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Grande para la época, pero con solo 400 metros cuadrados habitables, el galeón San José navegaba con un promedio de 600 personas (CORTESÍA EL TIEMPO /GDA)

Así era la vida a bordo del Galeón San José

21/12/2015
03:50
FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA GDA / El Tiempo / Colombia
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La tripulación vivía entre hambre, sed, presiones del rey y amenaza de batallas y huracanes

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La vida en el Galeón San José era un incierto y hediondo infierno, mucho calor de día, mucho frío de noche, gente hacinada y sin higiene, animales, alimentos podridos, agua corrompida, vómitos y mierda.

Grande para la época, pero con sólo 400 metros cuadrados —en la Catedral de México cabrían 10 naves de este tamaño— el Galeón San José navegaba con un promedio de 600 personas, de los cuales 168 eran gente de mar, 130 gente de guerra y los demás de pasajeros entre burócratas, comerciantes, misioneros, esclavos, aventureros y familias que sólo se convertirían en tremendo estorbo para las operaciones navales como lo sufrieron más tarde.

En las bodegas y las dos cubiertas cargaban un avituallamiento embarazado de barriles, toneles, arcones, botijas, fardos y cajas con provisiones de bizcocho, aceite de oliva, miel, vinagre, bacalao seco, jamón, tocino, cecina, vino, madera, garbanzos, huevos, sal, leña, arroz , nueces, muebles, paños, pasas, cebollas, queso, ajos, brea , gallinas, cerdos, guitarras, cabras, mantas, almohadas, balanzas, lanchas, sereníes, remos, velas, hachones, canastos, maletas, esterillas, pulgas, chinches, piojos, garrapatas, cucarachas y gatos que eran amuletos de buena suerte, excepto para las ratas y ratones, los primeros en embarcar, los que nunca se marean y mejor se adaptaban a la travesía.

Además, baldes, ollas, cuchillos, cucharas, platos, cuerdas, aros de hierro, ungüentos, tambores, relojes de arena, cruces, estandartes, borlas, guirnaldas, medicinas, cuadrantes, cañones, dagas, balas, pólvora, arcabuces, sextantes, tres palos y 10 velas cuadradas.

Y ningún hereje. Después de siete años de espera por culpa de la guerra, la falta de presupuesto, la escasez de marineros, y dos intentos de los ingleses por destruir las naves en puerto, la Capitana, El Galeón San José y su gemelo Idéntico, la Almiranta, el Galeón San Joaquín, zarparon con el resto de la flota, del Puerto de Cádiz, España, el 10 de marzo de 1706 y llegaron a Cartagena de Indias 41 días después y sin incidentes.

Entre los pasajeros del viaje de venida estaba el marqués de Castelldosrius, muy noble y muy arruinado catalán, nombrado vigésimo cuarto virrey del Perú, quien viajaba con toda su familia y 30 personas de séquito y notable por haber sido el primer español en besar el anillo del recién ungido Felipe V —El Animoso—, el primer rey de España perteneciente a la dinastía de los Borbones, con sólo 17 años, sin hablar español y quien necesitaba fondos, muchos fondos para financiar una guerra civil allende las fronteras, llamada de Sucesión, que se libraba en muchos frentes para proteger el imperio español que se hacía, después de cada batalla, más débil y pequeño.

Una de las principales tareas del nuevo virrey era llenar de regreso, las bodegas de La Flota del Tesoro, abanderadas por el Galeón San José, de oro, plata y piedras preciosas captados como impuestos en el virreinato del Perú y revitalizar la Feria de Portobelo en el Panamá atlántico. En ese viaje venía el arzobispo de Santa Fe, Argentina.

¿Dónde se alojaban el virrey, su séquito y el excelentísimo arzobispo?

En el Galeón sólo había cuatro pequeñas cabinas. Una para el maestre y otra para el capitán. Y dos más para pasajeros importantes.

Higiene, sexo y comida.Tenían solamente dos letrinas con baldes que estaban ubicadas cerca de las cabinas del capitán y comodoro. Los demás tenían que hacer sus necesidades fisiológicas delante de todos; como comer en un sitio llamado “El Jardín”, que era una tabla con un hueco que sobresalía en la popa, utilizada por navegantes novatos y otra en la proa, para más expertos que aguantaban los chapuzones que provocaba la quilla al romper las olas.

El agua era tan escasa que no se podía desperdiciar en lujos tan superfluos como la higiene del barco y de la gente. La privacidad era un lujo que no existía. Las relaciones heterosexuales además de incómodas estaban prohibidas y castigadas. El pecado nefando, innombrable, execrable y vergonzoso, la homosexualidad, era frecuente entre tantos hombres solos y hacinados tanto tiempo.

Aunque también estaba prohibido, se jugaban naipes y dados. A veces se divertían con riñas de gallos. Los más cultos, muy pocos, leían libros si no estaban mareados. Despiojarse y contar historias de romances y aventuras eran pasatiempos muy entretenidos. Y cantaban con chirimías.

