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Guerrero, prostitución infantil


Sábado 21 de julio de 2001 Ignacio Ramírez/Enviado | El Universal

GUADALUPE VICTORIA, Gro. Empujadas por la marginación y la pobreza, niñas indígenas amusgos son objeto de prostitución en medio del alcoholismo y la violencia, en esta tierra de nadie ubicada en la Costa Chica. Su ignorancia de la sexualidad las ha llevado a ser madres, y hasta abuelas a corta edad.



Indiferencia ante la grave explotación indígena

La pobreza hace que mujeres y niñas busquen en la prostitución una forma de vida. Y para los hombres, alcoholismo y violencia van juntas. Son la etnia de los amusgos que habitan un poblado de la región de la Montaña, donde "una boda, sin un muerto por lo menos, no es boda" Las mujeres indígenas de esta pequeña población, ubicada en la región de la Montaña, han sido empujadas a prostituirse por la marginación, discriminación y explotación de que son objeto.

Con un agravante: se inician en el oficio desde niñas. "Rialengas", les llaman aquí.

Su ignorancia acerca de la sexualidad ha provocado también una maternidad precoz. Muchos son los casos de madres adolescentes, con uno o más "pepenches", hijos fuera del matrimonio. Hay, incluso, abuelas de 30 años de edad.

Los hombres, por su parte, viven en medio del alcoholismo y la violencia, sin expectativas de una vida mejor, por lo que emigran a otras localidades o estados circunvecinos en busca de empleo y mayores oportunidades. "Se vive en la peor de las pobrezas y en el más completo abandono, otros de los ingredientes del caldo de cultivo de la degradación y el envilecimiento de la población", afirma la profesora Angelina Benítez García, del Frente Cívico Indígena de Xochistlahuaca.

?¿Y las autoridades?

?Guadalupe Victoria es tierra de nadie. Simplemente no existe, ni para las autoridades estatales, mucho menos para las federales...



Un pueblo fantasma

De Acapulco, camino a Ometepec, se llega a Xochistlahuaca, en la región de la Montaña. De Xochistlahuaca a Guadalupe Victoria hay una distancia de 20 kilómetros de brechas. El único transporte son tres camionetas de redilas, pero lo más común es ver a la gente a pie. El escabroso camino se torna más difícil en esta época de lluvias, pues los torrentes impiden el paso en los vados. A veces hay que esperar todo un día para que bajen las aguas y continuar el camino. Durante el trayecto, los habitantes de Guadalupe Victoria se distinguen por su vestimenta característica de los amusgos, uno de los grupos indígenas localizado entre los estados de Guerrero y Oaxaca e incrustrado en el complejo sociocultural de la Mixteca de la Costa, situada en la región geográfica conocida como la Costa Chica. Conforman una de las cuatro etnias principales del estado de Guerrero, junto con los nahoas, tlapanecos y mixtecos.

Las mujeres con huipiles de diseños multicolores y los hombres con calzón y cotón de manta blanca, andan con huaraches o descalzos. Todos ellos, hasta los niños, llevan su "bolo" ?machete? en la mano o fajado a la cintura. "Aquí, una boda, sin un muerto por lo menos, no es boda", es un dicho popular.

Camino al centro de la población, deambulan jóvenes y adultos con su botella de aguardiente. También se les ve en pareja o en grupo, las más de las veces discutiendo. O tirados de plano en el suelo.

"Diario se emborrachan. Lo peor es que, como no hay tiendas donde vendan licores y como no tienen dinero para comprar `superiores` o `coronas`, pos toman alcohol de farmacia y así los vides siempre de embrutecidos...", dice Martín, el guía que acompaña al reportero.

A las mujeres jóvenes se les ve cargando a sus "guaches" o "chipes" ?niños? sobre sus espaldas. Y las mayores, cargando leña para sus hogares, también sobre sus espaldas. Unas y otras se resignan a esta vida, pues para eso nacieron, les han dicho.

Son las cinco de la tarde y la lluvia esconde a la gente en sus casas. En el centro no hay ni zócalo ni iglesia, tan sólo un pequeño tejado con un letrero del DIF que anuncia el nombre del lugar: Guadalupe Victoria, con una población de 4 mil habitantes. La primera vista es desoladora: salvo el camino principal pavimentado, todo es lodo y tierra, donde se asientan las casas de adobe y bajareque. Las calles, vacías, si acaso una que otra persona, un niño o un gallo las recorren. No se escuchan ruidos, ni un radio encendido. La tarde empieza a pardear...



"Es tiempo de hambre"

Los campesinos amusgos han regresado de sus jornadas de trabajo en el campo, donde realizan su casi única y tradicional ocupación económica: la agricultura. Siembran maíz y frijol en los lomeríos característicos del área cuya perpendicularidad condiciona el uso de una tecnología arcaica, mediante el sistema de "chapona", "roza" y "quema", con machete, "tarecua" ?palo de hierro con extremos en ángulo y mango de madera?, estaca o coa.

