo cómo violenta sexualmente a las mujeres.” Esto, “me ha conmocionado de una forma en la que nunca pude haberlo previsto.” “Me encantaría”, dijo, “pretender que esto no está pasando”, “pero esta no fue simplemente una conversación obscena. No fue una plática de vestidores. Este fue un individuo poderoso hablando libre y abiertamente sobre un comportamiento depredador y presumiendo cómo besa y agarra a las mujeres.” Y no se trata de un “incidente aislado”.

“Lo sentí de manera tan personal”, dijo. “Como estoy segura que muchos de ustedes también. Particularmente las mujeres. Los comentarios vergonzosos sobre nuestros cuerpos. La falta de respeto por nuestras ambiciones y nuestro intelecto. La creencia de que le puedes hacer lo que quieras a una mujer. Es cruel. Es atemorizante. Y la verdad es que duele. Duele. Es como ese abrumador sentimiento de pesadez que de repente te llega cuando vas caminando por la calle, ocupándote de tus asuntos. Y algún tipo te grita vulgaridades sobre tu cuerpo. O cuando ves a ese tipo en el trabajo que se para muy cerca, demasiado cerca y que te ve por un periodo demasiado prolongado, y te sientes incómoda en tu propia piel. Es ese sentimiento de terror y de violación que muchas mujeres han sentido cuando alguien las ha agarrado o se ha forzado sobre ellas y han dicho que ‘no’ pero no las han escuchado. Es intolerable. No importa a qué partido pertenezcas. Ninguna mujer merece ser tratada así. Nadie merece este tipo de abuso.”

Trump puede ser un espejo a lo que tantas mujeres se enfrentan en su día a día: en la casa, en la calle, en el trabajo. En el mundo. Trump y Billy Bush, por supuesto. Que un Trump no solo se explica por el poder que detenta, sino por los hombres que lo rodean. Por los hombres que, teniendo acceso a esos espacios “masculinos”, teniendo un poder equiparable al suyo, no solo no lo cuestionan, sino que lo solapan y lo instigan. Hombres que con sus palabras o con sus silencios, hacen que este mundo siga siendo uno hostil para las mujeres. La pregunta es: ¿se atreverán a verse en el espejo? 

Estefanía Vela estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los...

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