Pasado y ficción en La casa inundada

Por qué somos cómo somos, por qué somos nuestra tristeza y somos nuestro dolor. Son preguntas planteadas por José Mariano Leyva en su nueva novela, La casa inundada, una historia que arranca con la desazón de un hombre maduro, pero se enclava en la voz del niño que fue y a partir del cual se abordan temas como la memoria, el exilio sudamericano, la pérdida del padre y la familia.

20/07/2016 00:24 YANET AGUILAR SOSA Actualizada 00:24
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Por qué somos cómo somos, por qué somos nuestra tristeza y somos nuestro dolor. Son preguntas planteadas por José Mariano Leyva en su nueva novela, La casa inundada, una historia que arranca con la desazón de un hombre maduro, pero se enclava en la voz del niño que fue y a partir del cual se abordan temas como la memoria, el exilio sudamericano, la pérdida del padre y la familia.

“Es una novela tremendamente autobiográfica, pero también hay partes de ficción, incluso aun cuando estás valiéndote de tu memoria, de tus recuerdos, ahí inevitablemente hay ficción. Cuando mi hermana leyó un capítulo me dijo: ‘Esto no pasó así, pasó de otra manera’, pero yo recuerdo que pasó como lo escribí, entonces en efecto este libro, a diferencia de los anteriores, nació de una parte muy personal y muy dolorosa”, dice el escritor.

Afirma que La casa inundada (Literatura Random House) tiene que ver con la muerte de su padre biológico, que muere cuando el protagonista de la novela y el escritor real estaban muy peleados con él y distanciados.

“No abrí la puerta a mis recuerdos, yo lo que digo es que levanté la cloaca, es un poco lo que se hace en terapia, por eso la gente no va al psicoanálisis, la gente no se tira al diván a pasarla bomba, vas a hablar de cosas vergonzosas, dolorosas, y la gente en general va por ayuda, no porque disfrute la terapia. Nadie disfruta hurgando en sus vergüenzas, miedos y dolores”, afirma el ensayista y narrador.

Su historia nace de la confrontación con su pasado, con sus recuerdos, con sus dolores, de la necesidad de reencontrarse con la muerte de su padre, con quien no compartía demasiado. Con su infancia, con sus inquietudes emocionales y su particular construcción del mundo. Sus recuerdos los confronta en la ficción.

“No hay buena literatura de historias felices, de repente la gente parece no pensarlo, este eterno cliché de la infancia feliz no es tan así, las infancias también tienen momentos muy oscuros, muy lúgubres; luego hay una cosa que es muy desgraciada, a veces el dolor nos define mucho más de lo que creemos, y cómo lo lidiamos o no, y luego aceptar eso”, asegura el narrador.

José Mariano Leyva dice que cuando terminó de escribir la primera versión del libro se planteó la pregunta de si no estaba haciendo un libro demasiado doloroso, oscuro, pues amigos de su infancia leyeron la novela y le dijeron que habían llorado mucho.

“No sé si es tanto un ajuste de cuentas, pero sí aceptarte cómo eres: de una manera plena, así eres y así fue, no cambies tu historia ni digas que fuiste un héroe sino que en realidad huiste de muchas cosas. De repente me dio muchísima tristeza que mi hija no conociera a su abuelo, pero al final de cuentas regreso al primer recuerdo de infancia pero ya liberado”, afirma.

El autor señala que cuando se abre un libro se hace un acto de tolerancia porque estás dispuesto a escuchar lo que una persona que no conoces tiene que decir y luego, la segunda parte de la lectura, que sólo logra la literatura, es que tú estas solo ante la lectura.

Esta novela tan vivencial y autobiográfica apareció en medio de la escritura que José Mariano Leyva hacía de una novela histórica, también apareció con el nacimiento de Ana Lucía, su hija; entonces los recuerdos de su padre e infancia vinieron como una cascada.

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