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La pasión de los futbolistas más pobres del continente

Un campeonato se convirtió en el centro de unión de una aldea hondureña dondesecuestran gallinas y comen agua con sal
La pasión de los futbolistas más pobres del continente

ESTÍMULO. El premio para cada jugador del equipo campeón es de 200 lempiras hondureñas, poco más que 120 pesos mexicanos, o 180, según nos agarre la devaluación. (Foto: )

Martes 11 de octubre de 2011 Luis Guillermo Hernández/Enviado | El Universal
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SAN MARCOS DE SIERRA, Hon.— El balón, cuando se estrella en el travesaño de la portería, surca el cielo serrano y cae hasta hundirse en un ramaje sin verdes, desata una silbatina, una gritadera que cualquiera compararía con la que sueltan las barras desafiantes del Azteca en un Pumas-Águilas, aunque ésta tenga algo de distinta: nace en el pueblo más pobre de la América Central.

El fragor se escucha desde lo alto del camino, cuando uno llega, sin aire, al borde de esta especie de cazuela, honda y abrasante, que se extiende sobre un valle que no termina nunca. La cancha, detrás de la oficina municipal, es fuente de la vida, centro del universo: en el principio, fue el balón.

Se lo disputan a muerte. Justo en el 2 a 1 del minuto 86, Wilmer, portero del San Marcos Futbol Club, se convierte en un jaguar cuando se abalanza sobre el balón, esquivando trancazos y garras. Este felino es el mismo hombre silencioso que se alza de la tierra no más de 160 centímetros y que, fuera de la cancha, baja la vista cuando escucha una pregunta. Indio lenca de ojos poderosos, manos como tenazas, piel de arcilla, se abraza a la pelota... y la detona con su metralleta de Adidas postizos, mientras estudia, apretando los dientes, cómo los otros 21 gladiadores indígenas reparten puntapiés, zancadillas, chingadazos, jalones, gritos, fintas. Estos hombres miran al balón como se mira un sueño posible.

Si gana, el San Marcos F.C. estará en la final y podrá medirse de nuevo con su archirrival, el Mílan (así, con uniforme preciso y acento imposible), que es como el Manchester United del empobrecido pueblo de Intibucá. La bolsa para el equipo campeón es de 200 lempiras, poco más de 120 pesos mexicanos, o 180, según la devaluación. Dinero en efectivo, por cabeza. El campeón goleador y el portero menos goleado, además, se juegan un premio extra de 200 lempiras. El premio bien vale partirse la madre en esta cancha de tierra, sobre todo si pensamos que estos muchachos ganan unos 12 pesos al día.

Trofeos, pero también comida

Wilmer reconoce que piensa en goles y en trofeos pero también en maíz, en frijoles humeantes, en café recién hecho, en tortillas.

En el municipio donde el gobierno hondureño y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ubican la última escala de la marginalidad centroamericana, donde murieron por hambre, desnutrición, diarrea o Mal de Chagas más de 450 personas el año anterior, donde los muertos son enterrados desnudos en fosas comunitarias, donde los campeones intercambian sus premios por docenas de huevos, libras de maíz, polluelos para la cría, el campeonato de futbol, su algarabía, sus goles, representa algo más preciado que una legendaria copa Jules Rimet, más cierto que un triunfo en tiempo de derrotas: simple y llanamente, la posibilidad de comer un poco mejor.

El trayecto de La Esperanza, cabecera municipal de Intibucá, a San Marcos dura media hora. O al menos eso dicen, cada 30 minutos, quienes caminan la empinada vereda, cargados de leña, bolsas, yerbas. Su tiempo es otro.

Por esta terracería transita sólo un vehículo a la vez o una mula o un caballo. Los acantilados, los pinos secos y las fosas sin fondo no impiden mirar las casas de adobe o bahareque, como llaman al entretejido de barro con palos, cañas o varas, que aguanta vientos y tormentas. Una serranía que no pide, exige, el adjetivo de hermosa. Prófuga de la mano de Velasco y sus pinceles.

En el domingo que llegamos hay pasarela de regiones, vestimentas occidentalizadas y pobreza capitalista sin matices: muchas de las aldeas con la más cruda miseria del país están en Intibucá, pero San Marcos, fundada el 16 de marzo de 1901, les gana a todas: sus cuatro comunidades en extrema pobreza, más de 90% de su población adulta mal nutrida, más del 70% de sus niños con hambre aguda y otros severos subdesarrollos. San Marcos es, en suma, la verdad de las mentiras.

