“Te lo quitan todo en cualquier momento”

05/07/2015 01:06 Luis Fierro / Corresponsal Actualizada 01:06
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Son mayoría los que han emigrado hacia el extranjero, sobre todo hacia Estados Unidos, pero son numerosos también quienes han huido de sus comunidades para trasladarse a otros estados de la República

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Cifras dadas a conocer por la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) indican que al menos 281 mil 418 mexicanos se encuentran actualmente en condición de desplazamiento forzado interno. De estos casos 9 mil se registraron el año pasado

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De acuerdo con esta organización, 89 mil 859 corresponden a casos de desplazamientos masivos

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Chihuahua, Michoacán, Nuevo León, Sinaloa, Tamaulipas y Veracruz son los estados que, debido a la violencia, cuentan con mayor número de desplazamientos masivos

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Sin embargo, Chiapas, Guerrero y Oaxaca cuentan con un considerable número de personas desplazadas por conflictos entre comunidades indígenas, así como de carácter religioso o político

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Si bien en los registros de las organizaciones hay casos de personas desplazadas en Chiapas desde 1995 y que no han podido regresar, el fenómeno ha crecido aceleradamente a partir de 2011

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Hoy, el Centro de Vigilancia de Desplazados Internos (IDCM, por sus siglas en inglés) señala que México se ubica, junto con El Salvador, Honduras y Guatemala, con la mayor tasa de desplazamiento de la región

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Ciudad Juárez.— Pedro está a casi dos mil kilómetros de casa, y aunque no está perdido en realidad no sabe a dónde va ni tiene muy claro a dónde ha llegado.
El joven es un desplazado oaxaqueño, quien partió hace cuatro meses de su hogar, forzado por las circunstancias y con la idea de conseguir un mejor futuro, pero a la fecha no lo ha logrado.

“Está difícil allá, sí hay algo de trabajo, pero no pagan bien y en cualquier momento llegan y pierdes todo, te lo quitan”.

El hombre de 26 años dejó esposa y un hijo en la pequeña comunidad zapoteca de Ozolotepec.

Recuerda que desde niño los despojos eran algo común, grupos de hombres armados con machete aparecían y obligaban a las familias a marcharse, dejar atrás el poco patrimonio que había logrado reunir. Eso le pasó a él.

En los jardines de la Casa del Migrante de Ciudad Juárez, rodeado de otros que también dejaron su tierra y llegaron hasta la frontera desde Honduras, Guatemala o El Salvador, recuerda que hace unos tres años integrantes de una familia de un pueblo cercano le quitaron su parcela, casa y algunos animales de granja, bajo la amenaza implícita de matarlo si oponía resistencia.

“No te dicen nada, ni siquiera que te salgas; sólo llegan y se paran afuera, uno ya sabe que se tiene que ir, si los enfrentas vas a terminar mal”, platica mientras José Salas, de Honduras, lo escucha atento recordando que en su país las cosas no son muy distintas a manos de las pandillas.

Tras abandonar contra su voluntad el hogar, se fue a vivir con sus suegros a Santa Marta, ahí se dedicó al campo, como jornalero en ranchos agrícolas, donde ganaba entre 80 y 150 pesos por día, dependiendo de la temporada y el tipo de cultivo.

Pedro decidió recuperar lo que le quitaron por la fuerza; sin embargo, se topó con que las autoridades del pueblo, que se rige por el sistema de usos y costumbres, no le ayudaron: “También les daba miedo, no quisieron ir a sacarlos como ellos me sacaron a mí”.

Con unos cuantos pesos en la bolsa y una mochila con poca ropa dejó Santa Marta.

La súbita muerte de su hermana lo hizo volver a Oaxaca. Después de unos días decidió, tras encontrarse con la misma amenaza, que debía migrar al norte, así que de aventón partió rumbo a la capital del país y al no encontrar una oportunidad pensó en migrar hacia Estados Unido. Por tren comenzó su travesía hasta el norte del país.
Tras una semana de “trampa”, como llaman a los polizontes del tren, llegó a Juárez. Hambriento, deshidratado, sucio, fue trasladado por unos policías municipales a la

Casa del Migrante, donde poco a poco ha recuperado las fuerzas para intentar ingresar ilegalmente.

No sabe bien a dónde va a ir si logra burlar a la Patrulla Fronteriza, recuerda haber escuchado que en Nueva York hay muchos migrantes oaxaqueños y le gustaría viajar hasta aquel lugar, pero reconoce que no tiene idea de cómo llegar.

Relata que lo más difícil fue dejar a la familia; aunque sabe que están en un lugar seguro, no deja de pensar en ellos cada noche y es lo primero que pasa por su mente al levantarse. “Voy a regresar por ellos, no sé cuándo, les voy a dar su casa”.

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