Era la trágica tarde del 4 de noviembre sobre la calle Monte Pelvoux. Acababa de desplomarse la aeronave en que viajaban el secretario de Gobernación y ocho personas más. A 21 días, Rodrigo sigue grave, pero su familia se siente en deuda permanente con Moisés, por haber arriesgado su vida por Rodrigo.
Dos jóvenes, Rodrigo, de 28 años, y Moisés, de 23, coincidieron la
tarde del 4 de noviembre como consecuencia de la caída del Learjet 45
en la ciudad de México.
No eran los rumbos donde Moisés vende zapatos, pero esa tarde se
había citado con un amigo a la vuelta de Monte Pelvoux para recibir 100
pesos prestados y poder comer algo ese día y quizá el resto de la
semana.
En eso estaba, decidiendo qué comer, cuando vio caer el avión.
Mientras, Rodrigo, ingeniero industrial, estaba en la calle tomando
un poco de aire, después de una negociación complicada y exitosa en la
empresa inmobiliaria en la que labora: una de las 400 empresas más
importantes del mundo.
Primero fue la explosión. Después, a decir de Moisés, el cielo se
tiñó de un verde fosforescente; humo; gritos; el apagón de la zona; la
oscuridad; el caos; y enseguida Rodrigo, completamente prendido en
fuego corriendo hacia él pidiendo auxilio.
“Me gritaba que no lo abandonara. Lo dijo cientos de veces. Me hizo
prometerlo. Me pedía que lo apagara. Le pedí que se tirara al suelo y
con mi chamarra intenté sofocar las llamas. Su cuerpo estaba
completamente quemado, sangrado. Ya no traía la parte de atrás de su
traje, solo la de enfrente. Su pelo estaba quemado. Sus piernas, sus
brazos, sus manos, todo estaba sangrando. Consumido. Tomé su celular.
(A pesar de su gravedad, Rodrigo iba indicándome qué hacer, y a quién
llamar).
Llamé a su madre para decirle que su hijo estaba conmigo, que había
sufrido un accidente, que estaba muy grave. Su madre no me creía. Tuve
que llamarla más de siete veces. Ella pensó que se trataba de una
extorsión telefónica o de un secuestro”, recuerda Moisés.
En seguida, Moisés decidió acercarse a una ambulancia para pedir que subieran a Rodrigo.
— ¿Es usted su familiar? —le preguntó un paramédico—. Si no lo es, no podrá subir a la ambulancia.
—Sí lo soy —respondió Moisés.
No lo era. No era su familiar. Nunca antes lo había visto.
Pero a su decir, mintió para poder acompañar a Rodrigo hasta el hospital.
Le había prometido no abandonarlo. En la ambulancia ayudó a
desprender la ropa pegada a su cuerpo; por indicaciones del paramédico
comenzó a hacer preguntas con tal de que Rodrigo no desfalleciera. Una
pregunta tras otra. Era importante que permaneciera lúcido. Le preguntó
por su color favorito. Rodrigo respondió que era el azul. Le preguntó
qué era lo que más le gustaba hacer. Rodrigo respondió que trabajar. …
y así hasta llegar a la sala de urgencias. Esa fue la última vez que lo
vio.
En la Cruz Roja había reporteros de distintos medios y fue entonces
cuando Moisés pidió a una reportera que se comunicara directamente con
la mamá de Rodrigo para que ella le explicara lo que había ocurrido.
Doña Guadalupe salió del impacto y se dirigió hacia la Cruz Roja de
Polanco, también con un desconocido a quién subió a su coche para que
la llevara.
A pesar de conocer la ciudad de México, Doña Guadalupe había olvidado el camino.
Ahí estaba Moisés en urgencias, esperando a Doña Guadalupe para
entregar el celular y la cartera de Rodrigo. Una cartera, por cierto
intacta.
Han transcurrido 20 días del fatídico accidente aéreo. Ayer, EL
UNIVERSAL se entrevistó con la familia de Rodrigo, que está en Toluca,
en la Unidad de Niños Quemados Nicolás San Juan. Los padres de Rodrigo
viven en Cancún.
Rodrigo está muy delicado —“entre la vida y la muerte”—, como dice
su padre Joaquín García Santoveña; pero cada uno de ellos: es decir,
Doña Guadalupe; Joaquín hijo; María Guadalupe; Laura; Érika, y Sofía,
quieren agradecer a Moisés el que hubiera asistido en todo momento a
Rodrigo, rebasando aún los límites seguros de su propia vida.
Lo único que pide Moisés, es poder viajar a Toluca, para saber cómo sigue Rodrigo.