SAINT PAUL, Minnesota.— John McCain llegó ayer con su bagaje de héroe
de mil batallas para hacer historia como el candidato a la Presidencia
más longevo de Estados Unidos.
Rodeado de un océano de pancartas que lo saludaban como “el
auténtico héroe americano” o como un “auténtico rebelde”, el veterano
McCain hizo alarde de su experiencia y de sus cicatrices de guerra,
para presentarse a sí mismo como el hombre providencial que unirá al
país más allá del “rencor partidista” entre demócratas y republicanos y
actuará como el verdadero agente del cambio en una nación en medio de
una encrucijada histórica.
“Extenderé mi mano a todo aquel que quiera ayudarme a sacar a este
país adelante. Tengo esos antecedentes y las cicatrices para probarlo.
El senador (Barack) Obama no los tiene”. A sus 72 años, el legendario
senador por Arizona marcaba ayer el compás de los republicanos reunidos
en el corazón Saint Paul, a orillas del Mississippi, en un ritual más
próximo a la religión que a la política. El cierre de filas en torno a
McCain se produjo en un ambiente de fervor y militancia, donde los ecos
de las protestas contra la guerra en Irak en las calles de Saint Paul
se antojaban ajenos.
Un ambiente que registró la aparición de dos manifestantes
espontáneas, reducidas inmediatamente por agentes de seguridad y
sacadas a rastras, poco después de que McCain rindiera tributo al
presidente George W. Bush, “por habernos conducido a través de esos
días oscuros, tras los peores ataques contra suelo estadounidense” (en
referencia al 11-S) y por “habernos mantenido a salvo de otros
ataques”.
Dentro del estadio Xcel Energy, los letreros electrónicos
parpadeaban el mensaje “Mi país primero”, mientras la silueta robótica
de McCain no se apartaba del guión preparado para proyectar su larga
sombra de héroe americano y tratar de eclipsar la estrella ascendente
de Barack Obama.
McCain, el oficial derribado mientras pilotaba su avión de combate
en Vietnam. McCain, el soldado a punto de morir ahogado en el lago Truc
Bach. McCain, el prisionero de guerra durante más de cinco años, que
sufrió todas las formas de tortura imaginables, evocaba ayer este
descenso a los infiernos para justificar su larga lucha a la Casa
Blanca. “Desde entonces ya no fui el mismo. Ya no era yo mismo. Era yo
mi país”.