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Un crimen de lesa humanidad

Maduro advirtió ayer que acusará de traición al presidente de la Asamblea Nacional por “pedir la intervención de Venezuela” (FAUSTO TORREALBA. XINHUA)
Mundo 01/06/2016 01:51 Armando Durán Actualizada 06:54

Por Armando Durán

En febrero de 1999, Hugo Chávez puso en marcha desde Miraflores su particular proyecto político. Ni de izquierda ni de derecha, como señala esta semana el escritor y periodista colombiano Ricardo Silva Romero en su habitual columna para El País de España, sino de simple “despotismo mediocre”.

Tras estos 17 años de existencia, los resultados del lamentable ensayo son evidentes: tierra y alma venezolanas arrasadas por la ciega adoración de un grupo de aventureros al poder total, y pura miseria física y espiritual de un pueblo.

Las preguntas que surgen de este crimen de lesa humanidad son ineludibles. ¿Cómo fue que Venezuela, aquel país que hasta hace muy poco era el objeto del deseo, la admiración y la envidia de millones de latinoamericanos acosados por feroces dictaduras militares y un subdesarrollo implacable, se transformó de la noche a la mañana en una tierra yerma, donde sus desesperados habitantes viven al siniestro ritmo que le marcan la escasez de alimentos y medicinas, la hiperinflación galopante y un hampa que impone su ley con humillante impunidad?

Y, entretanto, ¿qué ha hecho la dirigencia de la oposición para impedir que Venezuela se precipite definitivamente a este abismo de la corrupción sin límite y de la incapacidad absoluta para gobernar con un mínimo de eficiencia?

No se trata de hacer un académico recuento de las causas que han arrastrado a Venezuela a su fracaso presente como nación. De lo que se trata es de determinar si el objetivo real de la lucha es salir de la pesadilla de esta supuesta “revolución bolivariana” o, simplemente, seguir respaldando las ambiciones profesionales de quienes han decidido hacer del ejercicio de la política un oficio y nada más.

Desde esta perspectiva, sin la menor duda crítica pero desde todo punto de vista urgente porque la magnitud de la catástrofe que devasta a Venezuela no permite aderezos ni complacientes miradas hacia otro lado, debemos tomar el toro por los cuernos antes de que sea demasiado tarde.

Y sostener, con categórica claridad que desde los tiempos de aquella Coordinadora Democrática que en el año 2002, la dirigencia opositora, en sus muy diversas versiones “oficiales” que ha configurado desde entonces, se ha opuesto al régimen con una insoportable levedad. Como si la confrontación gobierno-oposición, más dura a medida que la crisis acorrala al régimen y lo deja sin espacios, se desarrollara en el marco de una normalidad democrática, heterodoxa, de acuerdo, pero al fin y al cabo democrática. ¿Será ese el destino final que a pesar de todos los pesares nos aguarda a la vuelta de la esquina?

Analista político en El Nacional

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