El fajador de Rusia

Mundo 24/12/2015 03:50 Inder Bugarin / Corresponsal Bruselas. Actualizada 12:16

Luego de 15 años de mover los hilos del Kremlin, el “soldado de San Petersburgo” no sólo le ha devuelto respeto a su país más allá de su impresionante arsenal atómico, sino que se ha convertido en un protagonista de la geopolítica mundial

Cuando heredó de Boris Yeltsin las riendas de Rusia, el antiguo espía de la KGB, Vladimir Putin, prometió sacar a su pueblo del abismo y devolverle la dignidad perdida por el colapso de la Unión Soviética, sin que hubiera marcha atrás. Luego de 15 años de mover los hilos del régimen ruso, el “soldado de San Petersburgo” no sólo le ha devuelto respeto a Rusia. Más allá de su impresionante arsenal atómico, ha logrado que el inquilino del Kremlin sea visto como un protagonista de la geopolítica mundial, con su apoyo a los separatistas ucranianos y sus bombardeos en Siria.

“Putin ha demostrado ser un líder decidido a desempeñar un papel activo en la política global. De manera que si hay un político internacional del año ese sería Putin”, dice André Gerrits, profesor de historia de Rusia de la Universidad de Leiden, a EL UNIVERSAL.

“Con su intervención en Crimea (Ucrania), demostró que si los intereses nacionales de Rusia están en juego no dudará en recurrir a la violencia. Para Europa y Estados Unidos es muy difícil responder de la misma manera, por lo que han aceptado las situaciones generadas por Putin”.

El mandatario ruso nació el 7 de octubre de 1952 en San Petersburgo, entonces Leningrado, en donde pasó su infancia en el seno de una familia obrera, aprendió leyes y catapultó una meteórica carrera política que lo llevó a la cúspide. Aficionado a la lucha y el judo, fue reclutado por el Comité Para la Seguridad del Estado (KGB), cuando cursaba el último año de sus estudios de Derecho en la Universidad estatal de Leningrado, para iniciar una carrera de 16 años marcada por múltiples versiones hasta ahora no confirmadas.

Algunas difundidas en Moscú dicen que coordinaba la red de agentes soviéticos en la República Democrática Alemana (RDA); otras, como la divulgada por el ex jefe de la policía política de Alemania oriental, Markus Wolf, afirman que era uno de tantos agentes. Lo cierto es que siempre se ha mostrado orgulloso de haber servido a la agencia de inteligencia rusa, la cual le permitió contemplar desde el extranjero el proceso de descomposición de los regímenes comunistas y forjarse la imagen de duro y disciplinado.

“Su paso por la KGB impactó en la forma como Putin ve el mundo, pero fundamentalmente forjó su convicción absoluta de que si no eres fuerte, otras potencias no te tomarán en serio y sólo te usarán, como le ocurrió a la propia Rusia en los 90”, sostiene André Gerrits.

A su regreso de Alemania canjeó su profesión de agente secreto por la de funcionario. A los 39 años fue nombrado jefe del Comité de Relaciones Exteriores de San Petersburgo y seis años más tarde viajaría a Moscú para jugar en las grandes ligas y atrapar la atención de Yeltsin.

Casado con Lyudmila (hasta 2013), licenciada en filología hispánica, y acompañado de sus hijas Yekaterina y María, aterrizaría en la capital rusa como número dos de la administración de bienes de la presidencia, luego ascendería a director del Servicio Federal de Seguridad (FSG, antes KGB) y secretario del Consejo de Seguridad Nacional.

Para agosto de 1999, luego de la caída de cuatro primeros ministros en 17 meses, Yeltsin sorprendería a la clase política nombrando a un desconocido como su sucesor a la presidencia. “Somos militares y cumpliremos nuestras órdenes”, dijo Putin al ser nombrado por Yeltsin como premier y luego como candidato a la presidencia, que ganó en 2000 con mayoría absoluta.

Con mano dura, Putin puso en cintura a los oligarcas que se enriquecieron a la sombra del poder en el decenio de Yeltsin y neutralizó a las más combativas organizaciones no gubernamentales con leyes prohibitivas. En 2012 retomó el mando del país tras “prestárselo” por cuatro años a su antiguo jefe de campaña Dmitri Medvedev.

En este su tercer mandato, su misión es la de garantizar la supervivencia del régimen y generar las condiciones para perpetuarse en el poder, dice en entrevista Ekaterina Sokirianskaia, directora del proyecto para Europa y Asia del International Crisis Group.

El objetivo de sobrevivir

“El objetivo último de Putin es hacer que su régimen sobreviva y seguir gobernando hasta el final de sus días o decida transferir el poder a alguien de confianza”, dice la experta del centro especializado en gestión de conflictos y con sede en Bruselas.

Pero al ser incapaz de brindar el mismo nivel de bienestar económico de sus dos primeros mandatos ante el colapso de los precios de los hidrocarburos, Putin ha tenido que invocar a los viejos fantasmas del nacionalismo.

“Putin ha recurrido a viejos mecanismos familiares para su consolidación. Está ofreciendo a los rusos el gran poder del nacionalismo, el cual se encuentra profundamente arraigado en una nación que no ha podido superar sus complejos y paradigmas soviéticos (...) La propaganda soviética siempre apeló al orgullo del gran poder, el cual se basa en la fuerza internacional [percibida como poder militar y capacidad para hacer cumplir su voluntad sobre los demás] y en sacrificios del ciudadano común por el bien de la nación”.

Los analistas coinciden en que los desafíos de Vladimir Putin son numerosos para este 2016 como consecuencia de las políticas adoptadas en este año que agoniza.

En casa enfrentará una crisis exacerbada debido a los bajos precios del petróleo, el desplome del rublo y las sanciones económicas que Estados Unidos y la Unión Europea advirtieron que mantendrán vigentes por la anexión unilateral de la provincia de Crimea y por el apoyo de Moscú a las fuerzas separatistas prorrusas en el este de Ucrania.

Alertan sobre el deterioro de la calidad de los servicios sociales, especialmente el de salud, y una erosión del ejercicio de la administración pública como consecuencia de la caída de los ingresos del Estado.

También se verá confrontado con la amenaza del terrorismo por su intervención aérea en Siria; diplomáticos, turistas y hombres de negocios rusos en el extranjero son señalados como blancos potenciales.

Este año ya sufrió la tragedia del Airbus 321 ruso, cuyo derribo costó la vida a 224 personas sobre la península del Sinaí, que se atribuyó el Estado Islámico. Rusia reconoció que se trató de un acto terrorista, luego de más de dos semanas después del suceso ocurrido el 31 de octubre.

En la arena internacional, anticipan mayor tensión, especialmente con la OTAN, Estados Unidos y Turquía, país este último blanco de sanciones económicas por parte de Rusia en respuesta al derribo de un bombardero ruso SU-24 ruso en la frontera con Siria.

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