Políticos, ex presidentes, ex funcionarios y empresarios en bancarrota han encontrado en el libro el medio ideal para contar su historia. Tras dejar su cargo en la administración pública, retirados de la política o pasado un tiempo de las polémicas que protagonizaron, los personajes públicos escriben libros para confesarse, contar su verdad o iniciar una nueva polémica.
La historia en México de libros de memorias escritos por políticos es larga. Francisco I. Madero escribió La sucesión presidencial; Álvaro Obregón Ocho mil kilómetros de campaña; Emilio Portes Gil Quince años de política mexicana; Miguel Alemán Valdés Remembranzas y testimonios; José López Portillo Ésa fue también la línea de México, un paso difícil a la modernidad y Miguel de la Madrid Cambio de rumbo. Y hay muchos otros ejemplos. El caso más reciente es el del empresario Carlos Ahumada, quien en Derecho de réplica da su versión sobre los videoescándalos.
La diferencia es que en los últimos años los políticos han descubierto que el libro es un instrumento eficaz para dar su versión personal de los hechos. Hay un afán por contar su verdad, por escribir libros que el ex subdirector corporativo de Pemex, conocido en el mundo editorial como M. G. Damirón llama “libros confesionales” y que para Gabriel Sandoval, director editorial de Planeta México considera “cajas de resonancia masiva con buenas ventas durante un periodo corto”.
El editor asegura que cualquier persona que escribe un libro cuenta una historia siempre a través de su propio filtro, sea una novela o memorias políticas; todos contarán la historia como quieren. “Evidentemente en un libro de memorias, el político ve todo a través de su propio filtro y ese filtro tendrá que ver con su capacidad autocrítica o su ego o lo que sepa. Desde luego el libro es un medio para contar la historia que se quiere contar”.
Gabriel Sandoval no duda; afirma que el libro es un instrumento y un arma que tiene repercusión cuya caja de resonancia es masiva y aunque dice que no es privativo de los personajes políticos, son textos que interesan a las editoriales porque normalmente son coyunturales, despiertan el interés de lectores adeptos al texto político, produce mucho ruido mediático, titulares y entrevistas de radio que no tiene una novela.
La aparición de los libros autobiográficos, de testimonios o memorias, generan siempre polémica. Más que la ganancia económica, lo que buscan los autores —casi siempre primeros autores— es la repercusión mediática y mayores plataformas para llegar a la población. “Alguien que no quiere contar algo no escribe un libro”, señala categórico Gabriel Sandoval, quien asegura que en el 96% de los casos no se puede hablar de long sellers, se trata de libros que tienen una incandescencia inicial pero también un periodo de vida corto.
Braulio Peralta, editor de Grupo Planeta, dice que no existe fórmula alguna para saber que el libro de un político se va a vender, lo que es seguro es que si ese político hace discurso en el libro, será un fracaso.
“Un libro de política tiene que responder a las coyunturas del país, a la historia contemporánea presente, al momento que estamos viviendo. Los libros políticos necesariamente son libros de historia; si los políticos mienten venderán menos, si los políticos dicen la verdad, sin discurso político de por medio, sin la neta del planeta, les irá mejor”, explica.
En general, todos los libros de políticos persiguen una reacción concreta. M. G. Damirón dice que suelen ser libros para “ver a quién le cae la culpa o para golpear a alguien en especial”; alerta sobre la falta una cultura testimonial pero no para contar “lo que yo hice, sino lo que yo vi, lo que a mi me consta”. Son libros en los que no confía porque mucho son confesiones, “me parecen que son autodefensas, no son testimonios de una verdad, casi siempre son relatos para salvarse”.
El autor de El hechizo de los soñadores afirma que el libro político es valioso porque “nuestra historia necesita testimonios muy vivos; hay una etapa de México que está descubierta y no ha habido grandes acercamientos a lo que ha ocurrido de los 60 para acá. Ojalá que los políticos viejos y los nuevos políticos se atrevieran a decir por lo menos de lo que fueron testigos. Verdaderos testimonios y no las confesiones, porque siempre se recurre a la autodefensa”, señala.
La relación del editor con el político metido a la escritura es distinta a la que sostiene con un escritor profesional.
Gabriel Sandoval afirma que aunque hay una mayor participación del editor, los políticos tienen muy claro el tema que van a escribir, incluso muchos políticos lo escribe previamente porque tienen un equipo que los ayuda antes y después de la publicación del libro; cuentan con asesores, gente de prensa, una red de contactos, agenda y experiencia en la promoción.
“Son libros que vienen ya hechos, como editor me toca decirle: ‘yo le pondría más acá o más allá’, normalmente son bastante abiertos porque entran a un campo que desconocen y se dejan guiar por los profesionales que trabajamos en este rubro. Casi no hay requisitos o trabas para abordar los temas ni tampoco en términos de promoción. Son gente bastante fogueada en este tipo de cosas”, asevera Sandoval.
El editor asegura que los políticos no esperan hacerse ricos con el libro, pocos reciben adelantos, esperan las regalías. La gestión del texto de un personaje público o de un político es singular.
Algunos llaman a la editorial y proponen contar una historia que a la editorial puede interesarle; en otras, los editores son los que van a tocar puertas y marcar teléfonos “para conseguir historias de personajes que tal vez no han pensado en contarlas pero que nosotros los convencemos de que lo hagan”, concluye.