Las compañeras del hotel donde trabaja como recepcionista le han
preguntado qué es eso que toma todas las mañanas, eso que parece un
jugo de tamarindo. Amelia, mintiendo, contesta que son vitaminas nada
más.
Ella tiene 30 años y dos hijos de 13 y tres años. Sus ojos tienen
párpados profundos como para maquillarlos con esmero. Su cuerpo dibuja
curvas de proporciones atractivas. “Si se enteraran en mi trabajo que
tengo VIH seguramente me iban a rechazar”, dice. Entonces guarda su
secreto en un rincón de su historia personal.
Hasta hace tres años no se imaginaba que pudiera tener VIH. Sus
médicos calculan que vivió más de dos años con el virus en su hermoso
cuerpo.
Ahora, cada mañana, antes de ir a trabajar, se prepara jugos
especiales, complementos patentados por una empresa mexicana y surtidos
por la Fundación Eudes. También toma medicamentos antirretrovirales que
le prescribieron desde hace más de tres años; esas pastillitas le
acompañan siempre. Las guarda en su bolso, con cuidado de que no se las
puedan encontrar. Sus amigas no lo saben, sus compañeras de trabajo y
sus vecinos no lo sospechan.
Su familia se enteró tras una crisis que sufrió el año pasado y que
casi la lleva a la muerte; llegó a pesar 47 kilos después que su peso
regular era de 65. Entonces no trabajaba.
En 2005, cuando se enteró de su infección, nunca había pensado en la
palabra sida. Ni siquiera le creyó a su ex pareja cuando, tiempo atrás,
éste le confesó que era portador de VIH; casi no conocía nada del tema,
lo sentía algo lejano. Entonces, prefirió alejar de ella al papá de su
hijo hasta que un día, después de un año y medio de esa confesión
empezaron los problemas físicos: vómitos, diarrea, malestares.
O estoy embarazada, o tengo sida, pensó. Y fueron las dos cosas.
Amelia vivía en el puerto de Veracruz. Fue con un médico para
revisión y éste le mandó hacerse unos análisis. En pocos días le
confirmaron. “Tienes VIH”.
No pensó mucho en las soluciones, sintió que se moriría pronto. En
ese entonces había encontrado a otro hombre que la hacía feliz y con
quien tuvo a su segundo hijo. Ni el padre ni el bebé son portadores del
virus.
“La verdad a veces pienso en esto todo el día, dependiendo de lo que
esté haciendo. Sobre todo en las noches, antes de dormir. Pienso tantas
cosas: en cómo me siento, en que es difícil aceptarlo, en que quisiera
tener otra vida, no saber que estoy enferma; pido a Dios tener un poco
más de vida para estar con mis hijos”, cuenta con voz entrecortada y
sigue: “Es que, no sé, sólo tuve dos parejas en mi vida… estoy tan
joven”.
Lo tienen y no lo saben
De julio a noviembre del año pasado, mil 301 personas que pasaron
por la Alameda Central y las estaciones de Metro Insurgentes y
Velódromo tuvieron la curiosidad de hacerse una prueba rápida de VIH al
ver un stand para ello. Se acercaron y en 40 minutos tuvieron
respuesta: 112 personas, 8%, se enteraron ahí de que estaban
infectadas.
Esta actividad realizada por el Centro de Atención Profesional a
Personas con Sida (Cappsida) en 2008 reveló que podrían ser muchísimas
las personas que viven con VIH y ni lo sospechan, asegura su
coordinador, Martín Luna.
Las cifras oficiales del Centro Nacional para la Prevención y
Control del VIH/Sida (Censida), organismo que depende de la Secretaría
de Salud, señalan que alrededor de 200 mil mexicanos podrían ser
portadoras del virus y no lo saben, incluso podrían ser hasta 310 mil,
como cálculo máximo, reconoce Carlos Magis Rodríguez, director de
Investigación Operativa.
Esto retrata que de un grupo de 310 personas aglutinadas, al menos
una podría tener VIH y lo ignora. En un concierto en el Foro Sol, para
60 mil personas, unos 180 asistentes podrían ser portadores. En un
lugar como el Distrito Federal, que es la ciudad con mayor incidencia,
se calcula que de los 8.7 millones de habitantes poco más de 26 mil
están infectados. En una sala de cine grande, para 620 personas, hasta
dos de ellas tendrían el virus.