Secuestran gallinas

Gente que vive de la agricultura, del alquiler de su abaratada mano de obra, pero sobre todo del milagro, que sobre caballos, motores, mulas, burros, se deja venir a San Marcos, a la única cancha del municipio, para ver los partidos. Hay semifinales.

“El campeonato nos ayuda a olvidarnos de los problemas, pero también a organizarnos”, dirá Francisco López, vicealcalde de San Marcos, cuando termine de jugar el partido que Wilmer domina con sus guantes de oro. Los uniformes de los futbolistas, cuenta, fueron un donativo del gobierno “con la intención de fomentar el deporte y la unión”. Son copias fieles de aquellos que portan los equipos mundiales, el Milán, el Manchester, el Barcelona. Y también el Real España hondureño, que es como una conjunción de aquellos, pero mejor, porque es de ellos.

Además de la pasión que desata, el futbol ha logrado que las comunidades discutan los asuntos trascendentales de su vida diaria: en este campo se supo de la llegada de ayuda humanitaria española, a través de la Junta de Andalucía, que entregó recursos, granos y alimentos, para sobrellevar la pérdida de cosechas en todo el país, en 2009.

En el área del tiro de esquina se acaba de pedir la organización de todos para seguir luchando, ante el poco éxito, contra el hambre. En la portería local se habló de la llegada de ayuda en especie, de verdaderos misioneros de la Cruz Roja Internacional, que suministraron sueros orales y raciones alimentarias de emergencia para una población en la que, según los censos de Honduras, 65% es extremadamente pobre; 38% es analfabeta y casi 15% es indígena y olvidada de programas oficiales. En la portería visitante se cuchicheó el extraño caso del secuestro de gallinas.

—¿Aquí secuestran gallinas? —pregunto a una sanmarqueña.

—Se las llevan una semana o dos, y les sacan todos los huevos que puedan. Luego las regresan, en las noches.

Luis Edgardo López, sobrino del vicealcalde, hijo del ex alcalde, ahijado del alcalde en turno, cuenta que los jugadores ven al futbol como algo serio, eje de su vida en la montaña. Llegan desde el día anterior a San Marcos para practicar en el terreno. Se esmeran en la competencia, asean su calzado, sus shorts, su casaca, incluso meditan: el ritual completo del juego-religión.

Como provienen de todas las regiones, es fácil que los hombres ocupen su tiempo en discutir sus problemas, alcanzar acuerdos, informar de empleos, intercambiar productos, convivir o hasta enamorarse. Porque después del campeonato de goleo, el de noviazgos por cabeza es el más popular: un ganador ha obtenido hasta ocho trofeos, coquetos y sonrientes, en un solo torneo.

Comen agua con sal

Luis Edgardo lleva más de siete medias horas caminando, desde La Esperanza, porque no tuvo dinero para el camión. El juego aquí es una tradición, dice. Por eso la cancha tiene un graderío de cemento, como templo, en un terreno que nadie profana y que, al ganar, significa el trono de un respeto absoluto, que nadie cuestiona.

—¿Qué pasa con los equipos perdedores? —le pregunto.

—No, señor. Algunos van a llorar como cipotes (como niños), otros van a pelear. No se da mucho que se den peleas, pues, pero es día de tristeza y de llorar. Muchos van a regresar a sus comunidades, pues, a ser pobres como siempre, a buscar comida. Muchos sólo van a tener agua con sal.

Y entonces, con un golpe seco, como suele aparecer el gol de súbito ante un portero torpe e improvisado, Luis Edgardo explica por qué eso de “agua con sal” no es, ni de lejos, una metáfora.

Si uno cierra los ojos, si se esfuerza por saborear ese caldo de nada, el agua con sal tiene un sabor como a té negro, como a infusión de yerbas sancochadas en agua. No se queda en la lengua. Resbala serenamente.

Cuando no se ha comido en todo un día, la bebida calma, con su tibieza, los retorcijones de la panza quejumbrosa. Rosa Ferrara dijo al diario La Tribuna del 6 de agosto: “Cuando no conseguimos dinero y veo que no tendremos comida, lo que hago es calentarles agua, echarle un puntito de sal para entonarles el estómago y que no se me enfermen los niños”. Un alivio es un alivio, aunque sea una mentira.

En los casi 290 kilómetros cuadrados de territorio que tiene San Marcos, ese alimento es lo común. Y a veces lo único. Juana y Rosalba, madre e hija que juntas rebasan los 150 años de vida, lo saborean seguido. Completamente solas, últimas de una estirpe que jamás salió de San Marcos, viven a unos 80 pasos de la cancha de futbol, en una choza de adobe y de palmas hasta donde se cuelan los chiflidos.

