Caitlyn

Lo poderoso del título se revela conforme pasan los días y queda claro a qué grado una petición tan simple, llamarla Caitlyn, resulta una labor imposible para tantas personas.
OTRAS
04/06/2015
05:06
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Estefanía Vela estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los...
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El lunes se liberó la nueva portada de Vanity Fair. El retrato, a cargo de la fotógrafa Annie Leibovitz, es de lo más sencillo: una mujer, en un corsé blanco, aparece sentada en un banquillo rodeada por paredes lisas. No hay nada más que ella, sonriéndole ligeramente a la cámara. Dulce. Sensual. Con un pelo espectacular. (Y es que no podría ser de otra forma en este medio.) Llámenme Caitlyn, afirma. La sencillez de la portada contrasta con lo complejo que parece ser hablar de lo que significa: la historia de Caitlyn Jenner, previamente conocida como Bruce Jenner, ex atleta que ganó la medalla de oro en el decatlón olímpico de 1976 y una de las estrellas del programa de televisión Keeping Up with the Kardashians. Lo poderoso del título se revela conforme pasan los días y queda claro a qué grado una petición tan simple, llamarla Caitlyn, resulta una labor imposible para tantas personas.
 
Basta revisar algunos artículos que han reportado el suceso. «‘Llámenme Caitlyn: Bruce’», se intitula una nota, dejando ver a quién concibe su redactor como el sujeto que habla: a Bruce, no a Caitlyn. «Caitlyn Jenner es el nuevo nombre del excampeón olímpico estadounidense, Bruce Jenner», leo en otra. Nótese cómo perpetúa la idea de que la persona que existe es él, sólo con un nombre distinto. Bajo esta lógica, él se presenta como mujer, él se auto-nombra como mujer. Él. Cuando el punto, precisamente, es que es ella.Es. No cree que es; no siente que es. Es.
 
Y es que, claro, qué difícil es hablar en una sociedad como la nuestra de historias como la de Caitlyn. Historias que revelan lo político detrás de algo que tantas personas asumen como natural: el «ser» hombre o «ser» mujer. Historias que revelan a qué grado la manera en la que clasificamos y explicamos los cuerpos y sus significados son eso: explicaciones, clasificaciones, valoraciones que, de natural, no tienen nada. Historias que nos obligan a hacer conciencia sobre los conceptos que utilizamos para aproximarnos al mundo y la violencia que podemos ejercer con ellos cuando son el lente a través del cual hacemos (un sin)sentido de la vida de las demás personas. 
 
Están quienes ven a personas como Caitlyn e insisten en que «es» hombre: si sus cromosomas son XY, si los genitales con los que nació son «masculinos», si su cuerpo produce mayores niveles de testosterona, es hombre. Qué más da cómo se ve; qué más da qué «se hizo»; qué más da cómo se siente o cómo se nombra. Es hombre. Están quienes afirman que «nació hombre, pero ahora es mujer». Si bien enunciados como éste último parecen respetar la «identidad» de personas como Caitlyn, conceden un punto no menor: que las personas nacemos hombres o mujeres. Pero tampoco es tan sencillo.
 
Las personas nacemos con un cuerpo. Cómo ese cuerpo es leído y clasificado y para qué, es otra cosa. El mapa no es el territorio. El cromosoma XY es el cromosoma XY. Ese es un hecho. Que sea «masculino», es otra cosa: es una elección terminológica que se tiene que justificar éticamente. Más aún cuando se pretende que sea el rasgo a partir del cual vamos a definir a una persona: identificarla, nombrarla, (mal)tratarla. Que los genitales sean relevantes para algunas cosas (como pueden serlo para la salud de una persona), no significa que lo sean o que deban serlo, para otras. La pregunta es: ¿por qué consideramos que ciertas características (y cuáles) deberían ser relevantes para cómo las personas se viven, se entienden, se disfrutan? ¿Para el trato que les/nos damos?
 

Un día después de que se revelara la portada de Vanity Fair, Laverne Cox, actriz de la serie de televisión Orange is the New Black y activista que lucha por el respeto de los derechos de las personas trans, publicó un texto conmovedor celebrando a Caitlyn. La maravilla de su artículo es que aprovecha la ocasión para ser crítica de qué, precisamente, es lo que se celebra: «Sí», afirma, «Caitlyn se ve increíble y es hermosa pero lo que creo es más hermoso de ella es su corazón y su alma, la manera en la que le ha mostrado al mundo sus vulnerabilidades. El amor y la devoción que tiene por su familia y que tienen por ella.» Tengamos cuidado, sostiene, con enfatizar lo físico, precisamente porque refuerza un cierto estándar de belleza.

 
Cox, precisamente hace un año, apareció en la portada de la Time dedicada al movimiento por los derechos de las personas trans, llamado por la revista como la «siguiente frontera del movimiento de los derechos civiles». En su momento, relata, muchas personas le dijeron que se veía hermosa y que eso «no representaba a la mayoría de las personas trans». Hoy, dice, «entiendo que lo que querían decir es que, bajo cierta luz, en ciertos ángulos, soy capaz de encarnar ciertos estándares cisnormativos de belleza.» Estándares que también están entrecruzados por la raza, la clase y las capacidades, entre otras dimensiones. «Hay muchas personas trans que por su genética y/o falta de recursos nunca serán capaces de encarnar estos estándares. Más importante aún: muchas no querrán hacerlo y no por ello no debemos ser vistas y respetadas por lo que somos.»
 
Cox complejiza la discusión. Una batalla es cómo contamos historias como la de Caitlyn y la de ella. Pero no son las únicas historias que hay. Las injusticias van más allá de los nombres y pronombres. Si bien casos como los de ellas representan un cambio en la concepción que se tiene de los hombres y de las mujeres, esta transformación puede acabar siendo mucho menos radical de lo imaginado. Quizá ya no importarán los cromosomas, quizá ya no importarán los genitales, pero importará que las personas se veanconforme a lo que se espera de «una mujer» y «un hombre» en todo lo demás. Se aceptarán a quienes cumplan con un «nuevo» (renegociado) concepto de género, pero el género seguirá marcando la línea que divide a las personas: las que merecen respeto y admiración de quienes merecen desprecio. Actualmente, quienes sufren más discriminación son las personas cuya «expresión» de género se sale de los parámetros que tienen quienes las «leen» o «interpretan». Lo que no puede «leerse» como masculino o femenino, es violentado de alguna manera u otra. De ahí la importancia de la crítica: ¿a quiénes aceptamos y a quiénes no? ¿Aceptamos a las personas que se acercan al ideal propio de lo que un hombre y una mujer debe ser? ¿Nos incomoda lo que no puede encajonarse sin problemas en alguna de estas dos categorías? ¿Por qué? ¿Por qué el género sigue siendo tan relevante en nuestra interacción? ¿Qué creemos que dice el género de una persona?
 
* * *
 
Cox cierra su texto con un llamado para luchar por las personas que no tienen los privilegios que ella y Caitlyn tienen, luchar porque accedan a «servicios de salud, trabajos, vivienda, calles y escuelas seguras», por «dar a conocer las historias de quienes están más en riesgo, que estadísticamente son las personas trans de color que son pobres y de clase trabajadora.» Vaya recordatorio: lo mediático está bien, las representaciones importan, pero no bastan. Hay que transformar las vidas materiales de las personas. Bien lo dice: «la lucha continúa».

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