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Agarran sus maletas y se van. Es la opción de cada vez más deudores para librarse de la pesadilla en que se convirtió su tarjeta de crédito.
Y no es que no quieran pagar, sino que no pueden por los intereses tan altos que cobra la banca en México, opinan expertos.
Así, para noviembre de 2008 la morosidad alcanzó 9.9%, cuando en diciembre de 2005 se ubicaba en 3.9%, según la Asociación de Bancos de México.
Desaparecer. Esto fue lo que hizo Isabel, como una cantidad creciente
aunque incalculable de mexicanos, para librarse de sus deudas por
tarjetas de crédito. Tomó sus maletas y dejó la ciudad de México para
establecerse en la isla de Cozumel, donde se construyó un nuevo futuro,
después de quedar en el desempleo y de que sus adeudos crecieran hasta
robarle el sueño. Hace cuatro años los bancos le perdieron la pista y
ella no piensa darles la oportunidad de encontrarla y de que le cobren
una deuda que sumando los intereses podría alcanzar los 150 mil pesos.
Isabel cuenta su historia con la sola condición de omitir sus
apellidos; tiene 47 años, es madre soltera y durante varios años
trabajó como bibliotecaria. Obtuvo cuatro tarjetas de crédito con sólo
dar una copia de su credencial de elector. Siempre pagó sus saldos
totales y era meticulosa con las fechas de corte, hasta que en 2002 su
historia cambió. “Una de las tantas crisis que ha tenido este país me
dejó sin trabajo y con varias deudas. Trataba de pagar un poco más del
mínimo, sacaba dinero de una tarjeta para pagar la otra; la deuda
seguía creciendo y llegó un momento en que ya no podía. Los intereses
me comieron. Dejé de pagar”.
La vida de Isabel como “cliente consentida” del banco terminó. Las
voces dulces y amables que en el pasado le ofrecían tarjetas cambiaron
de tono y se convirtieron en intimidaciones constantes. De nada le
sirvió haber pagado durante años en forma puntual ni explicar que no
tenía trabajo; ni siquiera le respetaron el seguro de desempleo
supuestamente incluido en la tarjeta de crédito. El “poder de su firma”
que en otro tiempo le abrió puertas e inspiró sonrisas se convirtió en
su peor pesadilla, sobre todo cuando empezó a recibir amenazas de
embargo. “A finales de 2004 seguía sin ingresos suficientes, así que me
fui de la ciudad. Decidí desaparecer del mapa de los bancos. Y espero
que así permanezca, desaparecida para ellos”, cuenta esta mujer, cuyo
historial crediticio se convirtió en su acta de defunción como sujeto
de crédito.
El número de desaparecidos por deudas con tarjetas de crédito es un
misterio para la Asociación de Bancos de México. Eduardo Kuri, su
vocero, dice no poseer cifras de cuánta gente se volvió ilocalizable
para los departamentos de cobranza de los bancos o los despachos
jurídicos dedicados a cobrar deudas. Mucho menos conocen sus nombres,
pues para ellos sólo existen bajo la denominación genérica “deudores”,
un ejército que por cierto se duplicó en los últimos tres años, si se
toma en cuenta el índice de morosidad en tarjetas de crédito. En
diciembre de 2005, según la misma fuente, era de 3.9%; para noviembre
de 2008 alcanzó 9.9%, según datos de la misma asociación.
También durante este periodo las instituciones crediticias
repartieron alegremente créditos. De acuerdo con el Buró de Crédito, en
2005, 37.1 millones de personas tenían algún tipo de crédito; en 2008
el número se elevó a 51.5 millones.
La misma institución señala que 5 millones de personas presentan
retraso en los pagos de sus créditos de tarjetas, hipoteca o
automotriz. Esa cifra representa 10% del total de las personas con
crédito, mientras que a finales de 2007 era 8%.
