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Heroísmo, en medio de la tragedia
Envuelto en llamas, Rodrigo pedía ayuda... y tuvo suerte. En su camino apareció Moisés, un joven de 23 años, que lo auxilió para que el fuego no lo devorara. “Me gritaba que no lo abandonara”, recuerda Moisés

Heroísmo, en medio de la tragedia
Primero fue la explosión. Después, a decir de Moisés, el cielo se tiñó de un verde fosforescente; humo; gritos; el apagón de la zona; la oscuridad; el caos; y enseguida Rodrigo, completamente prendido en fuego corriendo hacia él pidiendo auxilio (Foto: David Jaramillo / El Universal )
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      Cobertura:Accidente aéreo en Reforma
      Video: Heroismo, en medio de la tragedia
    Cristina Pérez-Stadelmann
    El Universal
    Martes 25 de noviembre de 2008
    politica@eluniversal.com.mx

    Era la trágica tarde del 4 de noviembre sobre la calle Monte Pelvoux. Acababa de desplomarse la aeronave en que viajaban el secretario de Gobernación y ocho personas más. A 21 días, Rodrigo sigue grave, pero su familia se siente en deuda permanente con Moisés, por haber arriesgado su vida por Rodrigo.

    Dos jóvenes, Rodrigo, de 28 años, y Moisés, de 23, coincidieron la tarde del 4 de noviembre como consecuencia de la caída del Learjet 45 en la ciudad de México.

    No eran los rumbos donde Moisés vende zapatos, pero esa tarde se había citado con un amigo a la vuelta de Monte Pelvoux para recibir 100 pesos prestados y poder comer algo ese día y quizá el resto de la semana.

    En eso estaba, decidiendo qué comer, cuando vio caer el avión.

    Mientras, Rodrigo, ingeniero industrial, estaba en la calle tomando un poco de aire, después de una negociación complicada y exitosa en la empresa inmobiliaria en la que labora: una de las 400 empresas más importantes del mundo.

    Primero fue la explosión. Después, a decir de Moisés, el cielo se tiñó de un verde fosforescente; humo; gritos; el apagón de la zona; la oscuridad; el caos; y enseguida Rodrigo, completamente prendido en fuego corriendo hacia él pidiendo auxilio.

    “Me gritaba que no lo abandonara. Lo dijo cientos de veces. Me hizo prometerlo. Me pedía que lo apagara. Le pedí que se tirara al suelo y con mi chamarra intenté sofocar las llamas. Su cuerpo estaba completamente quemado, sangrado. Ya no traía la parte de atrás de su traje, solo la de enfrente. Su pelo estaba quemado. Sus piernas, sus brazos, sus manos, todo estaba sangrando. Consumido. Tomé su celular. (A pesar de su gravedad, Rodrigo iba indicándome qué hacer, y a quién llamar).

    Llamé a su madre para decirle que su hijo estaba conmigo, que había sufrido un accidente, que estaba muy grave. Su madre no me creía. Tuve que llamarla más de siete veces. Ella pensó que se trataba de una extorsión telefónica o de un secuestro”, recuerda Moisés.

    En seguida, Moisés decidió acercarse a una ambulancia para pedir que subieran a Rodrigo.

    — ¿Es usted su familiar? —le preguntó un paramédico—. Si no lo es, no podrá subir a la ambulancia.

    —Sí lo soy —respondió Moisés.

    No lo era. No era su familiar. Nunca antes lo había visto.

    Pero a su decir, mintió para poder acompañar a Rodrigo hasta el hospital.

    Le había prometido no abandonarlo. En la ambulancia ayudó a desprender la ropa pegada a su cuerpo; por indicaciones del paramédico comenzó a hacer preguntas con tal de que Rodrigo no desfalleciera. Una pregunta tras otra. Era importante que permaneciera lúcido. Le preguntó por su color favorito. Rodrigo respondió que era el azul. Le preguntó qué era lo que más le gustaba hacer. Rodrigo respondió que trabajar. … y así hasta llegar a la sala de urgencias. Esa fue la última vez que lo vio.

    En la Cruz Roja había reporteros de distintos medios y fue entonces cuando Moisés pidió a una reportera que se comunicara directamente con la mamá de Rodrigo para que ella le explicara lo que había ocurrido. Doña Guadalupe salió del impacto y se dirigió hacia la Cruz Roja de Polanco, también con un desconocido a quién subió a su coche para que la llevara.

    A pesar de conocer la ciudad de México, Doña Guadalupe había olvidado el camino.

    Ahí estaba Moisés en urgencias, esperando a Doña Guadalupe para entregar el celular y la cartera de Rodrigo. Una cartera, por cierto intacta.

    Han transcurrido 20 días del fatídico accidente aéreo. Ayer, EL UNIVERSAL se entrevistó con la familia de Rodrigo, que está en Toluca, en la Unidad de Niños Quemados Nicolás San Juan. Los padres de Rodrigo viven en Cancún.

    Rodrigo está muy delicado —“entre la vida y la muerte”—, como dice su padre Joaquín García Santoveña; pero cada uno de ellos: es decir, Doña Guadalupe; Joaquín hijo; María Guadalupe; Laura; Érika, y Sofía, quieren agradecer a Moisés el que hubiera asistido en todo momento a Rodrigo, rebasando aún los límites seguros de su propia vida.

    Lo único que pide Moisés, es poder viajar a Toluca, para saber cómo sigue Rodrigo.

     

     
     

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