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¿Qué pueden aprender los campos de refugiados sobre las ciudades emergentes?

Los conflictos armados y los desastres naturales en diferentes sectores del mundo han elevado el número de desplazados y refugiados en la actualidad a más de 59 millones de personas
29/02/2016
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Los conflictos armados y los desastres naturales en diferentes sectores del mundo han elevado el número de desplazados y refugiados en la actualidad a más de 59 millones de personas, una cifra récord desde la Segunda Guerra Mundial, de acuerdo con un informe del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Para hacer frente a este éxodo masivo de los diversos territorios, se creó una solución: los campos de refugiados. Estos espacios son definidos como asentamientos temporales, con una infraestructura muy básica y que son administrados o dirigidos por un gobierno, Naciones Unidas, u organizaciones internacionales para suministrar diversa ayuda humanitaria. Este tipo de soluciones se encuentran en muchas zonas del mundo (incluyendo América Latina y El Caribe), pero principalmente en África y el Medio Oriente.

Los campos de refugiados de Dadaab (Kenya)—conocidos en su conjunto como  “el mayor campo de refugiados del mundo”—fueron creados hace más de 24 años para albergar a unas 90.000 personas que huían de la guerra civil en Somalia. Hoy, estos campos acogen a más de 400.000 habitantes, una población similar a ciudades como Valledupar en Colombia o Cuenca en Ecuador.

Vista aérea del campo de refugiados de Dadaad, Kenya.

El segundo campo de refugiados más poblado del mundo es el Campo de Zaatari (Jordania), el cual en apenas 3 años ha reunido a 120.000 personas en un territorio de 9 kilómetros cuadrados. Zaatari continúa recibiendo unas 1500 personas al día, quienes huyen del conflicto armado en Siria que no parece tener final cercano. La mitad de los desplazados de este campo son niños.

Estos campos han salvado la vida de millones de personas en situación de riesgo en todo el mundo. Sin embargo, sus condiciones son sumamente difíciles:

  • El tiempo de permanencia en ellos es indeterminado, siendo 10 años la cifra promedio.
  • La gran demanda que existe lleva a problemas como hacinamiento en los campos y el colapso de sus servicios.
  • Los fondos de ACNUR para su mantenimiento son insuficientes. Por ejemplo, se calcula que el campo de Zaatari supone 500.000$ al día.

Estas condiciones llevan al surgimiento de toda clase de problemas sociales tales como la violencia o el desempleo, y en muchos casos agravan las condiciones de vida para quienes habitan en estas instalaciones transitorias. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Vale la pena seguir pensando estas instalaciones como campos de refugio temporal, o empezar a planificarlas como ciudades emergentes?

En sus inicios, estos espacios cumplieron plenamente su objetivo de ofrecer una respuesta integral, rápida y oportuna a emergencias humanitarias de gran escala. Sin embargo, al pasar el tiempo, estas soluciones “temporales” se han convertido en ciudades permanentes con negocios, servicios, transporte y hasta avenidas comerciales, al punto de que Zaatari tiene hoy sus propios “Campos Elíseos.”

Imagen de la avenida conocida como “Los Campos Elíseos” en el campo de refugiados de Zaatari, Jordania.

 Estas urbes no planificadas crecen a un ritmo vertiginoso, generando una difícil realidad económica, política y social que es insostenible para ACNUR y otras organizaciones humanitarias, y afecta la calidad de vida de millones de hombres, mujeres y niños. Ante estas circunstancias, resulta importante examinar y replantear los paradigmas de la ayuda humanitaria en la actualidad.

Un primer paso pudiera ser reconocer estos espacios como ciudades “emergentes” que puedan generar, progresivamente, un acuerdo de gobernabilidad, la transformación de su entorno y su sostenibilidad económica en el tiempo. Mucho hemos aprendido sobre las estrategias de desarrollo y crecimiento en ciudades de todo el mundo que pudieran servir como referencia para estas particulares circunstancias. Este proceso también permitiría repensar soluciones a temas como el acceso a la energía, alimentos o agua, y afrontar los desafíos en la provisión de servicios de saneamiento, salud, seguridad ciudadana y educación, entre otros. De esa manera, podríamos abrir el camino para otra visión que devuelva los sueños y las oportunidades a quienes habitan estas “nuevas ciudades”.

 

 

 


Por: Juan Pablo López Gross

 

Juan Pablo López Gross es un arquitecto venezolano egresado de la Universidad Central de Venezuela con un Diplomado en Liderazgo Público del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) y un Máster en Estudios Políticos Aplicados de la Fundación Internacional y para Iberoamérica de Administración y Políticas Públicas en Madrid, España. Juan Pablo se incorporó a la Iniciativa de Ciudades Emergentes y Sostenibles (ICES) en Octubre de 2015. Previamente, fue fundador y director operativo de la consultora en asuntos urbanos y ciudadanos URBIX, Secretario Ejecutivo del Consejo Local de Planificación Pública del Municipio Chacao en Caracas y el miembro directivo más joven del Colegio de Ingenieros y Arquitectos de Venezuela. Juan Pablo es consultor urbano con más de 9 años de experiencia y un activista, conferencista y locutor en temas de ciudad. Síguelo en Twitter e Instagram: @JuanPabloLopezG.

 

Esta columna fue originalmente publicada en el blog de Ciudades Emergentes y Sostenibles del Banco Interamericano de Desarrollo BID. 

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