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Tenía como dos años de edad cuando sus padres quedaron convencidos de que a él algo le ocurría, que era distinto a otros niños.
Creció. Se ensimismaba. No hablaba, parecía ausente. Pero de pronto algo se rompía en él, en su mente, y gritaba, lloraba, golpeaba a los demás, se golpeaba él mismo, fuerte.
Y se quedó solo, no tenía amigos. Solo con sus pensamientos, con su mundo, que no era el de los demás chicos. Su mamá lo llevó al Hospital Psiquiátrico Infantil “Juan N. Navarro”. Lo sometieron a estudios, le diagnosticaron el padecimiento del Síndrome de Asperger, una vertiente del autismo, le dijeron.
Ayer, el jovencito iba de un lado a otro. Su voz se escuchaba fuerte: “¡No queremos que nos quiten nuestro hospital!... ¡Señores senadores, vengan a escucharnos!... ¡No nos moverán!”. Iba de un lado a otro. Organizaba las porras, animaba a sus compañeros de manifestación.
“Es otro, parece que lo recuperamos, que volvió a nacer, pero tenemos miedo, si no lo atienden bien habría una recaída”, comentaba Ana Virginia, su mamá.
“Es que no nos quieren entender, el lugar en el que quieren poner el hospital era de oficinas, tiene muchos cristales. Y los niños, los pacientes, algunos, cuando se ponen mal se estrellan contra lo que pueden, muros, vidrios”, intervenía un hombre, papá de otro de los chiquillos, este con el Síndrome de Déficit de Atención.
Llegaron a la esquina de Allende y Xicoténcatl antes de que iniciara la sesión de la Comisión Permanente. Cargaban sus pancartas, sus cartulinas, su inquietud, sus historias.
Querían entrevistarse con legisladores para pedirles que se reúnan con el secretario de Salud, José Ángel Córdova, para, si pueden, convencerlo de que no mueva el hospital de sus actuales instalaciones, o para que los envíen a otro lugar, mejor que lo que las autoridades pretenden.
“Tengo 16 años, la mitad de mi vida la he pasado en el hospital, es como mi segunda casa, voy a las terapias, dos veces he estado internada. Una porque me entró una depresión terrible, la otra porque me fui de mi casa, me salí. Pero no soy yo nada más, están las niñas con bulimia o con anorexia, y hay quienes de 10, 11 años, han tratado de suicidarse, y los niños con adicciones. Pero no somos desechos humanos, merecemos atención”, expresaba otra niña, la mayor de los pequeños manifestantes. También padece déficit de atención, y hace como un año se le presentaron nuevos síntomas, de pronto en alguna parte del cuerpo le da una punzada durísima, cruel, implacable. Tarda eso unos minutos, luego se va... pero vuelve. “Ya tengo amigas, amigos, ya puedo relacionarme con la gente, y voy a empezar la prepa, quiero seguir y estudiar en la univeridad. ¿Sabe qué quiero ser?... ¡pues sicóloga infantil!”.
Ahí siguieron. Ya no pedían, suplicaban a los policías que les dejaran pasar para hablar con los legisladores. Imposible. Un funcionario menor del Senado les aseguró que iría con ellos Carlos Navarrete, del PRD.
Pasaron las horas. El cielo se nubló. Reapareció la llovizna. Se fueron. Con su silencio, su frustración, su angustia, sus historias, sus mundos... sus terribles mundos.