Suscríbete

La secuela de ‘El extraño’

En medio de una literatura decidida a exculpar los pecados de Francia, Kamel Daoud revive a Albert Camus
OTRAS
16/09/2015
00:26
-A +A
Alonso Díaz de la Vega
Alonso Díaz de la Vega, primer crítico cinematográfico mexicano seleccionado por Berlinale Talents, finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Cofundador de...
OTRAS

A la búsqueda del tiempo perdido no sólo es el título de una de las novelas esenciales del modernismo europeo; es también una profecía de la vocación literaria francesa tras la Segunda Guerra Mundial. Los ganadores del Premio Nobel Jean-Marie Le Clézio y Patrick Modiano son  buenos ejemplos de autores franceses que han indagado en los valles más hondos del tiempo, los del pasado, para corregir el curso histórico de su nación y acaso de su continente. Europa es el lugar de la iluminación y el progreso, pero también del trauma y la vergüenza. Tras el colonialismo y las grandes guerras, Europa tiene aún cuentas que saldar con el mundo civilizado: consigo misma. Sus académicos, sus artistas, sus intelectuales, han recogido la responsabilidad de hablar por víctimas que no conquistaron ni sometieron. Le Clézio, que experimentó el colonialismo y sus efectos, ha dedicado su obra a revisar este trauma. En El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, por ejemplo, Le Clézio condena la intervención de España en el proceso histórico mexicano y deduce que el subdesarrollo está enraizado en este episodio. Sus novelas expresan la misma relación entre los súbditos franceses en África y su epicentro colonial. Modiano habita y reconstruye los eventos más sórdidos de la Francia ocupada por los alemanes en un intento por evitar el olvido de la mezquindad y la complicidad con que actuó la aristocracia francesa. Este retorno es evidente también en la obra de Michel Tournier, que inserta la realidad del nazismo en la de la fantasía en El rey de los alisos, o en novelas recientes como HHhH o Nos vemos allá arriba, donde las grandes guerras invitan a sus autores a buscar el presente en ellas. Esta última ganó el prestigiado Premio Goncourt.

 

En este panorama de revisiones apareció el año pasado una nueva reflexión histórico-literaria que estuvo a punto de obtener el Premio Goncourt. Meursault, contre-enquête, de Kamel Daoud, se convirtió en una sensación literaria por su provocadora promesa: el libro se propone ser una secuela de El extraño, de Albert Camus. En este universo paralelo donde Camus no existe, Harun, un viejo argelino, conversa durante varias noches con un académico literario. El investigador, a quien nunca escuchamos, desea información sobre un célebre libro llamado El otro, escrito por el protagonista de El extraño, Meursault. Al final de la novela de Camus, Meursault es condenado a muerte por asesinar a un árabe, y en su celda, bajo una noche viva con signos y estrellas, se entrega a la benigna indiferencia del mundo. El nihilista, inconmovible por todo, se convierte en absurdista, vivo a pesar de la nada. En el crimen de Meursault no existió una voluntad de negar a un colono por su raza; existió la necesidad de negarlo todo, pero enfrentado a su propia muerte el protagonista decide aceptar su acto y su condena, morir, que le había sido impuesta al nacer. Daoud nos presenta un mundo donde Meursault sale de prisión y reemplaza a Camus como autor de sí mismo. El mundo no ama al creador del asesino, sino al asesino en sí. Harun, hermano del árabe muerto, vive resentido por la impunidad con que Meursault mató, pero más aún porque este célebre monstruo le negó a Musa su humanidad cuando decidió referirse a él como “el árabe”. Al principio, Harun parece hablar por su nación entera aún herida por los colonizadores franceses: su voz tiembla con desprecio y admiración hacia Meursault de manera simultánea, pero conforme avanza la trama su propia vida refleja más bien identificación y acaso influencia.

 

Daoud, que ha declarado a Camus un autor argelino antes que francés, pareciera estar escribiendo, irónicamente, un reclamo políticamente correcto. “¿Por qué dejan fuera al otro?”, se pregunta Harun sobre su hermano. Incluso el comienzo del libro presenta una oposición: El extraño abría con Meursault hablando sobre la muerte de su madre, mientras que Meursault, contre-enquête lo hace con una declaración adversa: “Mamá sigue viva hoy”. Pareciera que Daoud busca refutar a Camus, pero no es él quien pretende eso, sino Harun. El viejo cuestiona buena parte de la historia de Meursault y asegura que no existieron muchos de los personajes secundarios. En su novela, Camus y Meursault apenas si describen al árabe como una forma brillante en un overol; en respuesta, Daoud y Harun dibujan a un “dios de pocas palabras. Su barba tupida y sus brazos fuertes lo hacían verse como un gigante”. Las limitadas perspectivas de ambos narradores discuten, se critican, se niegan a través del tiempo hasta que las coincidencias comienzan a emerger y en el reflejo de la novela original aparece la imagen de la nueva. Ambas descubren la vida como un viaje a la muerte. No estamos ante una refutación, sino ante un encuentro con las conclusiones de Camus: somos mortales, somos insignificantes, debemos vivir.

 

En su narración, Harun llega a admitir que a él lo mataron Meursault, su manipuladora madre y su hermano. Al anular el asesino al hermano, la madre anuló a Harun; lo convirtió en un reemplazo vestido con la ropa del difunto. Las similitudes con Meursault comienzan a aparecer:  “Antes me daba cuenta de lo parecidos que éramos, él y yo, aprisionados en la misma celda, enclaustrados en un lugar donde los cuerpos no eran más que disfraces”. Pero cuando Musa muere, Meursault le arrebata a Harun su libertad. El resentimiento, en un giro a las preocupaciones de la literatura francesa, no proviene del abuso colonial ni de la aculturación: es la consecuencia de una injusticia individual. Harun, escéptico de lo divino y desertor de la guerra de independencia argelina, sólo habla por un yo perdido en una playa en 1942 y en las lágrimas de una madre chantajista. Su destino era ser Meursault y en un arranque contra un imán lo consuma. En esta confrontación, Daoud usa las mismas palabras que Camus en la diatriba de Meursault contra un sacerdote. El tiempo se dobla en un violento rechazo y los dos protagonistas se reconcilian y se abandonan en un sólo ser. Daoud culmina su libro como un rebelde: enfrentado a un contexto de expiación por crímenes irreparables, prefiere revivir a un autor canónico, Camus. Daoud propone dejar ir, no olvidar, claro, pero sobre todo no generalizar. Meursault, el pied noir que mató un árabe, no es un opresor colonial: es un conquistador de la realidad. La historia perdona los pecados pero la verdad no perdona la imprecisión.

Comentarios

ENTRADAS ANTERIORES

19 de February de 2019 04:51
12 de February de 2019 03:23
30 de January de 2019 02:27

MÁS EN BLOGS

NOTICIAS DEL DÍA

Publicidad

Segunda Vuelta

You are here