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Guerrero, un tesoro rodeado de pobreza


Sábado 07 de julio de 2001 Ignacio Ramírez/Enviado/(Primera de dos partes) | El Universal

CAMPO MORADO, Gro. "De magnitud incalculable, un tesoro espera ser descubierto en un lugar enclavado en las montañas limítrofes de Michoacán y Guerrero", describía una crónica periodística en 1943. Objeto de leyendas, Campo Morado es el sitio. En sus entrañas se ha comprobado la existencia de 30 millones de toneladas de oro, plata, cobre, plomo y zinc. Empero, su riqueza está en litigio y sus pobladores lamentan: "No nos sirve para nada, vivimos en la peor de las pobrezas"

Riqueza minera en controversia

Cuenta una leyenda que aquí, en este lugar situado en lo más alto de las montañas, a dos horas por brecha de la cabecera municipal de Arcelia, casi en los límites con el estado de Michoacán, está guardado uno de los tesoros más grandes del mundo.

De la leyenda a la realidad: Está comprobada la existencia de 30 millones de toneladas de minerales como oro, plata, cobre, plomo y zinc, con la probabilidad de 70 millones más. Dada la magnitud del yacimiento es considerado el más grande de América Latina y tal vez uno de los más grandes del mundo, en una extensión de 80 kilómetros, que van desde este pequeño poblado hasta el llamado "Cañón del Zopilote", entre Zumpango e Iguala.

Se tiene además la seguridad de la existencia de ocho depósitos de yacimientos de mayor o menor potencial que Campo Morado, la puerta de entrada a la región de Tierra Caliente del estado de Guerrero.

Últimamente, ante la posibilidad de explotación de estos recursos, moradores y gambusinos que habitan los villorios y las ciudades que tienen bajo sus entrañas tan singular riqueza, han sido contagiados por la "fiebre de oro", que cada día se extiende.

Sólo que hay un problema: La mina de Campo Morado está en litigio. Y lo peor de todo, es que su disputa está en manos de canadienses. En otras palabras: la riqueza minera de la región es motivo de controversia entre extranjeros, gracias a la supuesta "mexicanización" de la industria implantada durante la administración echeverrista.

Esta es la historia: México ha sido una nación minera desde la época prehispánica, cuando los trueques se hacían con cacao y pepitas de oro. Bernal Díaz del Castillo relata que Moctezuma envió hasta Veracruz a Hernán Cortés, entre otros objetos, un disco de oro, representación del sol, y uno de plata, simbolizando la luna.

Jamás los conquistadores españoles habían soñado con tanto oro y con tanta plata. Fundieron lingotes y fabricaron toda clase de utensilios hasta bacines, para ser enviados como presentes al emperador Carlos V.

Con el descubrimiento de los ricos yacimientos minerales, la región guerrerense tuvo un atractivo especial para los españoles, al enterarse que los tlahuicas tributaban barras de oro y otros minerales preciosos a los aztecas, que los tenían sometidos. Por el año de 1522, Cortés reclamó en su nombre una mina a la que llamó "El Socavón del Rey", lo que dio lugar a la población minera de Tetelcingo, en las laderas del cerro de la Bermeja, que más tarde se convertiría en Taxco, fundada en 1528.

Tierra de leyendas sin fin, se cuenta también que, a fines de los años 20, el arquitecto, escritor y periodista estadounidense William Spratling, atraído por las historias de oro del contorno guerrerense, vino en su búsqueda. No llegó a Campo Morado, pero sí a Taxco, donde impulsó la orfebrería en plata, arte y tradición que hoy continúan los Talleres de los Ballesteros, de Jalil Majúl Madrid, los Hermanos Castillo y otros más de fama internacional.



Geodas de diamantes en texcales

El nombre de Campo Morado proviene de la coexistencia de ciertas geodas huecos de una roca o mineral con incrustaciones amorfas o cristalizadas, de amatista oriental o corindón violado, la piedra preciosa más dura después del diamante, de gran valor comercial por su brillo, transparencia y belleza de su pálido matiz azul-morado.

De acuerdo con los siguientes antecedentes, no sólo el oro y la plata dan pauta a los entresijos del lugar: "Un tesoro de magnitud incalculable, pero cuyas proporciones pueden fijarse por aproximación, tomando como base los riquísimos yacimientos diamantíferos de las cercanías de Kimberley, en Sudáfrica, o bien de las minas de Geraes, en el Brasil, está esperando que alguien vaya a descubrirlos en algún lugar enclavado en las montañas limítrofes de los estados de Michoacán y Guerrero".