La alimentación era un tormento. Las verduras y las frutas se acababan los primeros días y después venían jornadas miserables.

Cada navío llevaba un alguacil de agua y un despensero de vino y aceite. En buenos viajes les daban media botella de vino y al día que a veces los tripulantes la guardaban para venderla en los puertos de las Indias. Una botella de aceite y tres botellas de vinagre al mes. Dos botellas de agua al día. Que nadie se atreviera a recibir más agua, vino o aceite que otro.

El vinagre había que cuidarlo, pues se utilizaba también para enfriar los cañones en combate.

Carne sólo se comía dos veces por semana. El resto de la semana, garbanzos, habas, arroz y pescado. Se cocinaba una sola vez al día si no había tormentas de agua o de viento.

El queso era un precioso manjar pues se podía comer a cualquier hora porque se conservaba muy bien.

El pescado y el cerdo en salazón daban más sed. A veces mataban gallinas o un cerdo y se daban banquetes de carne fresca.

Se rezaba mucho en los galeones. En la mañana y en la tarde el capellán recitaba oraciones. Todos se confesaban y comulgaban antes de subirse al barco. “Quien no sabe rezar no se meta al mar”.

Estaban siempre expuestos a tormentas, ataques de corsarios o simples averías que podían hundir la nave, igualmente pestes y enfermedades muy frecuentes como la sarna, gastroenteritis, y el escorbuto. O la simple escasez de viento.

En la tripulación, de 133 soldados y 168 marineros, había carpinteros, mosqueteros, artilleros, infantes, calafates, toneleros, un buzo y tres tamboreros.

En proporción el que más ganaba era el buzo pues escaseaban; necesitaba saber nadar muy bien a pulmón y ser trapecista fuera del agua y era el encargado de parchar con madera, hierro, plomo y brea , los cascos averiados.

Los tres tamboreros también recibían buena paga pues durante los combates debían permanecer afuera, arriba, visibles e indefensos haciendo sonar con ritmos arengantes sus instrumentos. Por la crisis de la guerra no iban ni gaiteros ni flautistas.

Navegaban 100 grumetes y 24 pajes que eran niños entre los ocho y los 14 años, por lo general huérfanos.

Rara era la travesía en que no muriera alguien, entonces lo envolvían en un paño, le cargaban un lastre de piedras o toneles de barro, le rezaban y lo arrojaban al fondo del mar mientras que toda tripulación gritaba en coro: ¡Buen viaje!

Si había un naufragio por tempestad o por guerra, los primeros en montarse en las barcazas eran las personas más útiles a la sociedad en esos momentos, entiéndase varones de ascendencia nobiliar y de últimos quedaban los niños, las mujeres y los ancianos.

De noche un grumete le daba vuelta a un reloj de arena que se vaciaba cada media hora y los hombres de la guardia debían de responder los versos que entonaba el del cronómetro para comprobar que todos estaban despiertos.

Los marineros que sobrevivían a las pestes, combates, enfermedades o naufragios casi siempre terminaban padeciendo un envejecimiento prematuro.

El rey acosa por fondos. Con los acosos del rey Felipe V, el tesoro salió de El Callao hacia el Panamá Pacífico el 19 de diciembre de 1707.

La Flota de Casa Alegre, incluida La Almiranta, El Galeón San José, estuvo fondeada en Cartagena esperando durante dos años que se juntara la preciosa carga proveniente de extenso virreinato más grande que el imperio Inca, y sólo el 2 de febrero de 1708 levantó anclas para ir a cargar a la Feria de Portobelo, en el Caribe panameño donde llegó ocho días más tarde y ahí se encontraban apilados todo el oro y la plata que habían salido del puerto de Callao y después atravesado el istmo, a lomo de mulas por un estrecho camino real.

Esos metales preciosos eran oro y plata convertidos en monedas provenientes del recaudo de abusivos impuestos, o lingotes que recaudadores reales españoles cobraban en las minas o tributos de los súbditos para el rey. Cuando el Galeón San José partió para Panamá llevaba 53 hombres menos; 13 habían muerto y 40 habían desertado.

Cinco largos e inexplicables meses estuvo la flota de Casa Alegre fondeada en Portobelo cargando, recaudando y esperando solucionar trámites y disputas con los marineros franceses, los comerciantes y burócratas españoles y los cobradores de impuestos reales.

También cargaban, en menor escala, cochinilla, añil, pieles, cacao y algunas excentricidades como papagayos, monos, turpiales, quetzales e iguanas.

A la feria llegaban igualmente los mercaderes españoles y franceses a vender sus bisuterías y demás manufacturas europeas para el consumo de las colonias.

Llegaban a esa feria algunos comerciantes españoles radicados en Veracruz, México, otro puerto donde llegaban manufacturas europeas y salían toneladas de oro y plata para las arcas reales.