Más de los que se piensa
No son pocos los desaparecidos de los bancos. En ello coinciden
Ricardo Amezcua Galán y Jorge Ariel Morales Franco. No se conocen, pero
como abogados defienden legalmente a deudores de tarjetas de crédito y
saben que la lista de desaparecidos por deudas suma cada día nuevos
nombres. “Desde hace dos años es más común encontrar casos de personas
que cambian de casa, de ciudad o que cancelan sus líneas telefónicas
para librarse del acoso que sufren por parte de los bancos para que
paguen sus deudas. No es que no quieran pagar, simplemente les es
imposible por los intereses tan altos que cobra la banca en México”,
comenta Amezcua Galán. Su experiencia le permite tener sus propias
cifras: de cada 10 deudores de la banca, siete son los que pagan en
forma adecuada.
En internet existen foros virtuales o blogs, como soydeudor.com y
tarjetasdecréditomex.foroactivo, donde los miembros escriben sus
experiencias con los despachos de cobranza, denuncian las amenazas que
reciben y comparten recomendaciones de qué hacer cuando no se puede
pagar una deuda: por ejemplo, dejar de pagar y no contestar llamadas.
La mayoría de los mensajes coinciden en que los deudores quieren pagar
pero no pueden. Han surgido, además, por lo menos tres asociaciones de
deudores. Una de ellas es la Fraternidad Nacional de Deudores, fundada
en 1996 y que hoy cuenta con 8 mil afiliados, 6 mil de ellos deudores
de tarjetas de crédito.
Cada uno debe pagar entre 100 y 200 pesos mensuales, lo cual le da derecho de recibir asesoría jurídica.
“Les enseñamos a negociar con los despachos de cobranza, a que
lleguen a convenios justos”. Cuando no es posible un acuerdo
recomiendan demandar al banco para “exigir que sólo se cobre la deuda
real y no los intereses, porque hay muchos intereses que ni siquiera se
establecen en los contratos o ni existen contratos”, explica Amezcua
Galán, asesor jurídico de la Fraternidad Nacional de Deudores, y quien
ha entablado cerca de 800 juicios contra bancos, principalmente
Banamex, Bancomer y HSBC.
Pagar lo justo
Como Isabel, Jorge F (así prefiere ser citado) decidió desaparecer.
Su primera tarjeta de crédito la obtuvo en 2000. “Necesitaba una cuenta
de cheques para manejar un negocio que estaba montando. Para que el
banco me otorgara esa cuenta debía aceptar el plástico, seguro de vida
y de auto, aunque no tenía coche”.
El negocio no fructificó, Jorge perdió cerca de 150 mil pesos y
canceló cuenta y tarjeta, o al menos eso creyó. En 2005 se enteró de
que el plástico seguía vigente porque no liquidó 50 centavos que,
sumados a las anualidades e intereses generados durante dos años, se
habían convertido en una deuda por 6 mil pesos. No fue su único
problema. Con otro plástico realizó compras por internet y cuando llegó
su estado de cuenta identificó gastos que no había realizado. De nada
le sirvió llamar al departamento de aclaraciones del banco y acudir a
la Comisión Nacional para la Defensa de los Usuarios de las
Instituciones Financieras (Condusef); sólo perdió tiempo y esperanza.
“No existió ningún arreglo. Yo reconocía una deuda de 8 mil pesos y
tenía esos comprobantes, pero según el banco yo debía alrededor de 16
mil. Así que decidí no pagarles nada. Mi postura siempre fue que sólo
les pagaría lo que reconocía como deuda”. Jorge acudió a varias citas
con los despachos de cobranza, cuyos ejecutivos le ofrecieron un plan
de pagos que correspondía a la deuda que él reconocía, pero nunca
cumplieron. Los estados de cuenta seguían considerando la deuda total
de 16 mil pesos. “Para mí fue una trampa. Decidí ya no pagar nada”.
