JuchiRap. De los callejones al escenario

Estados 11/11/2016 04:20 Roselia Chaca / Corresponsal Actualizada 09:57
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Hace cuatro años, tres jóvenes hallaron en este género un camino para encauzar sus debilidades y preservar su lengua

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Juchitán

Antonio, Carlos y Cosijopi no rebasan los 21 años. Son tres juchitecos con personalidades contrastantes; tímido el primero, impulsivo otro, entusiasta el tercero. Las aspiraciones también son distintas. No tienen casi nada en común, salvo dos cosas: el rap y el zapoteco.

Los integrantes del grupo de rap bilingüe JuchiRap se conformaron hace cuatro años, dos de ellos, Antonio Sánchez Ruiz de 21 años y Cosijopi Ruiz López de 20 años, son primos y crecieron en la parte más baja de la Séptima Sección de Juchitán, la zona más violenta de la ciudad, esa que le pertenece a la gente más ruda del campo y el mar, pero el espacio geográfico donde se conserva en 90% la lengua de las nubes, la de los binnizá, el zapoteco.

Antonio vivió rodeado de violencia, con un padre alcohólico y ausente. Su madre, vendedora de quesos, también ausente por la necesidad de recorrer el pueblo durante el día para lograr el sustento del hogar, así que creció con la abuela , sumido en la timidez hasta que descubrió la música, específicamente el rap.

La violencia que lo rodeaba, la de sus vecinos, la de sus amigos y familiares, mantuvo a Antonio encerrado en casa durante varios años, apenas salía a regañadientes para ir a la primaria. El grave problema de miedo y timidez obligó a su madre, en la secundaria, a ahorrar para llevarlo a una sola consulta con una siquiatra, pero antes le advirtió que tenía que aprovecharlo, era eso o perder la cordura.

“Mi mamá juntó todo ese dinero para la consulta, porque era muy grave mi problema de comunicación con el mundo, con los demás. Me daba miedo todo lo que veía. Así, después del regaño de mi mamá fui a la consulta. La siquiatra me dio  al final un consejo: anotar en una libreta todo lo que sentía y veía, lo que no podía expresar. Al salir de ahí, mi mamá, con lo poco que traía en la cartera me compró la libreta; desde ese día, tenía 12 años, comencé a escribir, a partir de allí mi vida cambió”, recuerda  este joven que ahora no  para de  hablar ante una grabadora.

Además de la escritura, su tío, al conocer su problema le acercó música,   de artistas como Michel Jackson o raperos como Vico C; fue precisamente éste el que más le llamó la atención. En plena adolescencia sus rústicos pensamientos en las libretas  se transformaron en versos, combinó música y letras, comenzó a rapear en los callejones que rodeaban su casa, el público: otros niños como él. Se convirtió en el rapero de la cuadra, el ídolo de sus amigos. 

Con el tiempo,  el rap logró que reforzara el lazo familiar con Cosijopi, quien  tenía acceso a una computadora, así que organizados a los 16 años grabaron sus primeras composiciones en español, aún estaba lejos el rap bilingüe en Juchitán, éste comenzó a tener auge hace tan sólo  cinco años.

Es hasta el año 2012 cuando en una primera concentración de raperos en el centro de Juchitán conocieron a Carlos, un adolecente con muchos problemas temperamentales y familiares,  su padre lo corrió  de su casa  y abandonó la escuela, así que una noche solo, en la  calle pidió asilo a  Cosijopi, quien le dio un rincón en su casa y la amistad nació.

De esa reunión de más de 60 raperos se creó  la primera gran agrupación Binni Gueete (Gente del Sur), de donde surgieron otras bandas que luego comenzaron a experimentar con el zapoteco en sus rimas; Resistencia 61, THC, Badubazendú , entre otros.  Un año después de esto se conformaron como JuchiRap.

A cuatro años de conformados, recuerdan con cariño los primeros intentos de rapear en escuelas, aunque  siempre eran rechazados, los rechazos llegaron desde casa, con   sus padres, no comprendían la propuesta musical.

“Mi padre no lo consideró algo serio, siempre se burló . Era muy difícil conseguir dónde cantar, rogábamos en las escuelas, éramos casi, casi apestados. Se tenía un mal concepto del rap y todos nos relacionaban con lo que estaba fuera de la ley. Con el tiempo demostramos que no, que somos una alternativa para acercar a los niños al zapoteco.  Ahora nos piden ir a cantar en escuelas. Lo hacemos con todo el gusto del mundo, por los niños, que son nuestros más grandes fans”, comenta Carlos satisfecho.

 

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Rap en el Istmo

El rap no tardó mucho tiempo en llegar al Istmo después de que naciera en los años 70 en Estados Unidos. En Juchitán estuvo en la clandestinidad muchos años, porque se relacionaba con las bandas y la delincuencia, por lo que fueron constantes las redadas que la policía municipal realizó en estas reuniones donde se practicaban los cuatro elementos.

“A mí me tocó una redada en Cheguigo, estábamos en un patio rapeando, pintando y bailando, cuando llegó la policía, los vecinos habían denunciado que nos estábamos drogando y no era cierto. Así en muchas ocasiones se persiguió el movimiento, por eso se mantenía en la clandestinidad”, recordó el promotor de rap bilingüe en Juchitán, Dalthon Pineda.

Para Dalthon, el rap salió del escondite gracias al rap bilingüe, cuando la sociedad vio que los chavos no eran delincuentes y a través del zapoteco narraban la vida cotidiana de manera ordenada y hasta poética, pero sobre todo acercaba la lengua a los niños y jóvenes, ayudando al rescate y preservación.

Y fue eso precisamente lo que llevó a JuchiRap a abrírseles las puertas en las escuelas, la propuesta bilingüe, una forma de revitalizar la lengua, de valorarla, de reforzarla y promoverla entre los  niños  y adolecentes.

 

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Los temas  que tocan son lejanos a la violencia, siempre se enfocan a reforzar la  identidad como zapotecas e indígenas, el respeto al medio ambiente, el valor, el orgullo como pueblo, el respeto entre ciudadanos y, sobre todo, el respeto a las mujeres.

Aunque poseen muchos temas, han perdido la cuenta del número de composiciones que han creado de manera conjunta, aunque los tres aporta su granito para una canción; Antonio va recuperando los versos de sus libretas, Cosijopi y Carlos improvisando.

A cuatro años de haberse conformado, de pisar muchos escenarios  como el Museo del  Chopo, de participar en festivales nacionales sobre nuevas propuestas musicales en el mundo indígena, de aparecer en carteles, estos tres jóvenes zapotecas se sienten sorprendidos cómo en tan poco tiempo pasaron de los callejones a los escenarios.

Antonio, Carlos y Cosijopi prefieren las típicas expresiones de los niños de su barrio: “¡Alaaaa, son los Juchirap! ¡Burru galan canción!” —quienes los siguen y tararean sus canciones— que los aplausos.

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