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Todo Mal

La nueva cinta de Issa Lopez repite los mismos problemas del cine mexicano, pero al menos peca de absoluta honestidad mediante ese título que la describe a la perfección.
23/03/2018
10:43
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Una de las notas que más llamó la atención en la reciente visita de Guillermo Del Toro al Festival de Cine de Guadalajara fue la noticia de que el ganador del Oscar produciría un nuevo proyecto de la cineasta Issa López, todo a razón de que uno de sus recientes proyectos, la cinta de corte fantástico Vuelven (2018), supuestamente agradó y sorprendió mucho al realizador tapatío.

 

Habría que recordarle a Del Toro que una gaviota no hace verano. Vuelven es, a lo más, una auténtica anomalía dentro de una filmografía que contiene títulos como Casi Divas (2008), Efectos Secundarios (2006), La Boda de Valentina (2018) o A la Mala (2015), todas ellas deficientes comedias románticas que continúan perpetrando los peores clichés y defectos del cine mexicano, a saber: guiones escritos al alimón, diálogos insoportables, tramas disparatadas y nunca bien resueltas, cierto nivel de machismo, mucho clasismo, y un sentido del humor entendido como la habilidad que tengan los personajes de decir más groserías por minuto.

 

Y como si fuera un recordatorio sobre el tipo de cine que hace Issa López, ahora estrena su nueva comedia romántica llamada atinadamente, Todo Mal, cinta que cuenta con los mismos problemas arriba mencionados pero que al menos peca de absoluta honestidad mediante ese título que la describe a la perfección.

 

Todo Mal narra la historia de a un trío de primos donde Fernando (Osvaldo Benavides) es alto funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores (aunque con otro nombre en la película) y es el encargado de llevar las negociaciones y la logística para que el gobierno de Austria traiga de regreso e México, en calidad de préstamo, el famoso penacho de Moctezuma. Por una terrible coincidencia, la fecha de arribo del penacho a la CDMX coincide con la boda de Fernando, aunque el muy profesional funcionario decide no cambiar las fechas y encargarse de ambas cosas al mismo tiempo.

 

El problema es que en plena boda religiosa, Fernando es plantado por la novia quien sólo le manda por celular un emoji de carita triste. Devastado y ebrio, Fernando decide robarse el penacho y hacer gran pancho por toda la ciudad, en busca de su ex prometida para exigirle una explicación. A Fernando lo acompañan sus dos primos, Dante (Martín Altomaro), un profesor de filosofía que aún vive con su madre (literalmente en un clóset), y Matías (Alfonso Dosal) ex integrante de una boy band mexicana que en su momento tuvo mucho éxito pero que hoy ya está desintegrada por lo que Matías es ahora un rockerillo de bar.

 

A pesar de lo irreal y rocambolesca de la trama, no deja de ser un buen gancho de entrada para la cinta, aunque sea por el morbo de ver cómo resuelven ese complicado y rimbombante entuerto. Y uno de los principales problemas de Todo Mal  es que justamente no resuelve su trama. Es evidente que el penacho es un McGuffin para hacer que otras cosas sucedan, pero en ese devenir nocturno de estos personajes, lo que sucede no es más que una serie de situaciones pretendidamente chistosas, que se resumen en el berrinche de un borrachito que de repente se le bota la canica, destroza su carrera y además pone en peligro uno de los emblemas nacionales por excelencia.

 

Y como suele pasar en este tipo de guiones, no hay consecuencia, todo es un despapaye monumental donde el borrachito, el amigo que todos tildan de jotito, el rockerillo frustrado y demás personajes secundarios (siempre enarbolando un cliché diferente) deambulan por la ciudad metiéndose en apariencia en más problemas para al final resolver todo de un plumazo.

 

Es clara la intención de emular una cinta mexicana de tesitura similar, Matando Cabos (Lozano, 2004), pero mientras aquella no sólo definía bien a sus personajes (o al menos lo hacía más allá del cliché) y en su inteligente guión no olvidaba ser consecuente con las acciones de estos, Issa López no parece importarle la mínima coherencia, lo suyo es rizar el rizo con situaciones cada vez más inverosímiles y personajes cuyo ethos se complica innecesariamente (¿era acaso necesario que el personaje de Altomaro tuviera una mamá “teibolera”, parezca gay de clóset, tenga un trauma con el sexo, etc?).

 

Y ni qué decir del humor, que no sale del clásico pipi, caca, moco, en diálogos plagados groserías que ni son disruptivas y mucho menos graciosas. Ya para esta hora los cineastas mexicanos deberían saber que un diálogo del tipo “¿Y si le metemos un balazo por el culo?”, no es gracioso en absoluto.

 

Técnicamente es otro el boleto. La película presume de un par de planos secuencia que se antojan complicados, que no se ven trucados, que presuponen mucho tiempo de preparación y francamente son lo más destacado del filme. Se reconoce también la insistencia de salir a la calle y filmar casi todo en locaciones, cosa que usualmente se evita en el cine mexicano para ahorrarse trabajo.

 

Las actuaciones incluso son competentes, Osvaldo Benavides y Martín Altomaro hacen auténticos milagros con el material que tienen, incluso recurriendo un poco a cierta comedia física que por momentos funciona.

 

Pero esos aciertos (que francamente no son menores) se ven sepultados ante el tamaño de desastre que es el guión, los diálogos y el diseño de personajes que no hacen sino evidente esta visión que tienen muchos cineastas de un México que no existe, o que solo pasa en la Condesa, en Santa Fe o en sus cabezas.

 

-O-

 

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Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.
 

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