Durante seis meses recibió llamadas telefónicas a todas horas y
amenazas de embargo por las dos tarjetas de crédito que debía. Incluso
buscaron a las personas que había dado como referencia. Jorge no tuvo
que migrar de ciudad, se mudó de casa y cambió su línea telefónica.
Habló con sus amigos y familiares para explicarles su situación y
pedirles que si lo buscaban sólo contestaran que no sabían nada de él.
Hace tres años se perdió del radar de los bancos.
Este desaparecido, de 34 años, con carrera universitaria y un
trabajo que lo absorbe casi todo el día, piensa que “no pagar ese
dinero al banco es para mí una cuestión de principios, porque no voy a
regalar un dinero que yo no gasté”. Además, recomienda desaparecer
cuando se está en un caso extremo. “Los bancos contribuyen a esa
cartera vencida por sus altos intereses. La gente no se endeuda
pensando en que no va a pagar, pero cuando no se tiene el dinero, se
perdió el trabajo y la deuda afecta la salud y la tranquilidad, ¿qué
haces? Te acabas la vida o desapareces”.
Una ruleta rusa
El abogado Morales Franco no recomienda desaparecer. “Puede ser una
solución económica, pero no legal. Eso están haciendo muchos deudores,
se están yendo por la libre y se arriesgan demasiado. En algunos casos
funciona dejar de pagar, pero puede ser una ruleta rusa, porque el
banco puede demandarlos”.
Hace dos años comenzó a defender jurídicamente a deudores de
tarjetas de crédito y es parte del grupo de abogados que da consejos
jurídicos en la página de internet mexicolegal.com.mx. Al día recibe
cerca de 100 correos electrónicos; “90% lo que quieren escuchar es
‘desaparécete’, porque no tiene recursos para pagar; pero hay caminos
legales que la gente no utiliza por desconocimiento, porque hay muy
pocos abogados capacitados”.
Este abogado lleva al mes de 10 a 12 juicios contra bancos. Lo
mínimo que cobra por sus servicios son 30 mil pesos. Asegura que todos
los juicios por tarjetas de crédito se resuelven a favor de los
deudores, porque “existen los medios legales para obligar al banco a
que cobre sólo la deuda real, no los intereses”. Pero quienes no pueden
pagar a un abogado, no tienen esperanza alguna de ganar un juicio. Por
eso, para muchos, el único camino es desaparecer.
Isabel y Jorge F no tienen idea de si los bancos ya los demandaron.
Ambos deben esperar a que se cumplan los seis años obligatorios para
dejar de estar en el registro de deudores del Buró de Crédito. A Isabel
sólo le faltan dos y no quiere saber nada de tarjetas de crédito;
tampoco le interesa sumarse a movimientos ligados con partidos
políticos que buscan impulsar el no pago de las tarjetas como protesta
por los intereses tan altos de la banca. A lo que sí se sumaría es a un
movimiento ciudadano “que no sea exclusivo de deudores, que sea de
todos los usuarios de la banca”. Su argumento se sintetiza en esta
pregunta: “¿Por qué permitimos que la banca cobre intereses tan altos y
a los ahorradores se les ofrezcan intereses de risa?”.
Asegura que los ciudadanos deben impulsar ese movimiento, sobre todo
después de que en el Congreso de la Unión dejó en espera, o congelada,
la aprobación de las reformas en defensa de los usuarios de servicios
financieros y las prohibiciones a los bancos para incrementar los
límites de crédito sin aviso al cliente, enviar tarjetas de crédito no
solicitadas y dar crédito al consumo a menores de edad.
Hace tres años Isabel regresó a la ciudad de México. Tiene empleos
temporales por honorarios. Las deudas de sus tarjetas no lograron
arrebatarle el sentido del humor, suelta una sonora carcajada al
recordar que cuando vivía en Cozumel sonó el teléfono y al contestar se
sorprendió: llamaban de un despacho de cobranza; pero no la buscaban a
ella, llamaron durante varias semanas preguntando por una mujer llamada
Lorena que, como ella, se esfumó.