Así iniciaba su crónica don Mario Mariscal publicada el 13 de junio de 1943 en el diario "Excélsior", quien tomó como base para su investigación el Diccionario Geográfico, Histórico, Biográfico y Lingüístico del estado de Guerrero, del general Héctor F. López, publicado en ese año.

Sin embargo, la primera noticia de dicho tesoro llevaba ya 100 años de haber sido impresa. El historiador Arturo Figueroa Uriza rescató, entre otros, los siguientes datos que escribió don Pablo de la Llave, el 18 de febrero de 1883: "La primera ocasión que oí hablar de esto, se me dijo que el descubridor lo había sido el general don Vicente Guerrero. Preguntándole sobre este asunto, me contestó: Que buscando, acompañado de algunos soldados, un lugar apropiado para acamparse, llegó a donde había un texcale nombre mexicano para denominar las alturas verticales de cerros, lomas, etcétera, que lo estuvo registrando y le pareció que había una rica veta de plata...".

Pero lo que encontró el general Vicente Guerrero fueron piedras de diversos tamaños, cuyo color parecía al pedernal castellano. Al partirlas, encontró unos "vidritos", que no eran mas que diamantes, octaedros y dodecaedros, tan buenos como los de la India y los de Brasil, según especialistas del Colegio de Minería.

"No hay piedra más bella en las entrañas de la tierra...es una gota de luz purísima, una estrella que deslumbra con sus fulgores...", escribía Ignacio Cumplido en 1850.

En el periódico "El Siglo XIX", del 9 de octubre de 1892, hay otro e inquietante dato: "El señor José Uriza, comerciante rebocero de Tenancingo, adquirió hace algunos días una piedra redonda con aspecto calizo, y resultó contener, al romper el pedernal, un precioso brillante que está valuado en más de 2 mil pesos. El indígena que la vendió dice que esa piedra la adquirió en terrenos de Campo Morado, estado de Guerrero, y probablemente es de los criaderos de brillantes de que tanto jugo sacó el general Vicente Guerrero...".

Posteriormente, en tiempos de la Revolución, el general Jesús H. Salgado, que se había incorporado a la insurrección maderista y luego unido a las fuerzas de Emiliano Zapata el Caudillo del Sur lo nombró después gobernador de Guerrero, llegó con sus huestes a Campo Morado.

Más tardó el jefe militar en llegar que en descubrir el filón de riquezas de las cuevas que le sirvieron de refugio, convertidas luego en tiros de la mina. A partir de entonces, se fundieron ahí cañones y se troquelaron monedas.

Después se descubrieron otras minas, como la Suriana y Pinzán Morado, aún explotadas , cuyos concesionarios especulan en la Bolsa Mexicana de Valores y en la Bolsa de Nueva York.



Un tesoro en medio de la pobreza

De Arcelia a Campo Morado hay casi 40 kilómetros de distancia y se puede llegar por diferentes caminos, aunque el más corto es con vehículo por brecha de terracería, subiendo por Cazahuate, Cacahuanche e Ixcatepec, en un lento recorrido por varias y pequeñas poblaciones.

Los vericuetos del camino llevan al visitante hasta más de dos mil metros de altura, donde está el campamento de la empresa Farallón Minera Mexicana, S.A. de C.V., la empresa compradora de los predios mineros y que es una de las partes de la disputa legal de la mina.

A diferencia del pequeño poblado de la comunidad que no tiene ningún servicio ni luz siquiera, el campamento cuenta con todo: camino asfaltado, casas para alojamiento, generadores de energía eléctrica, antenas parabólica y de estación de radio, además de un parque vehicular, motoconformadoras, trascavos y malacates, entre otros equipos.

Con una población aledaña aproximada de 250 habitantes, el área principal de la mina abarca 5 mil metros cuadrados.

"Todo esto es un tesoro, pero nosotros vivimos en la peor de las pobrezas, de nada me sirve saber dónde puede uno encontrar pepitas de oro, no sé a quién se las podría vender ni cuánto cuestan, mucho menos fundirlas, ni para el pasaje cuento, de verdad que es una lástima...", dice el gambusino Fernado Díaz, al pie de la cima desde donde se divisan las montañas que guardan en sus entrañas el excitante misterio del oro codiciado desde tiempos inmemoriales.



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