Es día de quincena, simultáneo al desplome de la economía mundial, y en la línea de cajas del súper, tuerce el rabo el mercado de consumo.
El espectáculo es único: Hay mucho espacio disponible para clientes que echan al carrito tan sólo un puñado de mercancías. Las cuentas abultadas marcan los rostros de los compradores, con un gesto de desconcierto y enfado.
—¿Por qué me cobró tanto?— protesta una abuelita.
La cajera encoge los hombros. Colabora en la revisión de los precios anotados en la pantalla de la caja. ¿Todo bien? Hay tiempo de sobra para atender a los clientes y, además, ha bajado el enloquecedor sonido del registro de precios con lector infrarrojo. Bip-bip, bip-bip. Y no hay filas de espera. Por cada caja cerrada hay un “cerillo” sentado.
Esa línea de pago se asemeja a un muro de lamentos, por parte del público que en esta quincena tiene que desembolsar más por lo mismo.
-Es mucho. No puede ser tanto-, calcula una madre. Su bebé cupo dentro del carro de compras. Paga, se retira, lee en su comprobante la ecuación del golpe de los tiempos en su bolsillo. Masculla su mal humor. Se va.
Y qué decir del pequeñín de unos tres años, entusiasta, alegre, ofrecido a ayudar a su mamá con la carga, y que toma una de las tres bolsas en que cabe su mandado: “¡No pesa nada, mami!” Un dejo de contrariedad revela que el ama de casa pagó los nuevos precios, muy a su pesar. Bip-bip.
En distintos rumbos de la ciudad de México, una escena uniforme se ha repetido el 15 y el 16 de octubre. Es como un sueño sin descifrar: el desfile de carritos con dos, tres bolsas saliendo de los supermercados. Y de pronto, uno solo, a la antigüita, que sale abastecido a toda su capacidad.
Habrá que esperar al próximo fin de semana, cuando más gente acude a los supermercados, para encontrar a más herederos de la crisis nueva.
Ni treinta años de edad tiene esa pareja que ha ido a comprar de todo: lácteos, salchichonería, carnicería, abarrotes, frutas y verduras, panadería. Con la cuenta reciben la estafeta de matrimonio en tiempos de crisis.
El efecto surrealista va y viene. Los pasillos de los súpers, son como un paseo en un circuito; la gente, como autómata, ve precios, toma algunos productos, regresa algunos al anaquel, pero es fiel a sus marcas. Con desgano ve el montaje de las próximas temporadas de ventas, las festividades de muertos y de fin de año.
-Son mil 994 pesos-, reporta la cajera a una pareja que no llenó el carrito más de 70%. El hombre salta el obstáculo con un tarjetazo, la señora, en el desconcierto, busca una moneda que dar al “cerillo”.
Por hoy, a los tiempos de las líneas de cajas abiertas a toda su capacidad, al parecer los ha deprimido la carestía.
La quincena es amarga y nada la endulza, ni ofertas ni “ganchos”. Es la sombra de la crisis que llega.