La cosecha no alcanza para cubrir las necesidades de todo el año y, a partir de marzo hasta septiembre, el maíz se acaba en las trojes familiares y es necesario comprarlo. Si la cosecha es además mala, la producción sólo garantiza tres meses de abastecimiento para el consumo familiar diario. "Es tiempo de hambre", califican aquí a esta época del año.

Una forma de equilibrar la precaria economía es la producción de caña de azúcar en los terrenos de humedad constante o "chagues", los más codiciados y celosamente retenidos por los indígenas. Bajo una enramada se instala el trapiche rudimentario de gruesos maderos dentados, que jalado por una yunta de bueyes, extrae el líquido de las cañas. Este, después del proceso de ebullición, se almacena durante tres días. Y al cuarto, ya convertido en panela, es envuelto en bagazo para su venta en la cabecera municipal y poblados aledaños.

La ganadería extensiva es una actividad ajena al amusgo. El ganado mayor es exclusivdad del mestizo. Únicamente las aves de corral, los "cuches" ?cerdos? y los pequeños hatos de cabras, se agregan al equilibrio económico para satisfacer una parte mínima de los requerimientos de la comunidad.

Todos los demás habitantes se emplean en el peonaje temporal o para desempeñar trabajos no calificados y de servidumbre en Ometepec, Acapulco o hasta Lázaro Cárdenas, en Michoacán, mientras otros se dedican a la albañilería, a la elaboración de tejas y adobes y al tejido de morrales y hamacas de ixtle.

Con el crepúsculo vespertino, los hombres del campo regresan, la mayoría a sus hogares, otros a emborracharse en alguna de las "cantinas", aunque sea para ver a las "rialengas" o "muchachas"...



En el rincón de una ?cantina?

Rumbo a una de las "cantinas", una que otra jovencita se asoma por las puertas de su casa, en espera de algún cliente. Apenas ven al fuereño, se meten o esconden. Lo identifican por la ropa...y por los zapatos. Casi nadie los usa aquí. Y en los sitios más apartados, ni los conocen.

"Ellas no lo llaman a uno, uno es el que tiene que hablar con ellas", dice Martín. A tres cuadras del centro poblacional, están las dos primeras "cantinas". A lo lejos, apenas perceptible, se escucha algo de música. Las "cantinas" de aquí no son como las cantinas que se conocen comúnmente. Son casas, como cualquier otra, acondicionadas modestamente para recibir a la clientela, sin anuncios, ni nombre, ni barras, ni nada.

Guía y reportero entran a la primera de ellas, sin encontrar a nadie, solamente algunas mesas y sillas vacías. En la segunda, situada en la esquina de Ignacio Allende y Vicente Guerrero, tres muchachas indígenas comparten una botella de alcohol con refresco de cola y en otras dos mesas media docena de parroquianos beben cerveza.

La estancia es de adobe con cimbra de madera para la teja del techo, con "botocones" plastas de lodo y estiércol para tapar los agujeros; las paredes descascaradas, y el piso a flor de tierra. Apilados algunos cartones de cerveza y en un rincón una vieja y desvencijada grabadora. Hay tres entradas, una que da a la calle, otra que lleva a un patio, y una más, con una sábana estampada de flores rojas, es utilizada como cortina y conduce a un aposento donde hay dos "canchires" ?camastros? de "otate" ?carrizo delgado? sin división alguna.

Ven con recelo al visitante, que toma asiento, junto con su guía, en un rincón de la "cantina". La mirada de las jóvenes se vuelve huraña. Platican o cuchichean. Ríen sin parar en ocasiones, entre los tragos de alcohol a pico de botella Los hombres fuman y toman sus "coronas". De vez en cuando uno se levanta para hablar con alguna de ellas.

?Invítales una cerveza, para que no te vean feo y no se pongan fieros, dice, diligente, Martín.

A siete pesos la "chela", alcanza para todos, antes de que se pongan "boquinches", habladores, y se arme el "molote", pleito. Ellas no aceptan, prefieren el alcohol, con lo que más de una se pone "achimpletada", medio loca. ?Ahora sí puedes hablar con cualquiera.

?Con una de ellas...

El guía va y regresa.

?No quieren.

?¿Por qué?

?Tienen "cisca", desconfianza. Así pasa con los extraños. Son desconfiadas al principio. Pero, al rato, vienen hasta las tres.

Cae la noche y otra indígena llega del interior de la casa para prender el único foco de la estancia.

El humo y el olor a "totomixte" ?cigarro hecho con hoja de maíz? empiezan a invadir el ambiente.

Alguien grita, desaforado.

?¿Qué quiere?

?Música.

Y encienden la grabadora, con un viejo casete de Virginia López: "No, tú no puedes olvidarme "Porque sabes que Dios ya sabrá castigarte "Si rompes tú promesa de amor "No, no puedes olvidarme "Porque dentro de tú alma tan sólo hay una imagen "Y esa imagen soy yo..."



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