A Rafael Ernesto le gustaría montar una mesa de regalos en una tienda departamental, pero duda que algún establecimiento acceda fácilmente a otorgarle un espacio de esta naturaleza. Las hipotéticas tarjetas dirían: “Mesa de Boda. Novios: Raúl Ernesto y Rafael Ernesto”. Así, los amigos y familiares de la pareja sabrían qué regalarles.
Raúl Ernesto y Rafael Ernesto, de 32 y 31 años, respectivamente, dicen que hace ocho años era impensable que pudieran vivir juntos, en familia, pero hoy comparten un techo. Las madres, hermanos, tíos y primos de ambos los han aceptado como pareja, pero sin hablar a profundidad del tema de la homosexualidad. Ellos no se acarician ni se besan enfrente de sus familiares. No tienen las libertades de los novios heterosexuales. “Un día se me salió decirle ‘suegra’ a la mamá de Rafael y con la cara que me hizo fue suficiente para saber que nunca más debía llamarle así”, cuenta Raúl. No obstante, la mamá de Raúl le presta libros de cocina a Rafael, quien es el que dentro de casa realiza este tipo de actividades.
Los Ernestos hoy discuten si se unirán bajo la Ley de Sociedades en Convivencia del Distrito Federal. Uno lo desea y el otro argumenta que sería un gasto excesivo por el “fiestón” que organizarían. Les ilusiona tener hijos pero, mientras tanto, sus mascotas, pescados y hamsters han sido “los niños de la casa”. (Natalia Gómez Quintero)