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Eight Days a Week: los días felices de los Beatles

● En su emotivo documental, Ron Howard retrata a una banda de jóvenes descarados, alegres, pero carentes de visión a futuro. Los Beatles como un acto de fe.
25/11/2016
10:00
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Dudo mucho que exista en la historia de la música un grupo sobre el cual se tenga más registro que con The Beatles. Seguramente allá afuera hay fans que, con exactitud enciclopédica, saben qué hicieron los cuatro de Liverpool desde el día en que nacieron hasta su última presentación en vivo en la azotea de Apple Corps en 1969.

¿Qué puede entonces aportar un nuevo documental sobre la banda más famosa e influyente en la historia de la música?

Para empezar, Ron Howard hizo la tarea y salió a la búsqueda de material inédito: aquella cinta en super 8 que alguna abuelita en Londres tuviera guardada en el ropero, aquella grabación que no se escuchara del todo bien pero que luego de un proceso de limpieza digital fuera legible, o esas fotos de las presentaciones de la banda que estuvieran abandonadas en algún ático. La idea era simple: si millones de personas acudieron a sus presentaciones en vivo, alguien debería tener material nunca antes visto, porque entre grito y grito era probable que tomaran la cámara para registrar algo de los ahora históricos conciertos.

Pero más allá del material nunca antes visto, Howard hace la crónica del crecimiento exponencial de una banda cuya historia en activo se reduce apenas a 10 años pero cuyo legado e influencia sigue siendo motivo de estudio.

Si bien el documental parte de la admiración (complejo hablar de los Beatles de otro modo), Howard se las ingenia para subrayar el genio del cuarteto a partir de la desmitificación. Se trata de la crónica de los años felices de una avalancha llamada Beatlemanía. Contrario a lo que los fans pudieran creer, ni John, ni Paul, ni George, ni Ringo tenían la menor idea de lo que les esperaba en el camino.

Lo que inició como una banda con gran hambre de éxito (aquellos años infames en Hamburgo), muy pronto se convirtió en un fenómeno mundial. “¿Les preocupa que esto sea pasajero?” pregunta un reportero, “En absoluto, nadie está pensando en eso, en lo que a mi concierne puede acabar mañana” dice un ufano pero sincero Paul McCartney. “¿Cuál será el legado cultural de Los Beatles?” pregunta otro periodista, “¿De qué hablas?, debes estar bromeando con esa pregunta, esto no es cultura, esto es una broma” contesta Paul mientras fuma un cigarrillo. Es el inicio de la década de los 60 y los chicos no tienen idea de su papel en la historia (no tendrían por qué), ellos solo se divierten y se asombran del dinero que han ganado, mucho más del que podrían haber soñado en su vida.

He ahí el primer mérito de Eight Days a Week (USA, 2016). En su irresistiblemente emotivo documental, Ron Howard logra retratar a una banda de jóvenes descarados, alegres, divertidos, pero carentes de visión a futuro. Lo suyo es tocar y componer, divertirse con el momento. El tiempo nos mostraría (les mostrará) que son unos genios, pero al principio no había noción alguna de ello. Si, todo era una broma pero, como también dice McCartney, los Beatles principalmente fueron un acto de fe.

Y es que, por extraño que parezca, la gente del dinero no les tenía tanta fe. La operación de aquellos días se daba bajo la lógica de que esto pronto tenía que acabar, era imposible que una ola tan grande se mantuviera. Por eso el número de conciertos y países visitados en tan poco tiempo, por eso la primera visita casi relámpago a los Estados Unidos (10 días contra casi un mes de su segunda visita), por eso el hacer una película sobre ellos en poco tiempo y con poco presupuesto: porque esto en unos meses se va a acabar, se tiene que acabar, ¿cierto?....¿cuándo va acabar?, es la pregunta insistente en 1964, una pregunta que hoy día sigue sin respuesta.

“-¿Qué van a hacer cuando esto acabe, -Nos reiremos”, responde John.

La segunda pregunta más insistente: ¿por qué grita la gente?, ¿por qué las chicas vueltas locas?, ¿por qué las multitudes desmayadas? Y es simple: porque cuando tu equipo va ganando, cuando mete un gol, el público naturalmente grita, y los Beatles seguían ganando. Cada canción nueva era un partido ganado, cada riff de guitarra, cada contoneo de sus famosas melenas era el equivalente a un pase a gol. El público eufórico se volcaba con locura. Si en el fútbol pasa, ¿por qué carajos aquí no?

Ese nivel de popularidad habla de una universalidad inherente, Howard  la muestra mediante el testimonio de algunas fans. Whoopi Goldberg habla a cuadro, con auténtica emoción, sobre la primera vez que vio a los chicos en la televisión, en el mítico concierto con Ed Sullivan que mantuvo a medio Estados Unidos frente a un televisor. “Para mi no eran blancos, para mi no tenían color… [los Beatles] eran una fiesta en la que todos estábamos invitados”, dice Goldberg casi con lágrimas en los ojos.

Los Beatles son una broma, claro, pero Howard también se asegura de no hacerlos pasar por frívolos. En su segunda visita a Norteamérica, el grupo se niega a tocar frente a auditorios segregados. Los conciertos de los Beatles fueron de las primeras experiencias de la comunidad negra conviviendo en un evento masivo entre blancos. No había en realidad una agenda política, sino como lo dice Paul “[la segregación] me parecía simplemente una locura”.

A cada paso que da Ron Howard en su documental (me sigue sorprendiendo que el director de bodrios como A Beautiful Mind sea el mismo director de Frost/Nixon, Rush, y de este documental) queda claro que en aquellos años de la banda no había un plan, no había una agenda. La idea de que The Beatles estaban conquistando al mundo a partir de un elaborado y cuasi maquiavélico proyecto era una ilusión alimentada por la fama. El único plan era seguir ganando dinero, el único camino era tratar de divertirse.

El dinero nunca se detuvo, pero la diversión si. Y es que para los cuatro melenudos había algo más importante que pasarla bien: la música. El grupo de rock cuya fama los llevó a la locura (tan usual hoy en día) de dar un concierto en un estadio, estaba harto de que todo importara excepto la música. Se habían convertido en un freak show, un espectáculo donde ni entre ellos se podían escuchar al momento de tocar los instrumentos. No más. Luego del Shea Stadium, el fin de los Beatles tocando en vivo estaba cerca.

Al registrar los años en que The Beatles estuvieron en gira, lo que Howard hace en realidad es presentar el proceso de madurez de la banda. La ola nunca se detuvo, ellos decidieron bajarse de ella. Ese fue el primer paso hacia la inmortalidad.

@elsalonrojo

 

Alejandro
Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.

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