En carpas ubicadas en la ciudad de Portobelo los comerciantes hacían sus transacciones lo mas rápido posible para evadir los revisores fiscales del rey y los piratas ingleses que pudieran atacarlos.

Dicen las crónicas de la época que los galeones de esta flota llevaban 22 millones de monedas de oro y plata de diferentes nominaciones en escudos, ducados, pesos, reales y maravedíes, siendo las más valiosas las de oro de ocho escudos de con la efigie de Felipe V las cuales pesaban 26.7 gramos cada una. Hay registros históricos de que el precioso recaudo o tesoro valía 105 millones de reales de la época. Hoy los mercaderes numismáticos pagan a 6 mil euros por cada una de esas monedas que además no se consiguen.

Y a los gobiernos de Colombia —y España— se les hace miel la boca proyectando ese supuesto valor a 300 años después.

La boca del lobo. Las monedas las repartieron mitad y mitad entre los Galeones San José y San Joaquín.

Aunque fustigado por las impacientes necesidades del rey Felipe V, la estrategia de Casa Alegre que ha sido calificada de imprudente, pues sabía que los corsarios ingleses lo estaban esperando, pero se sentía muy superior en hombres y armas a la flota comandada por Charles Wagner de 44 años, y además le corría prisa porque se acercaba la temible temporada de huracanes del Caribe y los escoltas franceses amenazaban con irse a Europa si demoraba su partida.

No tenían que ser muy listos el comodoro Charles Wagner y sus hombres para saber que el Galeón San José, al mando del Conde de Casa Alegre, su gemelo casi idéntico el Galeón San Joaquín y los otros 12 navíos de la flota navegaban de Panamá con el tesoro más grande jamás embarcado y con escala obligatoria en Cartagena a reparar la nave que ya se había averiado en su viaje a Panamá, a recoger más pasajeros y cargar más oro y plata recolectado por impuestos en el territorio que pertenecía al Virreinato del Perú y que en 1717 se convirtió en el Virreinato de Nueva Granada.

El San José estaba artillado con 64 cañones de las 70 portas disponibles; 26 cañones para balas de 18 libras, 26 para balas de 10 libras y ocho de seis libras, todas las balas de hierro y piedra, pólvora, cuernas, sucres.

En total, la flota que acompañaba al Galeón San José tenía 13 navíos con 278 cañones en los siete artillados. Eran más mangudos pero más lentos.

Ocho días después de haber salido de Portobelo, a las tres de tarde del jueves 7 de junio de 1708, Casa Alegre ya podía atisbar la bahía de Cartagena desde Barú y también por los lados a dos kilómetros otearon las velas enemigas de los cuatro navíos ingleses con sólo 192 cañones entre todos.

A las siete y 30 de la noche, el Galeón San José, con los palos rotos y a punto de ser abordado por los ingleses que ya estaban a 60 metros, disparaba sin puntería hasta que la nave explotó por toda la pólvora que llevaba o sencillamente se partió como un plátano gigante.

Sólo la arqueología náutica podrá explicar cuál fue la causa de su hundimiento.

Los restos del pecio que se han visto en las fotos no parecen ser los de una explosión. La batalla duró dos días más y el Galeón San Joaquín logró entrar, mal herido y humeante, a la Bahía de Cartagena con medio tesoro y ante la resignación de los ingleses que también tenían averiadas sus naves.

La tragedia no termina ahí, tres años mas tarde, el 3 de agosto de 1711 zarpa desde Cartagena los restos de la flota del Tesoro, con el reparado Galeón San Joaquín a la cabeza y tres unidades de escolta pero una tormenta los dispersa y dos de las tres unidades de la escolta regresan a Cartagena y al Galeón San Joaquín los vuelven a emboscar los filibusteros ingleses con siete poderosos navíos armados con 310 cañones.

El almirante Villanueva muere en el combate y el galeón apoyado por una sola unidad de escolta se rinde, pero los
ingleses no encuentran el tesoro pues por órdenes del Felipe V y para humillación de Villanueva el tesoro sobrante había sido embarcado en las menos ostentosas embarcaciones francesas que llegaron triunfantes con el oro y la plata a España para que Felipe V se animara un poco.

Entre los buscadores del pecio con las entrañas llenas de oro, plata y otras riquezas insolubles, se encuentra el enamorado Florentino Ariza, quien intentó bajar al fondo del mar para sacar el tesoro y entregárselo como prueba de amor a su adorada Fermina Daza, según cuenta Gabriel García Marquez en El amor en los tiempos del cólera.

El virrey Marqués de Castelldosrius fue procesado por corrupción y contrabando y el almirante Charles Wagner murió tranquilo en su casa a los 77 años. Nunca se supo si entre los ocho u 11 sobrevivientes del hundido Galeón San José se encontraban Juan Pedro el buzo y los tres tamboreros o si son parte de las 578 almas en pena que vagan en las zarcas aguas de Barú.

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