En su fogón, ese domingo, tienen una ollita con no más de 50 granos de frijol humeando, una masita de maíz del tamaño de un puño de niño y agua con sal. Bastante agua con sal, en un pocillo tiznado por la leña.

El vicealcalde, todavía uniformado y sudoroso, nos lleva hasta ellas. “Son las más pobres de los que están aquí cerca”, dice. Otros, todavía más pobres, viven en medio de la sierra, pero llegar allá tarda otras seis horas. Y sólo se puede subir con caballo.

Como ellas se interesan de inmediato, la plática gira en torno al resultado del partido. “Que gane San Marcos, quiera Dios, que jueguen bien la pelota”, dice Juana. No tiene más de tres dientes en la boca. Un plano de líneas hondas le cruza la piel. Sus trenzas grises. Ojos oscuros. Una mariposa negra y amarilla vuela por su jacal. En el aire está el sabor de los frijoles. Dos gallinas pardas hacen hoyos en la tierra. Ronda García Lorca: las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora.

Un dato: el pasado 23 de febrero, a través de la RNH, radio hondureña de alcance nacional, el gobernador de Intibucá, Juan José Velázquez, lanzó un llamado de emergencia para que fluyera la ayuda a la región. “Se están agotando las reservas de alimento”, dijo, “porque la cosecha del año pasado fue mala, pérdidas de maíz, en frijol, en papa, y realmente es preocupante la situación”.

La ayuda de afuera fluye poco y la de adentro, menos: el gobierno de Honduras destinó, en 2011, 9.5 millones de dólares al Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia, brazo operativo contra la pobreza y el hambre en la nación, pero 235 millones de dólares a la Policía Nacional. El poder de las prioridades.

El propio Luis Edgardo López, quien integra una de las familias menos cercanas a la necesidad en toda la zona, trabajó durante 2010 con las organizaciones internacionales que llevaron hasta San Marcos la comida de emergencia y los suministros que evitaron una masiva y silenciosa muerte en las montañas. La hambruna no es sólo como África la pinta.

“Se alteró el ecosistema con los fenómenos globales, y ahora tenemos sequías e inundaciones. Se pudren las cosechas, se mueren los animales. No aguanta el maíz. No hay forma de traer agua hasta las zonas más altas, hasta las comunidades, que son las que más están sufriendo. Por eso tenemos al futbol”, dice Luis Edgardo.

Juana, atenta a los visitantes, pregunta tímidamente al vicealcalde cuándo llegará el apoyo del gobierno, una suerte de pensión alimentaria que no es regular, pero cae a veces. Como el hombre se encoge de hombros, los ojos de ella vuelven a la tierra hasta que suena un griterío a 80 pasos: ha caído un gol en “el estadio”. El Mílan se encamina a la final.

“¡Bi-cam-peón!”

Decía el periodista Ryszard Kapuscinski que para el hondureño no hay pasión más intensa que la emanada del futbol. Que es fuego, necesidad, coraje. Origen de guerras, de disputas casi eternas, de poderíos y derrocamientos por igual, el futbol resume, en su balón de cuero, la forma precisa en que los hombres decidieron hacer rodar al mundo.

En el país montañoso, cuyo promedio de hacinamiento es de 4.6 personas por habitación, cuya tasa de desempleo alcanza al 70% de la gente y la migración es permanente y masiva, ver a hombres y mujeres desgarrarse por el rumbo que toma un balón puede parecer absurdo.

Pero no lo es. Hay que verlo: cuando el Mílan anota su segundo gol de la semifinal y el balón cruza la línea de meta, rompe la remachada red, salta a los matorrales resecos y se pierde entre ellos. Los sanmarqueños se vuelcan: “¡Bi-cam-peón! ¡Bi-cam-peón!”

El Mílan ganará otra vez el torneo, la semana siguiente, y Wilmer, el portero-jaguar, habrá de volver a su casa sin trofeo, sin 200 lempiras para las raciones extra de frijol, maíz y café, pero seguramente con la misma esperanza que lo ha mantenido durante tantos años de pie: ser campeón del certamen de futbol más aguerrido del planeta. Entonces los hombres y mujeres del pueblo más pobre de la América Central volverán a exclamar “¡Gooooool!”, como quienes gritan, a todo pulmón, “¡Estamos vivos!”.



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