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Si hay fiesta, no parece un penal

Pese a la vigilancia y control que existe en el centro de reclusión de Pachuca, internas aseguran que pagan su condena de forma digna y algunas dicen que viven hasta mejor

En la celebración de San Judas Tadeo, el padre Jorge acudió al penal a oficiar una misa, ahí recordó a las reclusas que “la fe es lo que más importa al estar en un lugar así” (DINORATH MOTA LÓPEZ)
Estados 10/01/2016 00:29 Dinorath Mota / Corresponsal Pachuca Actualizada 06:54
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Es el día del patrón y es fiesta: las 128 mujeres encerradas se olvidan de su historia y celebran a San Judas Tadeo. La parte negra de sus vidas; el asesinato, secuestro y robo se queda guardada. Maquilladas, cabello planchado y el ambiente festivo con música dan la apariencia de estar departiendo entre amigos, en cualquier colonia y no en un centro de reclusión.

La entrada al penal de Pachuca, donde se encuentran mil 500 reos hombres y 128 mujeres, es lúgubre; la pintura descascarada, el piso sucio y la basura dan la bienvenida a los visitantes.

Tras pasar el primer filtro, siguen tres puertas y luego un pasillo que da acceso a los locutorios. Una cerca de alambre de púas divide una parte del patio donde están los hombres, más adelante un portón verde y una torre de vigilancia guardan la vida y la historia de 128 mujeres; algunas señalan que el amor las llevó hasta ahí, otras dicen que la ignorancia y muy pocas aceptan su culpabilidad.

Tras la puerta verde, aparece un pequeño patio, lo primero que resalta es un jardín con rosales, el rojo y el amarillo de las flores dan un aire de tranquilidad al lugar, una oración en la pared llama la atención: “Señor, haz de mí instrumento de tu paz, que donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa ponga yo perdón”.

“La fe es lo que más importa al estar en un lugar así”, dice el padre Jorge, quien acudió a oficiar una misa.

En la puerta de la pequeña capilla católica “Santa Teresa, Beata de Calcuta”, donde hay una enorme cruz, algunas veladoras y la imagen de San Judas, una joven de 30 años, bajita y cabello negro, empieza a contar del asesinato de su pequeña hija de dos años de edad: “Soy inocente, yo no la maté”.

—¿Qué falló?

—Todo. Su relato se interrumpe cuando una docena de reos con guitarra en mano empieza a cantar Las mañanitas. A la mujer le cambia la expresión del rostro y dice que hoy no es día de traer a la mente la tristeza.

Son mujeres, son asesinas, según la sentencia, pero la mayoría dicen que son inocentes.

María —como pide que se le llame— tiene 38 años y es originaria del Distrito Federal, asegura que llegó aquí por amor.

“Conocí a mi pareja cuando iba al CCH, ahí nos hicimos novios y luego nos juntamos, de esa relación nació una hija que hoy tiene 18 años. La vida de tranquilidad que había soñado, la casa, la familia grande y el coche que quería no se hicieron realidad.

María tiene una condena de 30 años de prisión por secuestro y asesinato. “Yo no secuestré a nadie ni maté a nadie, de lo que soy culpable es de no haber denunciado a mi pareja y lo hice por amor”.

Narra que no sabía de las actividades de su pareja, que escuchó rumores pero no hizo caso hasta que empezó a notar cosas extrañas.

Añade que un día se percató de que al interior de su domicilio había un joven secuestrado y no lo denunció. Fue la mañana en que agentes llegaron a detenerlos como se enteró que el joven secuestrado había sido asesinado. La historia es otra según su expediente; María era la encargada de dar de comer a los secuestrados.

Ahora al estar en el penal las prioridades de su vida han cambiado. Cuando fue encarcelada su hija tenía seis años, hoy tiene ya 18. Antes anhelaba una gran casa y un coche, ahora sólo quiere ser feliz y ser libre.

El subdirector jurídico, Marcos Hernández, comenta que hay 128 mujeres presas, pero esta cifra tiene una fluctuación por entradas y salidas de las internas. De éstas, 21 son procesadas por delitos del fuero común y 85 del federal. Ocho ya fueron sentenciadas. Los delitos más comunes son: asalto con 21 casos; homicidios (39), secuestros (18) y otros (28). Por lugar de procedencia se tiene a 27 internas de Pachuca, 12 del DF, nueve del Estado de México, 20 de otros lugares no especificados y 14 de Veracruz.

El 28 de octubre, en la celebración de San Judas Tadeo, el patrón de las causas difíciles, la cárcel se convierte en una reunión entre amigas.

Alrededor de las 14:00 horas las mesas están repletas; barbacoa, consomé, refrescos, café y pastel, listos para ser servidos. En la mesa el padre Jorge, algunas religiosas y el director jurídico Marcos Hernández conviven con las presas y el grupo de música, que tras la misa también se queda al convivio.

Al ritmo de la canción “Amigo”, de Roberto Carlos, las reclusas olvidan sus propias historias y tragedias.

El Centro de Readaptación Social de Pachuca se divide en dos áreas: la de hombres y la de mujeres, esta última es un terreno de cuatro hectáreas, con cuatro torres de vigilancia, área de dormitorios, lavaderos, baños, cocina, cuarto de televisión, jardín con juegos infantiles para los hijos de las reclusas que pueden estar con ellas hasta los tres años de edad, cuando empiezan su instrucción escolar; además hay algunas mesas de jardín y un asador.

La convivencia entre los hombres y las mujeres es constante y eso las mantiene motivadas. Del lado de los varones se ubican tres talleres de ropa que dan empleo a las internas, además de algunas fondas, tiendas y restaurantes que son atendidos por las reclusas.

En la prisión muchas mujeres han encontrado su vida, se han casado y han tenido hijos.

“La cárcel no es como lo cuentan afuera, es mucho mejor”, dice Nayeli. “Yo me imaginaba que había rejas como sale en la televisión y que en verdad era terrible, pero al menos aquí no es así. Los directivos siempre han tratado de que estemos pagando nuestra condena de manera digna, incluso hay posibilidad de estudiar hasta una carrera universitaria”.

Del otro lado, donde se encuentran los presos, también está el negocio. Las mujeres acuden no sólo a trabajar en los talleres, también a realizar su venta, hay quienes venden pasteles, galletas, alitas, comida y cuando hay alguna celebración también pueden acudir a los bailes y “sonidos”, que se realizan en esa área.

La puerta verde se cierra, adentro se quedan ellas, tal vez en 20 o 30 años vuelvan a pisar la calle, a las paredes que un día llamaron hogar y que ahora sólo guardan sus historias de vida y también de muerte.

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