Suscríbete

'El Chapo' en naftalina

FOTO: ARCHIVO EL UNIVERSAL
Nación 10/01/2016 00:46 Álvaro Enrigue Actualizada 12:53
Guardando favorito...

Las posturas generales de la gente frente al problema del trasiego y consumo de drogas se han modificado tanto y tan rápidamente en los últimos meses, y la industria de la violencia ilegal en México se ha diversificado de manera tan salvaje, que la noticia de la tercera captura del Chapo Guzmán —ya enunciarlo tiene un airecito de comedia— sabe anacrónica. Parece como un reporte que nos llegara de un tiempo remoto, tal vez más inocente, en el que los capos representaban algo —figuras míticas que desafiaban a los poderes de los Estados globalizados— y nos parecía que detenerlos podía generar algún tipo de beneficio concreto para los ciudadanos.

No creo que este curioso sabor a roperazo de la noticia de la captura del Chapo venga de lo mucho que tiene de dèjá vu —esta peli ya la vimos—, ni creo que sea producto de la desazón —menos cínica que desesperanzada— que nos ha endurecido y blindado contra el horror desde que el presidente Calderón pateó el avispero en 2006 —ya se van a cumplir diez años de la decisión política más torpe y onerosa del siglo XXI; ya le podemos hacer su homenaje en la sala Manuel M. Ponce. Creo que el olor a naftalina de los hechos de ayer viene más bien de un cambio de paradigma.

Por un lado, parece que la gente, o cuando menos sus representantes no electos en la opinocracia nacional, está cada vez más convencida de que la solución al problema del tráfico de drogas no debe pasar por procedimientos policiacos, sino por mecanismos de prevención, dado que las adicciones son, sobre todo, un problema de salud que afecta a la productividad de quienes los padecen. Por lo que leí en los periódicos en los días en que la Suprema Corte por fin reconoció que sale más barato dejar que la gente se fume un gallo que tronarse todo el presupuesto de Defensa en evitarlo, las únicas personas que no estaban de acuerdo con descriminalizar el consumo eran el Presidente y sus empleados.

Por otro lado, está cada vez más claro que el problema del trasiego de drogas no es necesariamente el que más afecta a los ciudadanos en el panorama de la insurgencia tóxica que ha repuntado en los últimos años. El drama no es que alguien opere un negocio de compra, venta y transporte de cocaína o heroína, sino que una vez que el sistema de los grandes capos fue desarticulado en un afán desesperado por producir buenas noticias, las bandas criminales se atomizaron y ampliaron sus negocios hacia el terreno de la extorsión, el secuestro, el cobro de impuestos por seguridad, etcétera, utilizando la infraestructura de cooptación de gobiernos locales que los grandes capos dejaron abandonada en lo que un amparo caliente —o un túnel genial— les permitía salir de la cárcel. También a ellos les comieron el mandado los sátrapas locales que han jodido sin misericordia ni inteligencia empresarial sitios como Michoacán, Jalisco, Guerrero o Tamaulipas —por hacer la lista manejable.

La captura del Chapo es más importante ya como parte de una narrativa nacional que como un evento político con repercusiones públicas sensibles. Su audacia —irremediablemente encantadora— y el ingenio con que desafía a los gobiernos de México y Estados Unidos, que a todos nos caen tan sopa, lo coloca en un espacio distinto. No es un empresario ni un Robin Hood, como él dice, pero es el último de algo.

El Chapo es un criminal atroz que debe estar en la cárcel. Pero eso no quita que su historia se haya ganado ya un rango permanente en las ficciones que nos contamos como nación sobre lo que somos. El gobierno hizo su trabajo deteniéndolo y me parece que hacer el anuncio oficial en una red social era lo correcto: agarrar a alguien que se les escapó no es para hacerse fiestas. El posterior discurso del Presidente fue cuando menos bochornoso, aunque se entiende la urgencia de celebrar a los marinos que estuvieron en la línea e hicieron la hombrada de agarrar al mito.

Un amigo mío de la preparatoria tenía pegado en su pared un telegrama enmarcado que Pancho Villa le había mandado a su abuelo. Era un objeto histórico prodigioso. Un punto en que se resolvían la Historia y la ficción. Estoy hablando de un periodo mejor: en la prepa había una clase dedicada sólo a leer historia y literatura de la Revolución Mexicana y era en ese contexto en el que babeábamos sobre ese telegrama. ¿Existe la nostalgia del futuro? Me encantaría ver el momento en que uno de esos bravos que se la jugaron en Los Mochis le cuente a los amigos de su nieto que él agarró al Chapo.

Y es que en el contexto de sistemas de operación empresarial ilegal como los del Cártel Nueva Generación, Los Rojos o La Banda del Carrete, Joaquín Guzmán sí tiene algo de pieza de museo. En el fondo, capturarlo es relevante no tanto como hecho político como para ponerle candado a una gran historia, una historia que importa para que exista una narración mítica que nos dé sustrato y nos podamos contar de principio a fin, una historia que nos digamos para reírnos, para explicarnos, para admirarnos y abochornarnos, para estar seguros de que seguimos siendo lo que éramos a pesar del NAFTA. Anoche en una cena alguien decía que todavía quedaría un final mejor para la épica del Chapo y sus perseguidores: que lo extraditaran, se le escapara a los gringos y los marinos mexicanos lo volvieran a agarrar.

Escritor

Guardando favorito...

Comentarios

 
Recomendamos