La enfermedad del silencio
De lunes a viernes, casi a la una de la tarde, luego de comer,
Mauricio arregla su cabello para logar el peinado antiguo y sencillo
que logra con mucho gel. Se ve en el espejo: “Sí, he cambiado un poco
en los últimos años. Los cachetes y las pompas enflaquecieron. Ojalá se
fuera lo que debería irse, como la panza”, dice mientras señala su
abdomen, que contrasta en el cuerpo delgado.
A las dos de la tarde llega a la radiodifusora donde trabaja desde
hace 27 años. Registra su entrada, sube las escaleras y se detiene en
su cubículo después de haber saludado a unos siete compañeros. “A veces
los veo y pienso que alguno de ellos quizá pueda tener VIH y no saben,
o sí saben, pero como yo, no le dicen a nadie”, comenta.
Hace 12 años, cuando se enteró de su infección, trabajaba en dos
empresas, pero dejó una, la revista, porque le dio miedo que lo
descubrieran. La gente le parecía muy “chic y elitista”.
“Me imaginaba que me llamarían a una junta y me confrontarían
preguntándome si tenía sida; diciéndome que me fuera, así, frente a
todos y duramente”, cuenta. Entonces él, en sus suposiciones, se
adelantó y pidió su renuncia aunque eso le significó bajar de forma
importante sus ingresos y, por tanto, abandonar su departamento en la
colonia Del Valle.
“Siempre quise sentirme gente ‘in’ y por eso pagaba un departamento
caro, mi ilusión era comprarme un carro carísimo”, dice mientras sonríe
con ojos de nostalgia. Viste jeans viejos, chamarra de mezclilla,
camiseta sin marca. Su cara y sonrisa tienen un cierto aire al del
actor estadounidense Jim Carrey, pero con 10 años más.
En su cubículo tiene en una mesa una nota periodística impresa:
“Aumentan casos de SIDA en Washington y Europa”. Lo lee en voz alta:
“¿Europa?, sí”, dice, y entonces guarda silencio como si se
transportara en sus pensamientos. Recuerda y cuenta que hace más de
seis años viajó dos veces al viejo mundo a visitar a su pareja, en
Francia. Con él vivió en el Distrito Federal durante dos años y
recuerda el amor y los cuidados de Rogelio, su novio, quien no tenía
VIH. Siempre usaron protección.
Rogelio era guapo, alto y masculino. Lo conoció en una fiesta años
atrás. Contarle que tenía VIH no fue fácil, pero le sorprendió su
reacción amorosa: lo aceptó y cuidó con esmero por años hasta que pidió
una beca para estudiar en Europa. Se fue y pasaron seis años ya.
Mauricio sigue solo desde entonces, jamás volvió a tener a alguien
estable. Vive con sus padres de 75 y 89 años quienes a veces le
preguntan por qué tiene tantas diarreas y por qué está tan sólo.
Sólo tiene 25 años
“Se puso pálido cuando le dije el resultado. Se quedó callado mucho
tiempo. Nosotros respetamos ese silencio. Esta vez yo salí de la
oficina y cuando regresé estaba llorando mucho. Eso es normal, la
mayoría reacciona así: piensan que ya se van a morir, preguntan cuánto
les queda de vida y si van a vivir igual; preguntan qué cambiará, si se
lo tienen que contar a alguien. Al final concluyó que no lo dirá a
nadie, por lo pronto”, narra Yuridia García desde su oficina en
Cappsida cuando describe la reacción de un joven de 25 años que acababa
de ser notificado como positivo al VIH.
La trabajadora de la ONG asegura que casos como esos se dan mucho:
chavos que pensaron que jamás les pasaría algo así y, de pronto, por un
“acostón”, les sucede.
“Es una lástima, el chavo tiene una relación estable con un hombre
desde hace dos años y dice que siempre usó condón. Pero hace cuatro
meses, en una fiesta tuvo una relación con una chava, sin condón. Él
sospecha que fue ahí cuando se infectó con el VIH”, relata García.
“Mira, si tu lo ves se ve como cualquier joven normal. Trabajaba en
una farmacia, tenía planes de terminar la carrera, llevaba una vida
sana y todo por un descuido”, lamenta.