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Europa y Turquía, una ruptura que pega a refugiados

Un eventual fin del pacto entre Bruselas y Ankara, que detiene el flujo de migrantes hacia el viejo continente, puede reactivar el paso de los 2.5 millones de sirios que sufren para adaptarse en un país que les ofrece pocas oportunidades

La suerte de miles de refugiados sirios que se encuentran en Turquía depende de las negociaciones políticas entre Europa y Turquía. En la imagen, niños de un campo de refugiados el pasado 23 de abril (UMIT BEKTAS. REUTERS)
Mundo 18/08/2016 01:56 Jerónimo Andreu Corresponsal Actualizada 09:46
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Madrid

No queremos que los refugiados suban a esos botes, explica Nada Hashem, directora de operaciones de la Karam Foundation. Su ONG trabaja en poblaciones de la frontera turco-siria y en los suburbios de Estambul. Ofrece mejoras en las condiciones de vida de los refugiados para que no necesiten jugarse la vida en la peligrosa travesía por el Mediterráneo hacia Europa.

Desde el verano de 2015, el flujo migratorio se ha rebajado de los mil 700 refugiados diarios que llegaban a las islas griegas a menos de 90. No es sólo por la ayuda de las ONG, sino más bien por el compromiso del gobierno turco, que ha endurecido las salidas del país para los refugiados y que, gracias a los 3 mil millones de euros comprometidos por Bruselas en marzo, está invirtiendo más en la ayuda a los 2.5 millones de sirios residentes en su territorio.

Sin embargo, la situación amenaza con cambiar. Mevlut Cavusoglu, ministro turco de Asuntos Exteriores, anunció el lunes al diario alemán Bild que Turquía puede romper el compromiso de contener el flujo de inmigrantes que ha firmado con Europa.

Para Ankara, los dos puntos más ventajosos del acuerdo son la eliminación de visados para los turcos que quieran viajar a Europa, y la reactivación de las negociaciones de adhesión a la Unión Europea (UE). Pero para concederle la exención de visados, Bruselas exige a Ankara que rebaje su ley antiterrorista, que ampara la detención de jueces, periodistas o profesores críticos. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, se niega. Y el fallido golpe de Estado del 15 de julio ha aumentado las tensiones.

Erdogan recrimina a Europa su tibieza en la condena de la asonada. Bruselas, por su parte, acusa a Erdogan de aprovechar el golpe para hacer una purga de sus opositores.

La posibilidad de que Turquía reinstaure la pena de muerte para ejecutar a los golpistas ha enfurecido a la UE, que asegura que eso cerraría la posibilidad de una adhesión.

El ministro Cavusoglu sugirió al Bild que, si sus 80 millones de ciudadanos no obtienen la exención de visas en octubre, Turquía puede dejar de taponar la salida de los refugiados. “No quiero hablar sobre el peor de los casos, continuamos las conversaciones con la UE, pero está claro que o aplicamos todos los acuerdos al mismo tiempo o suspendemos todos”, dijo el funcionario.

El drama humano. Mientras sigue el rifirrafe político, organizaciones humanitarias como la sirio-estadounidense Karam Foundation intensifican sus programas de ayuda. “Muchos sirios llevan tiempo en Turquía con poco dinero y piensan que yendo a Europa ahorrarán y serán más felices, pero es muy peligroso”, cuenta Nada Hashem.

Su ONG se centra en la educación de los niños. “La mayoría tienen traumas por la guerra. También carencias médicas. Los llevamos al dentista y al oculista, y cuando hablamos con ellos descubrimos que tienen hermanos que deberían estar en el colegio, pero andan trabajando”, explica.

Un informe de Human Rights Watch contabilizó en Turquía 400 mil menores sirios no escolarizados. “Muchos padres no logran empleo porque no hablan el idioma, o porque tienen heridas de guerra. Los niños les ayudan a recoger chatarra, a limpiar casas o en granjas”, cuenta Hashem.

Explica que Karam financia con 50 dólares semanales a las familias si llevan sus hijos al colegio.

El gobierno turco considera “invitados” a los sirios, pero apenas hay políticas de integración.

Uno de los problemas es que “las escuelas para niños refugiados no son muy buenas. Las mantiene UNICEF, pero los niños no aprenden el idioma y no se integran”, señala Hashem.

La guerra en Siria se eterniza y, con ello, la presión sobre los refugiados.

“A pesar del horror que dejaron atrás, algunos refugiados se arrepienten de haberse ido porque pasan muchas penalidades, no encuentran trabajo, ni tienen interés en Europa o en Turquía. Por el contrario, otros entienden que la integración es vital y se esfuerzan por lograrla”.

Europa tiembla por la posibilidad de que las autoridades turcas permitan que miles de hombres, mujeres y niños vuelvan a lanzarse al mar, pero el núcleo duro de la UE asegura que no se dejarán chantajear.

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