La internacionalización del conflicto venezolano sigue en marcha. La semana pasada analizamos en este espacio la escalada del involucramiento ruso en Caracas para respaldar a Maduro. Esta vez revisamos un tema adicional. Hace unos días se anunció que, en una serie de visitas por Medio Oriente, el canciller venezolano Jorge Arreaza, se reuniría con un funcionario de Hezbollah—la milicia libanesa islámica financiada, armada y entrenada por Irán, cuya ala política apenas ganó en su país la mayoría parlamentaria—en su camino hacia Siria. Se trata de encuentros mediante los que el gobierno de Maduro está buscando afianzar sus respaldos entre viejos aliados del chavismo, quienes por supuesto, se enfrentan a Washington en distintas esferas. Muy al inicio de la guerra siria en 2012, por ejemplo, se manifestaba rápidamente el apoyo de Chávez a Assad no solo a nivel diplomático, sino mediante el envío de diesel desde Caracas hasta Damasco, oxígeno vital para el presidente sirio en esos tiempos. De igual forma, la presencia en Venezuela de Hezbollah está documentada desde hace años. Para entender estas conexiones, es indispensable revisar un poco acerca de cómo se han acomodado las fichas en aquella región del mundo, y cómo es que ello se entreteje con la actual situación en Venezuela.

Primero, recordar que el mayor socio regional del presidente sirio, Assad, es Irán, país que, además de Rusia, le respaldó desde el inicio de la guerra civil mediante financiamiento, armamento, oficiales de élite y, sobre todo, a través de sus milicias chiítas aliadas. La más importante de estas milicias es Hezbollah sin cuya participación en aquel conflicto armado, sería imposible comprender la virtual victoria de Assad. Ahora bien, a pesar de que Rusia e Irán no son compañeros incondicionales, es un hecho que esos dos países han encontrado en Siria una serie de intereses afines, lo que ha propiciado su colaboración. El bando contrario a Assad estaba siendo apoyado nada menos que por un rival común: Estados Unidos, además de sus aliados sunitas como las monarquías del Golfo y Turquía, y posteriormente Israel. De este modo, podríamos decir que en la guerra siria se conformó un eje chiíta compuesto por Irán, Siria y Hezbollah, respaldado militar y diplomáticamente por el Kremlin, en oposición directa a un eje sunita liderado por Arabia Saudita y otros países aliados, además de Turquía e Israel, apoyados todos por Washington.

No obstante, a medida que el conflicto sirio fue avanzando y la ayuda de Rusia e Irán hacia Assad se fue incrementando, fue quedando claro para EEUU y sus aliados que seguir apoyando a la rebelión se iba a convertir en una causa perdida. En parte por ello, y en parte por sus propios problemas con Washington, Turquía prefirió negociar separadamente con Rusia e Irán. De igual modo, el soporte internacional hacia la rebelión fue paulatinamente disminuyendo. Washington prefirió concentrar su lucha en contra de un enemigo percibido como prioritario, ISIS, y optó por no oponerse a la recuperación y eventual victoria de Assad. Estas circunstancias y otras que no detallo en este momento, resultaron en que: (a) el presidente sirio ha conseguido reafianzar su dominio del país; (b) Rusia fue la superpotencia que se alza con los mayores triunfos: mantiene ahí a su aliado en su silla, conserva su posición geoestratégica a través de su base naval y ahora, una base aérea, y se convierte en el poder con el cuál hay que negociar en esa zona; (c) naturalmente, Irán y Hezbollah consiguen posiciones que antes del 2011 no tenían y con ello, un espacio para incrementar su presencia militar a fin de enfrentar a su mayor rival regional, Israel.

Lo interesante es que el tema venezolano se entreteje con todo ello antes del 2011, después de esa fecha y hasta la actualidad. Considere usted lo siguiente: en una entrevista reciente con el New York Times , el exjefe de inteligencia de Venezuela, Hugo Carvajal, relata cómo Tareck El Aissami, entonces ministro del interior de Venezuela, había buscado acercamientos con Hezbollah e Irán desde la década pasada. Ya desde entonces, las visitas venezolanas a la región que incluían Damasco y Teherán, buscaban también establecer contactos con la milicia libanesa. De igual modo, desde entonces se documentó la presencia de Hezbollah en Venezuela buscando financiamiento para sus actividades a través de tejer redes y contactos en distintas partes de América Latina. Por ejemplo, hubo varios reportes acerca de que Hezbollah y organizaciones criminales latinoamericanas utilizaban las mismas redes de lavado de dinero. Carvajal indica que El Aissami llegó a proponer un plan para que militantes de Hezbollah vinieran a Venezuela para trabajar en colaboración con combatientes de las FARC. Pero al margen de esa actividad, lo importante es comprender la alianza que se establecía entre el chavismo y el eje chiíta. Es natural, entonces que cuando en 2011 estalla la guerra siria y Assad tiene que enfrentar a sus opositores internos y externos, el respaldo del chavismo no se hiciera esperar.

Ocho años después, la rueda de la fortuna ha dado sus giros. Esta vez, es Maduro quien enfrenta una oposición interna que le ha desconocido y una ofensiva diplomática internacional, sin mencionar las amenazas de una posible intervención militar por parte de Washington. Por tanto, no es de extrañarse que el eje chiíta se posicione a lado del chavismo, y no solo por devolver un favor a Caracas, sino por sus propios intereses.

Estamos en tiempos en los que, tras abandonar el acuerdo nuclear con Irán, la administración Trump redobla sus esfuerzos para asfixiar a Teherán. Ha pasado casi ya un año desde que la Casa Blanca anunciara su salida del pacto; las primeras sanciones han tenido importantes efectos sobre la economía iraní, pero no han conseguido que Teherán se siente a renegociar el convenio o que las otras potencias firmantes (Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China) abandonen el acuerdo. Además de ello, Washington sigue considerando a Irán como la mayor amenaza para sus intereses en Medio Oriente, lo que le orilla a escalar sus medidas para seguir arrinconando tanto a Teherán como a sus aliados.

Por consiguiente, dada la inclinación manifestada por Washington en un cambio de régimen en Caracas, y el nivel de activismo mediante el que Trump está dispuesto a elevar sus apuestas para conseguirlo, Venezuela se transforma en un espacio ideal para quienes desean confrontar a la Casa Blanca. Sobre todo, por la buena salud de que goza la sociedad entre Irán, Hezbollah y Siria con el chavismo y con Rusia, a su vez muy interesada en vulnerar a Washington en su propia zona de seguridad: el hemisferio occidental.

La pregunta es, entonces, ¿hasta dónde tiene capacidad ese eje chiíta de convertirse en un factor importante en el sostenimiento de Maduro en su poder? Es evidente que, si consideramos la muy precaria situación financiera de Irán, o la propia conflictiva en la que se encuentran envueltos el presidente sirio o Hezbollah, la capacidad de esos actores para ayudar a Caracas es limitada. Sin embargo, cuando se entiende que de lo que se trata es de conformar un frente unido en contra de Washington, el cual incluye a Rusia y quizás en menor medida a China, sumar cualquier apoyo siempre importa.

Internacionalista.Twitter: @maurimm

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